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Demócrata, el sueño truncado de Brasil

En una época abundaban en el mundo automotriz visionarios que intentaban hacerse un lugar entre los grandes de la industria.

Es el caso del Demócrata, nombre de pila de un vehículo surgido de la ambiciosa idea del empresario Nelson Fernandes de producir un automóvil de lujo con capital y diseño brasileño.


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El Demócrata fue -desde el nombre- una provocación al gobierno y a las automotrices extranjeras. Un elegante diseño inspirado en el Corvair americano que recuerda a los primeros Mustang.

Una buena idea que encantó a muchos pero desagradó a la dictadura que se instaló dos años después asesorada por las automotrices y un periodismo adicto que llegó a decir que el nombre del auto era una provocación.

De todas maneras Fernandes logró atraer al proyecto a casi 90.000 inversores e incluso montó cinco prototipos completos del vehículo que convencían de su viabilidad. El 1 de abril de 1964, el ejército brasileño dio un golpe de Estado y depuso al presidente en ejercicio João Goulart.

De inmediato la prensa y las automotrices extranjeras reaccionaron contra el auto. Muchos consideraron megalómanos sus planes y Fernandes sufrió redadas del Banco Central y de la Policía Federal. Incluso se instaló una Comisión de Investigación en Brasilia para investigar el asunto.


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El tablero de palisandro con relojes deportivos claramente inspirado en los diseños italianos de la época.

Perseguido por las autoridades y la prensa, la revista Quatro Rodas publicó varios artículos denunciando sin ninguna evidencia que la empresa ni siquiera tenía libros de contabilidad.

Paralelamente las automotrices instaladas en la periferia de São Paulo apelaban a todos sus contactos parlamentarios para defenestrar el proyecto al que veían compitiéndoles.

EL TUCKER BRASILEÑO

Nelson Fernandes era una especie de Preston Tucker brasileño. Al igual que el estadounidense que lanzó en 1948 el Tucker, un automóvil revolucionario para competir con los tres gigantes automovilísticos de Estados Unidos (GM, Ford y Chrysler), sus ambiciosas ideas provocaron un gran revuelo en la industria automovilística brasileña en los años ‘60.


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El motor V6 se fabricó por encargo en Italia. Era un doble árbol de levas a la cabeza, 120 caballos y una cilindrada de 2500 cc.

El primer prototipo tenía provisorio un motor Corvair, lo que irritó aún más a los "especialistas" del Congreso. El Demócrata definitivo contaba con carrocería coupé de fibra de vidrio (otro movimiento atrevido), suspensión independiente en las cuatro ruedas y un motor italiano de seis cilindros instalado en la parte trasera (era el único elemento importado del proyecto) con transmisión acoplada al bloque. El acabado interior del vehículo era exquisito, con tablero de palisandro, volante deportivo y asientos de cuero reclinables.

Se construyó una fábrica de 300.000 metros cuadrados en São Bernardo do Campo, en la región ABC de São Paulo. "Los 120 empleados de la empresa también eran copropietarios", contaba Fernandes.

Arreciaron las críticas cuestionando la viabilidad del proyecto. En aquella época, las carrocerías de fibra de vidrio eran más habituales en los vehículos deportivos y el establishment brasileño estaba copado por los intereses de las automotrices que veían en el gigante del sur y sus vecinos un mercado al que había que hincarle el diente.


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El sector trasero tenía un diseño que obedecía a la necesidad de alojar el V6. El coche tenía motor y transmisión en un solo bloque, lo que abarataba su producción.

LA GUERRA

Pese a lo que decían los medios, Fernandes en persona se encargaba de promocionar su auto seduciendo a quienes lograba convencer de analizarlo a fondo.

El motor era propio, IBAP (tal el nombre de la empresa) encargó a la empresa italiana ProCosAutoM (Proggetazione Construzione Auto Motori) el diseño y la construcción de un motor V6 de aluminio con una cilindrada de 2,5 litros y una potencia de 120 CV. Se planeó que la producción de los motores se llevara a cabo más tarde en Brasil para abaratar costos.

El peligro de esta incipiente industria brasileña fue tan real que los oscuros intereses operaron al punto de hacer incautar el buque que traía los primeros motores desde Italia bajo la acusación de contrabando.

Fernandes no se achicó y optó por otra solución: comprar la Fábrica Nacional de Motores, la popular FNM, una empresa estatal que en ese momento estaba siendo vendida por el gobierno. La junta militar decidió que FNM se vendería a Alfa Romeo, quienes estaban muy contentos de poder recomprar a su licenciatario, y además a un precio bastante bajo.

Más tarde el gobierno envió a Hacienda para saber si la empresa estaba estafando a los inversores y se instaló en una intervención velada dentro de la empresa. La mala publicidad hizo que de inmediato los inversores se alejaran y dejaran de pagar las cuotas. Poco a poco, los clientes empezaron a ceder sus cuotas, gracias a esta publicidad negativa.

El golpe de gracia llegó cuando el Banco Central, tras una inspección de la fábrica, elaboró un informe diciendo que allí no había suficientes profesionales para construir coches en serie, pero el informe no tenía el aval de ingeniería y solo se trató de un "paper" contable.

EL FINAL

Fernandes respondió a una demanda por "cobro irregular de ahorros populares bajo falsas afirmaciones de construcción de una fábrica de automóviles" y tras luchar dos años contra todo el sistema debió cerrar su fábrica.

Se dice que la dictadura vio con muy malos ojos el nombre del auto y que la competencia lanzó el rumor de que Fernandes era un fuerte opositor al gobierno de facto aunque no haya constancia de eso.

Por supuesto que el empresario acabó absuelto, casi dos décadas después, pero el daño ya estaba hecho.

Más tarde culpó a la prensa de una verdadera campaña para desacreditar el proyecto. "Por la influencia de empresarios de São Bernardo do Campo, que prometieron una presión contra mi empresa que ni siquiera el ex presidente Jânio Quadros sabía", afirmó, pero ya era tarde.

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