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Negacionismos

Así como la Argentina pasó de un modelo de estatismo a ultranza a otro fundamentalista del mercado, en la mirada sobre los tramos más tormentosos de nuestra historia sucede algo similar. Y más aún con una de las fechas más trágicas del país, la del golpe del 24 de marzo de 1976.

Sucede que la historia es otro territorio en el que la batalla política se dirime, y en nuestra nación esa lucha nunca pierde la ocasión de ser desmesurada. Esta vez no es la excepción, y las recordaciones sobre la violencia de los ’70 contienen lecturas disímiles, o rotundamente opuestas.


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UN MITO

Hay un mito detrás de todo esto y es aquello de que "la historia juzga". Eso no es así. En principio, porque la historia no es "la" historia. La historia no es un hecho objetivo; hay tantas historias como relatores de la historia. Y después, porque, paradójicamente, nuestra propia historia demuestra que la historia no juzga. Si lo pensamos es solo para encontrar algún consuelo frente a las injusticias y atropellos del presente. Nos alivia suponer que en el futuro, incluso cuando ya no estemos, la historia le dará a cada uno el lugar merecido. Bueno, no.

No obstante, es verdad que entre todas las versiones de una historia hay una que se destaca, un río que es más caudaloso que las otras vertientes, siquiera por algunos períodos de tiempo. Pero los demás no se evaporan, siguen estando, y de a ratos pueden ser hasta los preferidos de los lugareños. Gramsci decía que la ideología dominante modela a su gusto el sentido común de los pueblos, y es una verdad inmensa.

En el caso del 24 de marzo, y de todo lo que esta fecha simboliza, hay una historia principal que es la que el peronismo (también buena parte de la izquierda, pero sobre todo el peronismo) logró instalar como central, y que, como todo relato, pone en foco determinados elementos y deja otros para un segundo plano, o para la supresión lisa y llana.

TERROR

Esa versión de lo que fue la Argentina en los ’70 (que es lo que en realidad se evoca en este día) pone en un primer plano prácticamente excluyente al terrorismo de Estado instrumentado por la dictadura militar, y omite por completo las acciones terroristas de las organizaciones guerrilleras del propio PJ (la principal fue Montoneros) y de la ultraizquierda marxista (como el Ejército Revolucionario del Pueblo). La consecuencia es que también saca de escena, en gran medida, al terrorismo de Estado que, ya desde antes del golpe, instrumentaba el propio gobierno justicialista, principalmente luego de la muerte de Juan Domingo Perón (1 de julio de 1974), cuando José López Rega y su Alianza Anticomunista Argentina (La Triple A) pasaron a tener definitivamente liberadas sus facultades de ejecución.

Es un aspecto siempre tapado de esos tiempos, aunque haya quedado acreditado incluso en los tribunales. En el Chaco, los diferentes capítulos de la denominada Causa Caballero, desarrollada en la justicia federal, se refieren a crímenes de lesa humanidad cometidos en los tiempos previos al inicio de la dictadura. Muchos de ellos perpetrados en un centro de torturas que funcionaba a media cuadra de la Casa de Gobierno, donde tenía sus oficinas el gobernador Deolindo Felipe Bittel. Lo que sucedía allí era tan conocido que al lugar llegó a entrar una comisión de diputados provinciales que se entrevistó con los detenidos pero no pudo hacer nada por cesar con sus tormentos.

INFIERNO A PLENO

El peronismo vivió en la primera mitad de aquella década maldita una guerra interna cruenta, que arrastró al resto del país. La Masacre de Ezeiza, el 20 de junio de 1973, fue su carta de presentación. Sucedió nada menos que el día del regreso de Juan Domingo Perón al país tras 18 años de exilio forzoso. A partir de allí el cruce de atentados, secuestros y otras acciones terroristas no cesó y fue preparando el caldo para un nuevo golpe. El país ya estaba habituado a ellos. Era el séptimo desde el que, en 1930, había tumbado a Hipólito Yrigoyen. Un promedio de un golpe cada seis años y medio. Desde 1952 ningún gobierno constitucional había logrado terminar su mandato.

Los asesinatos y otros crímenes cometidos por la estrategia de terror de López Rega desde el gobierno, y por las organizaciones guerrilleras desde la clandestinidad, quedaron opacados por el horror a gran escala que instrumentó la dictadura una vez que el general Jorge Rafael Videla estuvo instalado en la Casa Rosada. En nombre de la "pacificación" se instrumentó un sistema de secuestros, campos de concentración, torturas, violaciones, robos de bebés, ejecuciones y desapariciones de personas, sin existencia real de las más mínimas garantías civiles.

Sobre el final del régimen, la dictadura, temerosa de que en democracia sus crímenes fueran revisados, se autoamnistió. En la campaña electoral de 1983, el candidato del peronismo, Ítalo Luder, dijo que iba a respetar la inmunidad que los militares se habían dictado para sí mismos. "Son derechos adquiridos", argumentó.

FINES Y MEDIOS

Ahora, en un nuevo aniversario del golpe, con el kirchnerismo lanzado al llano, el país es gobernado por una fracción política que lleva totalmente hacia el otro lado la mirada sobre aquel punto de nuestra historia. Se anticipa que hoy la administración de Javier Milei difundirá una suerte de spot televisivo con su propia interpretación de la fecha. No se sabe qué tono concretamente tendrá, porque en los últimos días desde el mismo gobierno se emitieron apreciaciones diversas al respecto. La vicepresidente Victoria Villarruel, en una entrevista televisiva, presentó a los represores condenados por los crímenes de la dictadura como héroes que deberían ser objeto de reconocimiento y no de condena. La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, le recordó que fueron enjuiciados y sentenciados por delitos gravísimos, imperdonables.

No somos una sociedad que se caracterice por el encuentro y la conciliación de miradas. Y mientras el gobierno hace guiños o directamente promueve un negacionismo que atrasa y genera riesgos, al defender la idea de que hay crímenes de lesa humanidad que pueden ser justificables, enfrente el peronismo y otros sectores esgrimen otro negacionismo, el de las propias culpas en un tramo de nuestra historia marcado por la violencia y la muerte como único lenguaje posible. Así como no hubo autocrítica de las Fuerzas Armadas, tampoco la hubo de las organizaciones guerrilleras que se alzaron contra un gobierno de origen popular y que así, lo hayan buscado o no, le dieron a la dictadura y sus impulsores la excusa perfecta para irrumpir trágicamente en la vida de la nación.

Esta grieta en la historia tiene detrás algo también inquietante: la idea de que hay crímenes malos y crímenes buenos; asesinatos que vale la pena lamentar y otros que deben ser festejados. En eso sí coinciden los negadores, aunque hablen de víctimas diferentes.

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