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El caleidoscopio

El gran distractor del Siglo XIX

La adicción a los celulares y las pantallas suele presentarse como un problema de nuestros tiempos, pero lo cierto es que las distracciones tecnológicas son cuestionadas al menos desde el siglo XIX. - Por Ricardo Ambrosig

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Un caleidoscopio del 1800 en su caja. Esta era una versión para regalar.

Tendemos a criticar de la misma manera y bajo los mismos parámetros cualquier nuevo desarrollo tecnológico, desde la imprenta hasta el teléfono, pasando por el telégrafo o la bicicleta.

Eso sucedió con el caleidoscopio, un instrumento patentado en 1817 por David Brewster, miembro de la Royal Society, que era capaz de crear sugerentes formas simétricas que encandilaban a niños y adultos.

A los diez años de edad, Brewster ya había construido su primer telescopio. Era 1791 y vivía en la pequeña localidad escocesa de Jedburgh. Era todo un niño prodigio, pero aunque le interesaban muchas cosas del mundo, las que más le fascinaban eran los instrumentos ópticos.

Por eso, en 1817, ya formando parte de la Royal Society y habiendo sido galardonado por sus aportaciones al campo de la óptica, patentó un "juguete filosófico" que hacía uso de espejos inclinados y pequeños vidrios de colores para originar hipnóticas formas simétricas. 

En un libro que publicó dos años después para explicar y reivindicar su invento, afirmaba haber tenido la idea original en 1814, desarrollándola gradualmente hasta llegar a aquel instrumento perfeccionado.


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Las imágenes fractales del caleidoscopio sumergieron a la sociedad del siglo XIX en tal frenesí de distracción, que hasta Karl Max lo usó como analogía de las farsas ideológicas.

Hermosas imágenes

Aquel juguete permitía captar una realidad totalmente nueva, como si se accediera a otra dimensión. Fue así que el nombre de aquel instrumento se formó por tres términos griegos: kalós (hermoso), eidos (imagen) y scopio (instrumento para observar). El caleidoscopio, literalmente, un instrumento para observar imágenes hermosas.

El éxito del caleidoscopio en el Reino Unido, en aquel primer tercio del siglo XIX, fue imparable. En el periódico Literary Panorama and National Register podía leerse la siguiente reseña en 1819 (justo un año antes, había publicado una reseña muy poco entusiasta de "Frankenstein", de Mary Shelley): "Jóvenes y mayores, todos tienen su caleidoscopio; todas las profesiones, todos los oficios; todas las naciones, todos los gobiernos, todas las sectas, todos los partidos".


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David Brewster presentó el caleidoscopio cuando ya era miembro de la Royal Society. No imaginaba la conmoción que produciría su invento.

Adicción

Los primeros caleidoscopios patentados venían a menudo con un conjunto de celdas intercambiables llenas de objetos diminutos, pero a menudo también se proporcionaba una celda vacía, permitiendo que uno lo llenara con lo que deseara. La "caleidoscomanía" se extendió rápidamente por toda Europa y otros países. Todas las revistas de EEUU publicaron extensos reportajes sobre el nuevo artilugio. 

The Philosophical Magazine and Journal llegó a publicar lo siguiente: "...ningún invento y ningún trabajo, ya sea dirigido a la imaginación o al entendimiento, produjo jamás tal efecto. Una manía universal por el instrumento se apoderó de todas las clases, desde las más bajas hasta las más altas, desde las más ignorantes hasta las más sabias; y cada uno no sólo sentía, sino que expresaba el sentimiento, de que se había añadido a su existencia un nuevo placer".

Uno de sus críticos más feroces fue el poeta romántico inglés Percy Shelley, que estuvo casado con Mary Shelley (la creadora de "Frankestein"). Cuando recibió las instrucciones para construirse uno de aquellos artilugios por parte de su amigo y biógrafo Thomas Jefferson Hogg, le respondió: "Tu caleidoscopio se ha extendido como la peste en Livorno. Creo que toda la ciudad se ha entregado al caleidoscopismo".

El periódico, que había tildado de poco original e insustancial la obra de Mary Shelley, también acabó cargando las tintas contra aquel invento, al que le adjudicaba la capacidad de hacer perder el tiempo a la gente, como si la poseyera. Incluso llegó a escribirse textualmente la siguiente frase sarcástica: "Todos los niños que van con su caleidoscopio por la calle terminan chocando contra una pared". 


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La presentación más común del caleidoscopio era modesta, pero causaba la misma “adicción” que preocupó a los intelectuales de la época.

Hasta Karl Marx utilizó la "adicción" al caleidoscopio. Tanto para él, como para Friedrich Engels, "El caleidoscopio tenía una función muy diferente". En su crítica a "La ideología alemana" de Saint-Simon, utilizaron la imagen caleidoscópica como una parábola de las farsas ideológicas: "Su aparente variedad se produce al repetir el mismo patrón hasta el infinito".

Se escribieron ríos de tinta a favor y en contra del invento. Las críticas que recibió el caleidoscopio, el hecho de que fuera tan absorbente como para que el individuo no pudiera dejar de mirarlo, recuerdan poderosamente a las críticas actuales a los teléfonos móviles. Un conjunto de críticas que, de hecho, se han mantenido más o menos inalterables con cada nuevo invento o desarrollo tecnológico.

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