La batalla contra la desinformación
La propagación de información falsa se ha convertido en uno de los problemas más serios para la convivencia democrática. Programas informáticos que permiten modificar fotografías, videos y audios son utilizados por grupos que aprovechan los momentos de mayor intensidad política para desacreditar a adversarios o poner en duda, por ejemplo, la transparencia de los procesos electorales.
El académico italiano, Alberto Alemanno, publicó en una revista de la Universidad de Cambridge el artículo titulado "¿Cómo contrarrestar las noticias falsas? Una taxonomía de enfoques de noticias contra las falsificaciones". En ese trabajo advierte que la difusión de información que se pone a circular con el objetivo de engañar "se ha convertido en un problema creciente para el funcionamiento de las democracias, afectando la comprensión de la realidad por parte de los individuos".
"De hecho, lo más perturbador no es tanto la cantidad de información falsa en las redes sociales, sino hacia dónde se dirigen intencionalmente. En particular, este tipo de información floreció durante las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2016 y continúa apuntando a votantes con poca información para determinar la victoria de los candidatos en elecciones polémicas", agrega.
Por otro lado, un reciente informe del observatorio de medios digitales de España y Portugal (Iberifier) que es impulsado por la Comisión Europea, coordinado por la Universidad de Navarra e integrado por doce universidades, cinco organizaciones de verificación y agencias de noticias, y seis centros de investigación, advierte que la desinformación es más prevalente en temas políticos que otros temas debido a factores relacionados con la psicología humana, la dinámica de los medios y la naturaleza del discurso político.
Según este estudio, las principales razones que contribuyen a este fenómeno son tres: el compromiso emocional, el poder y la influencia y el ecosistema de medios. Con respecto al primer punto, el trabajo sostiene que, en general, las cuestiones políticas evocan emociones y creencias fuertes, lo que hace que las personas sean más susceptibles a información que confirme sus puntos de vista o se alinee con sus prejuicios. "Por lo tanto, los creadores de desinformación utilizan estas emociones para difundir narrativas falsas que resuenan en audiencias específicas, polarizando aún más las opiniones y profundizando las divisiones", señala el análisis.
Luego, explica que la desinformación política ofrece el potencial de lograr un poder e influencia significativos. "Al difundir información falsa, los actores malintencionados pueden manipular la opinión pública, influir en las elecciones y socavar la confianza en las instituciones democráticas. Este motivo impulsa a individuos y grupos a fabricar o amplificar contenido engañoso para obtener beneficios personales, ideológicos o estratégicos", señala el estudio. Por último, señala que la rápida difusión de la desinformación "se ve facilitada por la evolución del panorama de los medios, que incluye plataformas de redes sociales y fuentes de noticias en línea". "Estas plataformas priorizan el contenido sensacional y priorizan métricas de participación sobre precisión.
Por lo tanto, la desinformación puede ganar terreno rápidamente a través de algoritmos que promueven el clickbait y el contenido cargado de emociones, lo que dificulta discernir información confiable de narrativas falsas", sostiene el informe, para más adelante señalar que la convergencia de estos factores da como resultado una mayor prevalencia de desinformación en contextos políticos. "Por ejemplo, la desinformación puede alimentar teorías de conspiración, amplificar las cámaras de eco y crear una realidad distorsionada en la que las afirmaciones falsas se aceptan ampliamente como verdad".
Además, dice el informe, "abordar esta cuestión requiere un enfoque multifacético que incluya educación en alfabetización mediática, esfuerzos de verificación de datos, regulaciones de plataformas y discurso político responsable para contrarrestar la difusión de la desinformación y promover una ciudadanía informada".
En las conclusiones de este trabajo se advierte, además, que en la batalla contra la desinformación que se libra en la mayoría de las sociedades modernas, son imperativos "una vigilancia continua, la cooperación internacional y el compromiso de fomentar una ciudadanía bien informada". "A medida que evolucionan los métodos de desinformación, también deben hacerlo las herramientas y regulaciones diseñadas para combatirlos".
Por todo lo dicho, es necesario que la ciudadanía esté entrenada para distinguir lo verdadero de lo falso. Está comprobado que la desinformación encuentra terrenos fértiles en los prejuicios y las emociones primarias de las personas, entonces se debe preparar las personas para conocer y manejar las herramientas que les permitirán confirmar o desmentir determinada información que circula en el espacio público.










