Las elecciones del desánimo
La de hoy es una de las convocatorias electorales de nuestra historia más marcadas por el desánimo.
Quizá la única en condiciones de empardar las dimensiones de ese rasgo sean las del 27 de abril de 2003, cuando una de las secuelas del estallido de diciembre de 2001 y del "que se vayan todos" fue que en aquellos comicios los cinco candidatos más votados estuvieron acomodados en una franja modestísima, del 14 al 24% de los votos emitidos. Néstor Kirchner se quedó con el boleto a la Casa Rosada con apenas el 22% (Menem, que había obtenido el 24, renunció a participar en el balotaje).
Lo que hay de común entre aquel momento y éste de ahora es que hoy, como dos décadas atrás, el presente se pone aparatosamente por delante del futuro en la fotografía mental que nos hacemos del país.
Las carencias y urgencias de la actualidad, resultado de una pendiente declinante larguísima, dejaron poco espacio para el entusiasmo acerca de lo que puede suceder en los años que siguen.
FATIGA
Como una varilla de hierro que se pliega consecutivamente hacia uno y otro lado, la sociedad argentina también parece haber ingresado a un punto de fatiga. Hasta el goteo permanente del proceso inflacionario sobre los precios que se pagan en productos y servicios va retirando las expresiones de escándalo para dejar espacio a la resignación. Ya nadie se sorprende de que cada día deba pagar más por todo, ni se ocupa demasiado de saber si las nuevas cifras tienen alguna justificación objetiva. Hay una sola certeza y es que los únicos precios baratos que uno puede hallar son los de esta semana con respecto a los de la próxima.

Como para completar el contexto gris de las PASO de este domingo, los últimos días mostraron una seguidilla de hechos de inseguridad conmocionantes. El más grave de ellos, el asesinato de una nena de 11 años a manos de motochorros.
Todo el combo, que incluye la contínua pérdida de valor de nuestra moneda (en el mercado blue, el viernes pasado, un peso argentino equivalía a una milésima y media de dólar), sumergió al proceso electoral en el fluido que menos conoce nuestra clase dirigente tradicional: la realidad de la calle.
¿AZAR O CONSECUENCIA?
El homicidio de Morena, la nena del crimen cometido en Lanús, hizo que casi todo el arco político cancelara las actividades previstas para el cierre de sus agendas proselitistas. Más allá de que fue lo más razonable, la decisión parece llevar una dosis de sensación de responsabilidad.
Es decir, lo ocurrido con la niña hubiera sido un golpe en el ánimo colectivo en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, pero en la Argentina de hoy parece un retrato descarnado de lo que han hecho con nuestro país quienes nos han gobernado. Y, aunque a veces suene simplista decirlo, habla también de lo que hemos hecho nosotros, los representados.
Porque una vez más cabe preguntarse si hemos tenido tanta mala suerte que siempre hemos elegido a personas que, por mucho o por poco, no eran aptas para administrar nuestros recursos y nuestro destino, o si el azar no tuvo nada que ver y esa gente posee en realidad las mismas cualidades que quienes los elegimos, solo que más expuestos por los roles y posiciones de poder en los que los colocamos. La probabilística diría que hay muchas más chances de que la verdad esté en la segunda opción que en la primera.
MAPAS
Para nadie es grato ni fácil asumir que ha vivido equivocado. Es casi dar por perdido todo el tiempo vital consumido antes. Una conclusión dramática, demoledora, que la mente buscaría por todos los medios desmontar. Antes de llegar a ella, seguro intentaríamos hallar una manera de decirnos a nosotros mismos que en realidad el problema fue todo el resto del mundo.
Toda esa gente que no nos entendió, que no se dio cuenta de que los que hacían lo correcto éramos nosotros, y que por ignorancia o envidia nos dejó solos en la batalla por lo verdadero. Y que así, solos, no tuvimos más alternativa que la de fracasar, aun cuando éramos los dueños de lo cierto, los que sabíamos por dónde había que ir para llegar a la tierra de la felicidad.
Como nación, estamos en esa encrucijada. Tantas ideas defendidas y compartidas, tantas consignas victoriosas en décadas y décadas, ¿eran la verdad o un mapa erróneo? ¿Qué pudo haber fallado tanto como para ser parte de una reducida minoría de países en los que todavía la inflación es un problema acuciante? ¿Por qué la proporción de argentinos pobres es diez veces superior a la de hace cincuenta años? ¿Por qué hasta los ’70 lo natural era que una familia de trabajadores accediera a un techo propio y hoy esa meta es una ilusión inalcanzable para la clase media? ¿Por qué el enemigo a destruir es el Fondo Monetario y no la incapacidad para adaptar el gasto a los recursos genuinos disponibles?
BRECHAS
Con todo, el acto electoral sigue siendo la única manera racional directa en la que podemos tener alguna incidencia en la determinación de un rumbo. O algo parecido, porque los candidatos, salvo excepciones, ya ni se molestan en presentar una propuesta de plan de gobierno para el caso de ganar los comicios generales.
Es un sistema imperfecto que se imperfecciona progresivamente. El peso de las disponibilidades de recursos para hacer campaña es cada vez más determinante. Las fuerzas y candidatos que no manejan cajas del Estado están en franca desventaja frente a los oficialismos. Eso sin contar otras brechas derivadas de ésa. Y así y todo, es el momento indicado para que intentemos influir en las decisiones que importan.
Hay, en esa instancia, algo más que consciente o inconscientemente decidimos: si votaremos en función de una realidad colectiva o desde un interés netamente personal o sectorial. ¿Votamos pensando en que gane la sociedad de la que formamos parte o en defender el bienestar propio? Es la primera elección antes de salir hoy hacia la escuela.
Como en una de esas relaciones de pareja desgastadas por el tiempo y por la poda de promesas, si algo estará ausente hoy es la ilusión. Como un acto de autoprotección, millones dejarán su sobre en la urna más por cumplir con una obligación legal que por pensar que sea el primer paso hacia una etapa de restauración y gratificaciones. Aunque, en el fondo, se nos haga inevitable percibir los pequeños latidos de esa esperanza de siempre que, en esta tierra, aprendió a comer los panes viejos de los tiempos idos.
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