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Montaña rusa

No todas las personas están dispuestas a vivir la experiencia que ofrecen las montañas rusas en los parques de atracciones.

Algunas aceptan pagar el precio fijado para experimentar el vértigo y hacer todo el recorrido con el corazón en la boca. Pero otras, en cambio, prefieren algo menos perturbador y consideran que no vale la pena asumir un riesgo innecesario.

Tras conocerse los resultados de las elecciones del domingo, que tuvieron como ganador al candidato a presidente de Unión por la Patria, Sergio Massa, pero que deberá competir el próximo 19 de noviembre en una segunda vuelta con el libertario Javier Milei, distintos analistas coincidieron en señalar que el temor a las propuestas del líder de La Libertad Avanza activó el instinto de supervivencia en una porción importante del electorado. "Nunca me animé a subir a una montaña rusa. Tampoco encuentro motivos para arriesgarme ahora, a esta altura de mi vida", dijo al cierre de los comicios un señor de unos cincuenta años entrevistado por la televisión porteña, luego de reconocer que no había votado por el economista de peinado extravagante, a pesar de que la economía nacional genera sensaciones parecidas a lo que ofrecen los juegos extremos de los parques de entretenimientos. ¿La victoria de Massa en la primera vuelta se explica, entonces, solamente por el triunfo del voto miedo a Milei? La respuesta es no. Además del temor, observan los especialistas en campañas electorales, también influyó la cuestión ideológica, es decir, la posición tomada por cada uno de los votantes (tanto de una como de otra oferta electoral) frente a cuestiones claves como el rol de la educación pública, la responsabilidad parental, el tamaño del Estado y el proceso de donación de órganos, entre otros temas que estuvieron presentes en los discursos públicos de los candidatos, sin olvidar la complicada marcha de la economía, los índices de pobreza y de inflación.

Alguien podría poner en duda la importancia que adquiere por estas horas el sentimiento de temor en un país acostumbrado a las crisis económicas. Tendría mucha razón. Hoy casi nadie lo recuerda, pero en julio del año pasado la renuncia del ministro Martín Guzmán y el ingreso de su reemplazante, Silvina Batakis, se produjo en medio de un fuerte salto del dólar paralelo, una caída de los bonos argentinos y una preocupante suba del riesgo país. Es más, desde que a mediados de la década de 1940 se puso en marcha un nuevo régimen internacional la economía argentina logró crecer por más de cinco años consecutivos solo en dos períodos: entre 1964 y 1974, y entre 2003 y 2008. Desde entonces, el país atravesó 16 episodios recesivos que suman un total de 25 años de contracción de la actividad: hubo una recesión cada tres años. Argentina es, junto con la República del Congo, el país que ha experimentado la mayor cantidad de años en recesión desde 1960. Así lo advierte un informe elaborado por el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC), titulado "Exportar para crecer", publicado en septiembre de 2019. Hasta ese momento, observa ese trabajo, el país llevaba varias décadas retenido en una trampa de crecimiento interrumpido. "Desde mediados del siglo pasado, la Argentina experimentó 16 episodios recesivos que involucraron 25 años de contracción económica. Una recesión cada tres años", sintetiza el documento. Como se podrá apreciar, no se puede decir que la sociedad argentina no sabe lo que es una crisis. La experiencia de todos estos años, además, confirma que son las familias con menores recursos, de los estratos sociales más desprotegidos, los que soportan el golpe más duro de la inflación. Pero a pesar de todos estos problemas, una buena parte del electorado votó el último domingo por una salida moderada de la crisis y optó por tomar distancia del vértigo que promete un candidato que quiere intervenir no con un bisturí sino con una motosierra y que considera que cualquier argentino que lo desee podría vender sus órganos o portar libremente armas. Y que, como si eso fuera poco, en el cierre de campaña invita a un orador que considera que lo más importante en este momento difícil de la Argentina es romper relaciones diplomáticas con el Vaticano.

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