¿Se rompió el ascensor social?
Una familia que participó en la multitudinaria marcha en defensa de la universidad pública, que se realizó el martes pasado, sintetizó con tres carteles el sentimiento de muchos argentinos. "Papá albañil", "Mamá ama de casa", "Hija profesional universitaria", expresaban las cartulinas con la que se identificaron los integrantes del grupo familiar. El deseo de movilidad social, parte fundante de la identidad nacional, fue el factor aglutinante de la mayor movilización de la ciudadanía contra el gobierno libertario de Javier Milei desde su llegada a la Casa Rosada.
Nuestro país tuvo históricamente los mejores índices de movilidad social ascendente, en comparación con otros países de América Latina. Sin embargo, desde mediados de los años 70, se produjo un lento pero sostenido proceso de empobrecimiento de la clase media argentina. Algunos estudios estiman que, solo entre 1980 y 1990, esa franja de la población sufrió una pérdida de alrededor del 40% del valor de sus ingresos. En la marcha convocada por el Consejo Interuniversitario Nacional en reclamo de fondos para las 55 universidades nacionales, que generó movilizaciones en todos los rincones del país, emergió esa "marca de un fundante deseo", como definió con inteligencia un usuario de la red social X, a las aspiraciones de muchas de las familias que participaron en el reclamo educativo. En todo el país, hay más de 2,5 millones de estudiantes que cursan sus estudios en universidades. De ese total, cuatro de cada cinco estudian en universidades públicas.
Una investigación que se realizó antes de la pandemia de covid-19, por encargo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), reveló que un niño que nace en un hogar vulnerable de la Argentina necesitaría al menos seis generaciones para salir de la pobreza. Otro estudio reciente realizado por una universidad privada, la Universidad Torcuato Di Tella, por su parte, mostró que la pobreza en nuestro país alcanzó en el primer trimestre de este año a 22,6 millones de personas. Eso quiere decir que desde diciembre del año pasado se sumaron 3,2 millones de nuevos pobres debido al impacto de la devaluación en el poder adquisitivo de las familias. Es decir, si la irrupción de la crisis sanitaria ya había agravado los indicadores sociales y económicos, el nuevo escenario social y económico agregó más dificultades a los sectores medios y bajos de la sociedad, que vienen sufriendo caídas reales en jubilaciones, pensiones, asignaciones familiares y programas sociales, un combo de políticas que explican casi la mitad del fuerte ajuste del primer trimestre.
El citado informe de la OCDE, que lleva por título "¿Un ascensor social descompuesto? Cómo promover la movilidad social", fue publicado por el Foro Económico Mundial. Ese trabajo analizó distintas variables relacionadas con los ingresos para garantizar cierto grado de movilidad social ascendente. El análisis, que se llevó a cabo en 36 países, entre ellos, la Argentina llegó a la conclusión que en la mayoría de las naciones observadas la movilidad social entre generaciones prácticamente no existe desde la década del 90. Es que a partir de esos años las políticas que promovieron la especulación financiera en detrimento de la producción y el trabajo se impusieron en distintas naciones dando como resultado un serio deterioro del bienestar económico y social de millones de personas. Según el documento de la OCDE, en países donde la desigualdad está lejos de ser un problema, los tiempos de la movilidad social se reducen: en Finlandia se necesitan tres generaciones y en Dinamarca solo dos.
¿La marcha universitaria fue un aviso para recordar que en nuestro país el ascensor social está descompuesto? ¿La dirigencia en general y la política en particular habrá tomado nota?
"La Argentina ha tenido un déficit 113 de los últimos 123 años", afirmó el presidente Milei en su último discurso. Es cierto, el país tuvo superávit solo en diez años, pero el problema es el camino elegido para resolver un complejo rompecabezas que combina, entre otras cosas, pobreza, indigencia y quiebra del Estado. "Los futuros posibles se pueden elegir", escribió el historiador y escritor británico, Tony Judt. El economista francés, Thomas Piketty, coincide: "Hay varios futuros posibles, según el tipo de políticas y de instituciones que elijamos", plantea. Tal vez estas reflexiones ayuden a pensar alternativas que hagan realidad el sueño que nos recuerda que, con esfuerzo y trabajo, los hijos pueden aspirar y acceder a mejores condiciones de vida que sus padres.










