Demócratas lentos
En 2021 la consultora Poliarquía llevó a cabo una encuesta de alcance nacional enmarcada en una investigación regional sobre la percepción ciudadana de las instituciones democráticas en Argentina y Brasil, con la participación de universidades, organizaciones no gubernamentales y agencias de opinión pública. Dos años después de su difusión se puede advertir que los resultados correspondientes a nuestro país anticipaban buena parte del contexto que rodea a las elecciones presidenciales de este domingo. La marca distintiva del estudio, que aporta muchos datos para la reflexión, es la decepción. No únicamente con la clase dirigente, sino también con el sistema democrático en sí.
En 2018 se había realizado un relevamiento similar, lo que permitió en 2021 hacer comparaciones sobre un momento y otro. El contraste no fue alentador, ya que mientras que en 2018 el 73% de los encuestados había respondido afirmativamente a la consigna "la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno", tres años después esa franja había descendido al 65%. Y ante la opción "me da lo mismo un régimen democrático que uno no democrático", las adhesiones pasaron de un 14% en 2018 a un 20% en 2021.

SIN CRÉDITO
Parte de lo muy interesante (y preocupante) de la investigación estaba en otros puntos abordados. Por ejemplo, en lo relacionado con los niveles de confianza hacia las instituciones del país, ninguna superaba el 50%. Es decir, es mayor la desconfianza que inspiran que la fiabilidad que transmiten.
Pero además, el ranking en ese terreno era totalmente atípico para lo que era la sensación social tras la finalización de la dictadura militar en 1983. En 2021, la institución más confiable para los encuestados fueron las Fuerzas Armadas, con un 43% de aprobación. Diez puntos más bajo aparecía la Iglesia (33%). Luego, las fuerzas de seguridad (30), los medios de comunicación y las organizaciones empresariales (22% cada uno).
Recién a partir de allí figuraban los poderes públicos y las organizaciones políticas, con grados bajísimos de confianza: el Congreso (21%, con un 75% de desconfianza), la Justicia (18-80), los partidos políticos (13-84) y los sindicatos (12-88). Si intentáramos resumir libremente esos datos, podríamos decir que dos años atrás, con una situación bastante menos agobiante que la de hoy, ya los argentinos consideraban, básicamente, que se mueven bajo una institucionalidad dominada por gente que no es de fiar. Ligado a eso, mientras que en 2018 el 61% había declarado no simpatizar con ningún partido político en particular, en 2021 esa proporción saltó al 80%.
Muy probablemente relacionado con lo anterior, el estudio exponía además una caída del apoyo al Estado como regulador de la economía.
EL PRESENTE
Pasemos a este 2023. Hace pocos días se conocieron resultados de la Tercera Encuesta de Cultura Constitucional, realizada por la Facultad de Derecho de la Universidad Austral junto con la consultora Poliarquía. Allí el 72% de las personas abordadas dijo no estar satisfecha con la democracia. Apenas un 25% dijo sentirse "muy" o "bastante" satisfecho.
Peor aún la planilla de la encuesta incluía la siguiente pregunta: "¿Cuán de acuerdo o en desacuerdo está con la siguiente frase: ‘No me importaría que un gobierno no democrático llegue al poder si resuelve los problemas de la gente’?" El 50% dijo compartir ese pensamiento; un 49% dijo no adherir a él.
"Yo lo llamo la bukelización de la política. Sacrifica derechos y concentración de poder por seguridad. Estamos encontrando a nivel global una marcada recesión y declive democrático. Hemos perdido 12 democracias en la región: sobre 20 países, 12 ya no son democracia", analizó Daniel Zovatto, director regional del Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral (IDEA, una organización intergubernamental), en declaraciones al diario La Nación.
EN NUESTRO IDIOMA
El español que hablamos en nuestra región tiene matices deliciosos. Uno de ellos es el uso que chaqueños y correntinos hacemos de la palabra "lento/a". Puede funcionar como una relativización sutil y contundente a la vez de una condición que el mundo de lo formal atribuye pero la realidad pone en duda. Por ejemplo, de un hombre que mantiene una relación ambigua con una mujer se dirá que "es el novio lento"; de una mujer cuyos conocimientos sobre nutrición sean dudosos diremos que es "una experta lenta en alimentación".
El problema más serio de nuestra democracia es que quedó copada por demócratas lentos. Su brutal ineficiencia, que no solo no resolvió los dramas económicos y sociales dejados por la dictadura sino que los agravó, se combinó la mayor parte de las veces con una malversación de los mandatos que obtuvieron de la sociedad. Llegaron a los cargos prometiendo servir a sus representados y generar progreso, y terminaron -como norma general y con pocas excepciones- retirándose del poder dejando más pobreza y reservándose para sí el derecho a la prosperidad. Demócratas lentos de entre los cuales surgieron estadistas lentos que tuvieron al bienestar del pueblo como principal bandera lenta. Demócratas lentos que hablan del valor sagrado de la democracia mientras le friegan la cara con barro. Frente a nosotros, que ejercemos nuestra ciudadanía lenta.
"No hay democracias sin demócratas", decía Zovatto al evaluar los resultados de la encuesta mencionada antes, y cuánta razón tiene. El tema es: ¿Y entonces qué? ¿Soltar el volante y estrellarnos de una bendita vez? A veces parece tentador, pero la rabia suele ser una trampa en vez de un atajo.
Deberíamos ser capaces de hacer lo que ellos no hicieron: poner al país (al país entendido como el futuro de nuestros hijos, de los hijos de todos) por encima de cualquier otra cosa. Incluidos nosotros mismos.










