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Terry quiere verte

Suelo dormir profundamente y jamás uso despertador para despertarme en las mañanas. Mis noches son serenas, en pocas ocasiones sueño pesadillas y mis madrugadas son dichosas; muchas veces sueño con amigos que hace mucho que no veo, o con mis abuelos, y también con Terry, mi primer novio. - Por Miguel Ángel Molfino 

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Es verdad, terminé aceptando que lo echo de menos, pero esa historia ya es vieja, fue hace más de dieciséis años, demasiado tiempo, y a Terry se lo tragó la tierra.

Esa mañana me había despertado la potente frenada de un camión de carga, uno de esos que, cuando frenan, parecen desinflarse. Era sábado y sentía que la vida era más sencilla de lo que a veces supongo. Me desperecé y pensé en ducharme, me atacaron ganas de ir hasta el shopping, todo estaba en liquidación y yo andaba detrás de un par de zapatos rojos. Cuando empecé a quitarme el pijama, tocaron a la puerta.

Me coloqué una bata y abrí. Delante de mí tenía a un descomunal hombre: altísimo, gordo y tímido como una ardilla. Se veía muy amable, titubeaba al hablar y un tic nervioso le movía una de las mejillas. Esperé a que el hombrón me dijera por qué estaba frente a mi casa, obstruyendo la hora de mi baño. Detrás de él revoloteaba una mariposa negra y un golpe de sudor frío me humedeció las axilas.

—Soy el primo de Terry y le traigo un mensaje suyo —dijo finalmente.

Lo hice entrar, lo invité a sentarse en el living y le ofrecí café, que rechazó con un gesto amanerado. Cuando me senté en el sillón del frente, el hombrón parecía un buda hundido en un pantano de vinilo. Me miraba con sus pequeños ojos azules que, súbitamente, me recordaron a los de Terry en aquella mañana de la primavera del ´82, cuando le robamos el Torino al papá y pusimos proa a Mar del Plata.

Casi no recuerdo los detalles de aquel viaje, el accidente me borró muchas cosas bonitas que hoy podría disfrutar, reviviéndolas una y otra vez, como un video. Pero solo me quedan, vagamente, el estallido y los árboles que se venían sobre nosotros como si buscaran chocarnos.

Sí veo el mechón color vainilla del pelo de Terry, azotándose contra su frente mientras corrían los campos a nuestros costados: vacas, alambrados, ranchos lejanos, caballos en fuga, siseando en el viento que embolsaban las ventanillas. Sí veo a la parrilla rutera en la que comimos el asado más tierno de la tierra, según Terry, mientras yo era la mujer más feliz de la galaxia junto a él, a su fuerza, a su alegría: alto y tierno como un roble.

La luz opaca del atardecer sobre su pecho ancho, los dos desnudos dentro del auto, besándonos abrazados como nudos marineros, atravesados de escalofríos, él dentro mío, como un animal dulce buscándome el corazón. Y después correr por el campo oscuro y vacío, desnudos, gritando a las primeras estrellas, revolcándonos en el pasto alto y fresco, para dejarme abrazar otra vez al resplandor de los bichitos de luz que habían invadido nuestro breve cielo.

Ya cuando lo conocí, la electricidad me heló la nuca. ¿Cuánto hacía que no había vuelto a estar con él, así, como ahora, temblando de tristeza y ganas de tenerlo?

Llevamos medio día de retraso, Mar del Plata queda cada vez más lejos, su voz, esa era su voz, así era su voz.

Llegamos a la YPF cerca de la medianoche. Hambre y sed. Nos brillaban los ojos. Las bocas parecía extrañarse, deseosas. Llene el tanque, dije, y largué una carcajada de gloria. Entramos a la tiendita, comimos unos súper sándwiches de milanesa y nos tomamos una cervecita. Cuando Terry se levantó para dar unos pasos más allá de los surtidores y de paso fumar, quedé sola y lo agradecí. Pude enterarme qué decía mi cuerpo. Decía que era una mujer, toda mujer, cada espacio de mi cuerpo me decía soy una mujer, soy el cuerpo de Aída, soy tu cuerpo, sos lo que soy.

Bordeamos Buenos Aires y seguimos tras los rastros de Mar del Plata. Por instantes, descubría a Terry mirándome en silencio. Le sonreía. No sé qué cosa vi o imaginé en la cara limpia, rosada y pecosa de Terry. Me asustó. Me pareció que su mirada se había endurecido y nublado de malicia.

—¿Qué te pasa, amor? —le dije.

—¿Por qué?

—Porque te veo raro, no sé… ¿me seguís queriendo? —cuando me escuché decirlo, un ramalazo de angustia me azotó el pecho.

Fue entonces cuando largó esa carcajada que todavía escucho en los sueños. Justo en la maldita curva. Justo cuando una gran mariposa negra se estrellaba en el parabrisas.

¿Un mensaje de Terry? Es un disparate —dije, y miré al camionero—. ¿Me está cargando? Hace casi veinte años que no sé nada de él…

Sí, así es señora Aída, pero él le manda decir que la quiere ver.

Perdóneme, señor, pero creo que tiene que irse… —estaba fuera de mí, algo olía mal.

—Si usted va hasta la puerta, fíjese en mi camión. Terry está allí, esperando su respuesta.

Me asomé, y dentro de la cabina no había nadie. Sí podía verse, entrando y saliendo por la ventanilla, a la gran mariposa negra revoloteando, revoloteando. 

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