Horizonte de futuro
Para hacer referencia al período de tiempo hacia el cual se proyectan las expectativas, planes y visiones de una persona, organización o de una sociedad se suele utilizar el concepto de "horizonte de futuro".
El deterioro de las condiciones económicas y sociales de amplios sectores de la población puede llevar a perder de vista ese punto en el tiempo al que se mira con el propósito de establecer metas y objetivos. Y cuando eso ocurre, se acentúan procesos que dañan el tejido social.
Cuando nuestro país se preparaba para regresar a la vida democrática después de la larga noche de la dictadura, en 1983, en Colombia la ciudadanía sufría en carne propia el drama del fortalecimiento de las organizaciones de narcotraficantes que aprovecharon la vulnerabilidad de los grupos más postergados de la sociedad para ocupar el vacío dejado por las instituciones del Estado.
Varios barrios de Medellín, por ejemplo, estuvieron mucho tiempo bajo el control de los cárteles de la droga. En 1991, la "Ciudad de la eterna primavera", como se la conoce a esa ciudad colombiana por su clima templado, llegó a tener ese año una tasa de casi 400 homicidios por cada 100.000 habitantes, lo que la ubicó en lo más alto del ranking mundial de ciudades más inseguras.
Dos años después, en 1993, tras la muerte del fundador y máximo líder del Cártel de Medellín, el temido Pablo Escobar Gaviria, las autoridades pusieron en marcha un ambicioso plan de políticas públicas.
Comprendieron que la mejor forma de sanar un tejido social dañado por los narcos era poniendo en marcha una estrategia para desarticular a esas organizaciones criminales y, al mismo tiempo, devolviera a miles de jóvenes de familias vulnerables el horizonte de futuro que la violencia había quitado a varias generaciones de colombianos, que se habían acostumbrado a convivir con los asesinatos, secuestros y todo tipo de delitos.
Lo que comprendieron las autoridades era que muchos jóvenes llegaron a considerar que la incorporación a los grupos criminales era la única salida laboral posible en una sociedad totalmente resquebrajada. Y que eso había que cambiar de raíz, no con promesas vacías, sino con políticas públicas. Fue así como el Estado colombiano destinó importantes recursos para mejorar la infraestructura en los barrios de las ciudades con mayores índices de criminalidad.
En el caso de Medellín, se realizaron importantes inversiones en infraestructura y desarrollo urbano. Con fondos públicos se construyeron sistemas de transporte modernos, como el Metrocable y el Metro, que mejoraron la movilidad y la accesibilidad en áreas marginadas de la ciudad.
También se pusieron en marcha programas de inclusión social, con la apertura de centros educativos, culturales y deportivos, dirigidos a reducir la desigualdad y mejorar las condiciones de vida de los habitantes de los barrios más vulnerables. Se impulsaron proyectos de vivienda, educación y empleo para promover la inclusión y reducir la pobreza. El resultado de todo ese esfuerzo fue una fuerte baja de la tasa de homicidios y el reposicionamiento de la ciudad como un destino turístico destaca- do en América Latina.
Solo en lo que va de este año, Medellín lleva registrado un incremento de un 57%, con respecto al año pasado, de reservaciones en hoteles para turistas extranjeros. En la cena anual de la Fundación Libertad que se llevó a cabo días atrás en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou, sorprendió a más de uno con su discurso cargado de racionalidad y moderación que contrastó con el ideario libertario que hoy parece estar de moda en la Argentina.
"Se necesita un Estado fuerte para gozar de la libertad; es difícil si se vive en un rancho, sin acceso a la salud y a la educación", dijo. "En Uruguay le decimos "hacer piecito". Cuando uno era bajo y no podía saltar el muro le hacían piecito. Tenemos que tener un Estado fuerte para que el individuo pueda gozar de la libertad", remarcó el mandatario.
Sus reflexiones vienen bien para pensar cómo se deberían resolver los problemas estructurales de nuestro país, que todavía tiene pendiente debates serios sobre el rol y el tamaño del Estado; sobre cuál debería ser el alcance y la magnitud de la intervención estatal en la vida de los ciudadanos, sin perder de vista que, en cualquier sociedad, nunca debería faltar un horizonte de futuro.










