Sobre ferias, libros y escritores
El escritor John Cheever se levantaba todas las mañanas muy temprano, se ponía un traje de oficinista, agarraba un maletín y llevaba a sus hijos a la parada del colectivo en las orillas de Manhattan. - Por Alberto Solis Bonastre

Después de despedir a los críos con la mano, volvía a entrar en su edificio, pero en lugar de subir a su piso, bajaba hasta un pequeño cuarto junto a las calderas en el que había puesto una mesita y, sobre ésta, su máquina de escribir. Una vez allí, se quitaba el traje y escribía en calzoncillos, el calor de las calderas así lo exigía, hasta que los niños volvían del colegio.
Entonces se vestía de nuevo, agarraba su maletín vacío e iba a la parada del bondi a recogerlos. Día tras día, Cheever fingía tener un empleo y una oficina y una posición que no tenía. Le avergonzaba confesarles a sus hijos que en realidad no era más que un simple escritor.
Cuenta Ricardo Piglia, el formidable escritor argentino, que no hay peor infierno para un escritor que el mundo real. También ha escrito que la literatura es más interesante que la vida, y me temo que muchos escritores están de acuerdo con eso. Y, sin embargo, muchas veces, escribir avergüenza. Supongo que también avergüenza vivir si uno se para a pensarlo de un modo más autocrítico.
La gente escribe, cualquiera, todos, yo mismo. ¿Para qué? No está claro. Para corregir un error, para rectificar un dato, para ganar altura, dinero, prestigio, para birlarle una novia a un amante más diestro, para no pensar en la muerte o para pensar en ella con cierta distancia.
O simplemente por tener algo que hacer, entre sopa y sopa, entre niño y niño, entre trámite y trámite, en una redacción, un desván, o entre guerra y guerra. La gente escribe demasiado, es un hecho. Noventa y nueve de cada cien manuscritos son devueltos definitivamente a sus autores en un siniestro viaje de ida y vuelta a ningún sitio y, aun así, son tantos libros. Se empujan en los mostradores, se amontonan en los grandes almacenes, desbordan las pequeñas librerías y los estantes de las ferias de libros. Viajan a México para ser leídos por desconocidos, e incluso se rebajan a ofrecerse de regalo en los quioscos. Los libros ya no saben dónde ir ni qué hacer para que alguien los quiera. Y cuando los ejemplares no vendidos abultan demasiado, se queman en remotos polígonos industriales.
También los nazis quemaban libros, pero no por falta de espacio. Pensaban matar con el fuego todo aquello que sobrevive a la muerte del enemigo. Aquello que no puede ser fácilmente exterminado y que de una manera u otra volverá para vengarse. Lo mismo hizo la última dictadura cívico-militar en la Argentina. Y antes, otros golpes de Estado a gobiernos constitucionales, democráticos. Golpes a los gobiernos, a la gente y a los artistas. También a los escritores. Palo y palo.
Afortunadamente, contra el fuego de las cosas reales está el fuego de las cosas inventadas. Es ahí donde la ficción le saca un cuerpo a la vida. En la vida uno apenas puede hacer nada, en la ficción todo es propio, hasta lo robado.
Se escribe mucho, demasiado, tantos libros y tanta gente, y sin embargo pocos libros encuentran dueño y pocos dueños encuentran libro. Eso es lo más sorprendente de las grotescas listas de ventas; resulta imposible creer que tantas enfermedades distintas necesiten el mismo remedio. Se venden cien mil ejemplares de este dichoso "Código da Vinci" o el que sea, como si tal cosa. Resulta más fácil vender cien mil libros iguales que cien mil libros distintos. Eso cualquier librero lo sabe. Y, sin embargo, pese a la popularidad de un antídoto, no es posible que llevemos todos dentro el mismo veneno. Debajo de esos libros, que están muy bien seguramente, hay otros libros que seguramente están mejor.
Como debajo de aquellos adoquines que modernizan una calle, antes estaba la playa. A veces uno tiene la tentación de entrar en una librería y alterar la disposición de los ejemplares. Colocar los de arriba, abajo, y los del escaparate, en los rincones. Poner en la mesa de best sellers una obra de Artl, como las "Aguafuertes Porteñas". Meter la mano en las estanterías y sacar algo inesperado; la literatura criminal o el policial negro con finales inesperados de Miguel Ángel Molfino, por ejemplo. Aquí, como en tantas otras cosas, el pudor, esa forma humilde de decencia, me detiene. También el recuerdo de un viejo vendedor de libros usados de Parque Centenario en Buenos Aires, que siempre nos decía: "Me da igual que compre o no, pero no me toque los libros".
Literatura y mercado son dos cosas muy distintas condenadas a vivir juntas, en la misma caseta, como los animales del zoo están condenados a estar juntos en sus jaulas. Lectores y escritores nos miramos con frecuencia el ombligo buscando una fecha de caducidad que se impone sin existir. Llega la Feria del Libro y aprieta más la marea del mercado que el rumor de la literatura. Te encuentras con un conocido y se excusa, casi avergonzado, por no haber leído aún tu último libro. Ni falta que hace. Vaya a la historia, y la política, y sus males, y los culturicidios, y lea a Francisco Teté Romero. O el "Gran Gatsby" o "Moby Dick". Lea a Conrad, a Twain, a Coetzee o a Bolaño. O al imprescindible Horacio Quiroga. Lea a Gombrowicz por lo que más quiera y, ya que está, a San Juan de la Cruz y a William Burroughs, a la vez. Lea a Bennet, a De Lillo y a Bellow. A todas las hermanas Brontë y al menos a uno de los hermanos Durrell, a Gerarld si es posible.
Lea a esos dos locos daneses, Andersen y Kierkegaard, que si uno simulaba tener corazón, el otro simulaba tener clase. Y a Nabokov, y a Joyce, y a Rulfo. Lea a Thomas Hardy, que sabe lo que dejamos atrás, y a Ballard, que sabe lo que nos espera. A Bernhard y a Bukowski, que cuando uno dice sí, el otro dice no; a Evelyn Waugh y a Jim Thompson, y caiga en la cuenta de que el primero es más negro que el segundo. Y vuelva la vista al hermoso monstruo de Mary Shelley y al horrible ángel de Virginia Woolf y no se fíe ni un pelo de la nariz de Nicole Kidman, que es postiza. Lea a Cortázar, y a Borges, aunque le dé un mareo, y a Simone de Beauvoir aunque le ponga muy nervioso, y a Proust aunque le aburra, que aburrirse no es más que pensar muy despacio. Y lea a Tolstói, a Dostoievski y a Chéjov, que son todos muy rusos pero no se parecen en nada. Y a Unamuno, otro escritor argento estupendo. Y a Rodolfo Walsh, otro imprescindible para nuevos escritores y viejos periodistas como quien suscribe. Y a Cheever, que resulta que al final era marica, casi como un don. Y a Céline, que no esperó a que nadie quemase sus libros y los quemó, uno a uno, él solo, mientras los escribía.
No vamos a nombrar a todos los escritores que me da gusto leer, claro. Basta recordar que un mono puede fácilmente cruzar la historia, desde el lugar en el que estamos hasta el lugar donde empezamos, saltando de rama en rama, de página en página, de verso en verso. Y con el mismo método se puede llegar también hasta el futuro que, a pesar de los agoreros, seguro tenemos uno.
Así que, después de todo, lea también los libros que están por llegar, los que todavía no se han escrito, léalos en cuanto pueda, antes de que estén terminados, porque las obras acabadas son más tristes. Como decía Marguerite Duras, las obras acabadas se contabilizan ya en las columnas de la muerte. Y al "Martín Fierro", de José Hernández. Y después de leer el "Quijote" no piense que lo ha leído ya todo, que el "Quijote" no es el final, sino el principio.
Pero todo esto ya se sabe, y a cuento de qué, entonces, repetir lo que se ha dicho tantas veces. Aquí, la Duras nos ayuda: "Hay que volver a decir".
No hay otra razón para seguir escribiendo. También hay que volver a escuchar. No hay otra razón para seguir leyendo. No nos queda más remedio que vivir. Y seguir escuchando. Y observando. Y seguir escribiendo. Quién sabe para qué, querido lector: la respuesta está en sus manos, tal vez, o por cierto.










