Nuevos desafíos para la democracia
La buena salud de la democracia depende, en gran medida, de la posibilidad de participar de conversaciones y debates sobre los temas que son de interés público. Pero en estos tiempos en los que muchos eligen las redes sociales para expresarse de forma irreflexiva, lograr una discusión en un marco de respeto se ha transformado en una tarea cada vez más difícil.
¿Cómo impacta el fenómeno tecnológico de las redes sociales en el sistema democrático? En los últimos años distintas organizaciones no gubernamentales observaron que estas plataformas tecnológicas están basadas en un diseño que las hacen adictivas para los usuarios y que, por lo tanto, buena parte de la discusión pública tiene lugar en estos espacios virtuales. Además, advierten, el anonimato permite que grupos organizados se dediquen a atacar, muchas veces con virulencia, a quienes no comparten sus opiniones. Y lo que más preocupa es que ese tipo de conductas tiende a ser más frecuente en algunas redes sociales. La semana pasada, por ejemplo, la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, anunció que decidió salir de la red social X, antes Twitter, tras considerar que se trata de una "herramienta de desestabilización de la democracia".
Dijo también que el nuevo propietario de esa plataforma, Elon Musk, busca exacerbar en forma deliberada las tensiones y los conflictos. "Lejos de ser la herramienta que, inicialmente, permitió el acceso a la información al mayor número de personas, Twitter se ha convertido en los últimos años en el arma de destrucción masiva de nuestras democracias", sostuvo la funcionaria francesa. Aseguró, por otra parte, que en esa red social abundan la "manipulación, la desinformación, la amplificación de los impulsos de odio, el acoso organizado, antisemitismo y racismo demostrado, manadas que atacan a científicos, climatólogos, mujeres, ecologistas, progresistas y a todos aquellos de buena voluntad que desean un debate político pacífico".
"La lista de abusos es interminable. Sin olvidar las injerencias extranjeras cotidianas que interfieren en los procesos electorales y dañan la imagen y la soberanía de nuestras democracias al querer desestabilizarlas. Hoy, polémicas, rumores y burdas manipulaciones dictan el debate público, impulsado por el algoritmo de Twitter, donde solo cuenta el número de ‘Me gusta’.
¿Qué importan los hechos?", advirtió la alcaldesa de París. No es la única que llama la atención sobre los peligros de exacerbar los conflictos.
También el politólogo alemán, Yascha Mounk, reflexiona sobre la necesidad de promover la pluralidad de voces en un marco de respeto por el otro. "Somos tribales. Con los ajenos al grupo podemos ser increíblemente crueles", plantea Mounk, conocido, entre otras cosas, por ser autor de "El gran experimento. Por qué fallan las democracias diversas y cómo hacer para que funcionen". En esa obra, brinda detalles sobre las investigaciones realizadas por el psicólogo social, Henri Tajfel, sobre los aspectos cognitivos del prejuicio, que demuestran lo fácil que es hacer que las personas se odien entre sí cuando se las divide y separa en grupos.
Como se podrá apreciar, la polarización no es un invento argentino. Es un fenómeno que, en los últimos años, se viene observando en buena parte de los países occidentales. Basta mirar lo que ocurrió en EEUU con los seguidores más fieles de Donald Trump, las confrontaciones entre encumbradas figuras de la política española o las encendidas discusiones sobre migrantes en los países más ricos de Europa, para ver hasta qué punto la exacerbación de las pasiones y la polarización conspiran contra la convivencia pacífica incluso en naciones con una larga tradición democrática. "Cuando la gente conversa solamente con los que piensan igual, sus opiniones se vuelven más extremas y homogéneas. Para tener una democracia saludable necesitamos que los que piensan distinto tengan conversaciones amplias, honestas y profundas", advierte la bióloga Guadalupe Nogués, autora del libro "Pensar con otros".
"Nos reconforta pensar que somos seres racionales, pero lo que vemos es que solemos equivocarnos, y de muchas maneras distintas. El tribalismo siempre estuvo con nosotros, y seguirá estándolo. Entonces, ¿por qué intentar combatir el tribalismo o controlarlo? Porque a veces, aun sin mala intención, puede dificultar nuestro acceso a la verdad, nuestro reconocimiento de cuáles son los hechos, y en muchas situaciones, esto representa una amenaza mayor que dejar de pertenecer a un grupo particular", agrega Nogués. Ojalá que estas reflexiones ayuden a pensar respuestas para los nuevos desafíos que enfrenta la democracia.
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