Noticias de madrugada
No puede dormir, es decir, no puede conciliar el sueño. El tic-tac que llega desde la mesa de luz fosforece: son las dos y veinte. - Por Miguel Ángel Molfino

Las cortinas de voile filtran la luz gris de la calle. Parpadea un cartel de neón lejano. Todo parece una vieja película en blanco y negro.
Da vueltas y vueltas, se destapa, está fresca la noche, pero se destapa y no sabe por qué. Suena el teléfono. De un brinco toma el celular y pregunta con voz mal dormida quién es.
Es un comisario, El comisario Juárez, de la Sexta, dice. Tengo que darle una noticia, una mala noticia, dice. Su hermana se ha arrojado desde un sexto piso.
Es Nora, sí, sí, es ella, su hermana. Vive en un sexto B, pero no recuerda la calle. Aparentemente, se habría dejado caer al vacío apoyando la espalda en la baranda y abandonándose.
La voz del comisario es glacial y dice que su hermana se encontraba ebria (le llama la atención, no dice borracha). El alarido despertó al portero. Se descompuso cuando la vio en la vereda pero confirmó que era la señora del sexto B, una buena mujer, olía a alcohol todo el día.
O sea, no está viva, dijo el hermano. Temblaba y hacía fuerza para llorar o emocionarse un poco. No, señor, dijo el comisario. Murió en la ambulancia que la llevaba al hospital.
Cuelga el teléfono. ¿Qué hacer? ¿Tendría que llamar a su hija? Hace años que no se comunica con su sobrina. Se llama Ruth, murmura o piensa o súbitamente recuerda. Debería decírselo a Vanegas, a Jorge, a su excuñado. Pero, vive en Canadá. No le debe importar un comino. Una llamada a Canadá debe costar un ojo de la cara. No hará nada. El comisario no le dijo a qué morgue llevaron a Nora. Pero, no hará nada. Mira su reloj pulsera y son las tres y cinco. Va a acostarse en su cama y dormir. En la claridad falsa que se esparce desde el ventanal dirige su mirada a la biblioteca. Alcanza a distinguir los lomos de cuero con arabescos dorados de la colección de clásicos Axis. ¿Y si relee unas páginas de "Los hermanos Karamazov"? Suena el teléfono. Busca el celular que abandonó sobre la cama desordenada. Es el comisario. Ha colgado antes de que pudiera terminar, quería decirle dónde puede venir a completar los trámites pendientes, lo dice la ley.
Se atraganta con su saliva, odia y teme los trámites. Imagina que la muerte de su hermana debe requerir de una serie de papeles que se le ocurren negros, como radiografías.
¿Me escucha, señor?, dice el comisario.
Sí, aquí estoy. Perdone, es que estoy sin dormir y encima se me muere la Nora.
¿Piensa venir ahora a la morgue?, dice el comisario.
No, discúlpeme, voy a ir mañana. Pero, no me dijo dónde está mi hermana.
En el Santa María. Pregunte por el doctor Amílcar Petakis…
¿Cómo se llama?
Petakis, es un apellido de origen griego, pero nació en el Chaco.
Cuelga. Anota en un papelito aunque se dice que, a la mañana siguiente, lo recordará todo.
Se acuesta en su cama. Debería llamar a su primo Tony, siempre fueron muy pegotes con Nora. Vive en Trenque Lauquen y siente que, a esa hora de la madrugada, si lo llama, le podría pegar un julepe feroz. Además, tiene dos stents, quién me dice que no le provoco un infarto y mato a otro en la misma noche.
No maté a Nora, murmura, no serían dos muertos en la misma noche. Bosteza varias veces, con gemidos.
No sabe cómo manejar esto solo. Nunca fue su fuerte, tal vez por eso jamás lo ascendieron a gerente.
Intenta armar el rostro de Nora, evocarlo, pero se disuelve como un gas que inunda su mente. Le es más fácil imaginarla muerta, los ojos cerrados, pálida, la boca subsumida, armada como si le hubieran dibujado un beso para toda la eternidad.
Un turbión de sueño lo lleva a cambiar de posición en la cama y su mirada queda fijada en la ventana que hamaca el voile de las cortinas. Cruzan autos, se escuchan motos alejándose. Quiere dormir. En el cuarto ahora flota una luminosidad pesada que le recuerda el dormitorio de Kafka. Se le ocurre el dormitorio de Kafka, tal vez porque siente el momento ominoso.
Kafka, Kafka es y será siempre Sandra. Ella le dijo tenés que leer a este tipo. Norita, que sabía que ella gustaba de él, sonrió, le dijo leélo, tonto, ella sabe. Sandra le entregó "El Proceso" y él lo leyó por la mitad.
Norita tenía la cena preparada. Sandra dijo que todo era muy rico, que la había pasado fantástico. Al otro día, lo llamó por teléfono y le repitió la pasé fantástico. Sos un tipo muy ingenioso, le dijo sonriendo (se notaba la sonrisa en la voz que emitía el celular).
Fue la primera vez (y la última) que alguien lo aduló, que alguien le dijo que era un tipo ingenioso.
Con el tiempo, ella le regaló una pequeña escultura y después, una tela al óleo que mandó a enmarcar para que él colgara el cuadro en su oficina del banco. Era artista plástica, pero él jamás supo qué expresar frente a un cuadro o una escultura.
Se enamora. Nora los deja solos, en el sofá del living, cada vez que Sandra visita la casa. Ella habla, él sonríe, ella gesticula y roza la mano inerme de él, ella tiene los labios húmedos. Su timidez termina por estrellar esa confusa constelación de sentimientos. Jamás le habla y Sandra se va retirando de su vida como un lanchón que deja atrás un muelle.
Ha estado tan solitario sin ella. No es una noche como para derrumbarse como un castillo de naipes.
La voz del comisario resuena en las recámaras más profundas de su cabeza. Vuelve a contarle que su hermana se acaba de tirar desde un balcón.
Se coloca boca arriba, pliega las manos en su pecho y cierra los ojos. Debo parecer un cadáver, piensa.
En vez del pijama podría estar vestido con un traje oscuro, camisa blanca y corbata. Suena el teléfono.
Suena y suena. No lo atiende. El ringtone parece huir, perdiéndose, hacia el fondo del pasillo.
Tose. Se rasca la cabeza y vuelve a abrazarse el pecho con las manos.
Se parece a su abuelo Anselmo, en esa posición, con la nariz apuntando al cielorraso, en el féretro.
Pero solo está fatigado, muy cansado, y no puede dormir.










