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El ecologismo se siente como una Casandra moderna

No puede evitar las tragedias que anuncia pero, a diferencia del mito griego, la Casandra ecologista no está maldita por Apolo, sino por sus propios puntos ciegos teóricos. - Por Emilio Santiago*

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El síndrome de Casandra ecologista participa de dos errores concatenados: a) un diagnóstico materialista vulgar, de corte reduccionista, determinista y mecanicista; b) una praxis condicionada por un idealismo muy ingenuo. 

Del primero deriva la pretensión ecologista de anticipar y anunciar acontecimientos políticos a partir de datos positivos "duros", "científicos", que vendrían a marcar el curso histórico de la tasa de retorno energético del clima. 

El segundo postula que la transición ecológica se juega en términos de desvelamiento de una verdad científica ante una opinión pública ecológicamente iletrada o políticamente engañada. 

Vamos primero con el materialismo vulgar: este es problemático porque genera una ilusión anti-política. Los hechos materiales de la crisis ecológica impondrán toda una serie de realidades políticas: transiciones, colapsos… Este materialismo vulgar bebe de dos fuentes: un salto epistemológico problemático de lo biofísico a lo social y una serie de préstamos del canon marxista más escolástico sobre la evolución social y la construcción de sujetos políticos con incidencia histórica. 

Cuando el ecologismo salta de lo biofísico a lo social tiende a reproducir una serie de tics problemáticos. Estos pueden ser más o menos matizados o duros, pero imponen unos estilos de razonamiento recurrentes: 1) el determinismo de pensar que las tendencias macro-sistémicas marcan el curso de las realidades micro-sociales. Pero a menor escala espacial y temporal, más incertidumbre sociopolítica, más especificidad histórica, mayor imprevisibilidad; 2) el reduccionismo de atribuir a un solo factor aislable cualidades omni-explicativas (el clima, la energía) obviando la complejidad de lo social (pluralidad significativa, conflictos, relaciones de poder); 3) el mecanicismo de pensar que la actitud ante la predicción que tienen las ciencias naturales se puede extrapolar a lo social, cuando los procesos sociales son indeterministas al cubo. 

En cuanto a los préstamos del canon de cierta filosofía de la historia marxista, condensada en la metáfora arquitectónica base-superestructura, los paralelismos son impresionantes. 

A partir de una exageración y una simplificación de un puñado de párrafos de Marx, una parte del marxismo entendió el cambio histórico como una traducción de las contradicciones de la estructura económica al plano de la superestructura político-ideológica-cultural.

Análogamente, una parte del ecologismo entiende que la estructura socio-natural (flujos energéticos o metabólicos) y sus contradicciones marcan el paso a la superestructura político-ideológica-cultural. 

Por ejemplo, un descenso de la energía neta en una sociedad enfocada al crecimiento generaría una contradicción que abriría una etapa de cambio histórico. Pero, esta vez, no para dar lugar al tiempo de la revolución social, sino más bien al tiempo del colapso civilizatorio.

Todos estos planteamientos comparten el mismo talón de Aquiles: la creencia de que existe una "positividad social" cuyos datos tienen una sola interpretación y llevan a los grupos humanos a actuar de una sola manera. 


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Cualquier fenómeno material admite muchas respuestas sociales: diferentes lecturas ideológicas y diferentes impactos en función de cómo lo conformen las relaciones de poder. Y, ojo: las propias respuestas modifican la pregunta, porque la distinción material/social es falaz. 

La crisis ecológica puede ser producto de la extralimitación de un sistema económico como el capitalismo (la tesis del ecologismo social) pero también el producto de un sesgo ideológico igualitarista que acompleja a las naciones en la lucha darwiniana (tesis de la extrema derecha). 

No solo las dos respuestas son igualmente "verdaderas", sino que la imposición de una u otra va a hacer que la crisis socioecológica suceda de una manera u otra, que su trayectoria final sea una u otra. 

La miopía sobre la dimensión social y políticamente articulada de la crisis ecológica contribuye mucho a que sectores cada vez más amplios del ecologismo mantengan posiciones históricas derrotistas, de las que el colapsismo es su máxima expresión. 

Un discurso colapsista, salvo para extremas minorías, tendrá siempre un efecto de masas desmovilizador que reforzará, paradójicamente, la defensa de lo existente y de sus tendencias destructivas. Las investigaciones sobre comunicación climática lo confirman. 

Pero es que, además, por lo esbozado aquí, el colapsismo no solo es poco "útil" en términos de emancipación, sino que epistemológicamente es inconsistente. Podemos colapsar, o no, o quizá algunas regiones sean "colapsadas" por otras que prosperarán... esto se jugará en el campo político. 

Y pocas cosas pueden ayudar a enfrentar peor esta batalla política que el segundo de los puntos ciegos del ecologismo con los que abríamos el hilo: la creencia en el papel transformador de decir la verdad.

Como si la verdad fuera en sí misma transformadora, una vez que los ecologistas nos hubieran hecho comprenderla y despertar, dejando atrás la "falsa conciencia" que nos impide entender nuestros intereses políticos objetivos 

De nuevo, paralelismos muy exactos con cierto planteamiento marxista sobre la conciencia de clase: si el proletariado será revolucionario cuando tome conciencia de su papel objetivo en la producción capitalista, la Humanidad será sostenible cuando tome conciencia... de que objetivamente es una especie vulnerable en un planeta frágil y cuya vida depende de relaciones de ecodepencia e interdependencia que el orden socioeceonómico capitalista está destruyendo.

Pero no: dato no mata relato. Los sistemas de fact-checking que se han puesto de moda están llamados a fracasar. El votante de extrema derecha no cree en fake news porque sean verdaderas. Lo hace porque quiere creérselas. 

El arte de la política no consiste en decir la verdad. Lo que no significa que consista en decir mentiras. Nos hace falta la mejor ciencia y el máximo respeto por la verdadera complejidad de nuestra situación ecosocial. Y que esta sea ampliamente conocida. 

Pero esto solo permite conocer el mundo, no transformarlo. Transformarlo es un juego de afectos, pasiones, identidades compartidas, enfoques éticos, mitos comunes, de alianzas, de intereses, de pericia en el ejercicio del poder. 

La política no se arma alrededor de la dicotomía verdad-mentira. Se arma en la tensión verdad-deseo-expectativas con un trasfondo moral. Y dentro de esta tríada, la política emancipadora para ser fértil: 1) debe aprovechar la incomparecencia o los errores del poder (sus promesas incumplidas); 2) debe ampliar los márgenes de lo posible en base a un cálculo certero de las posibilidades del momento histórico; 3) debe proyectar un horizonte ilusionante a la vez que creíble.

De esta fórmula, el ecologismo se ha centrado en el paso 2) y de manera muy sesgada: ofreciendo un cálculo muy lúgubre de las tendencias de nuestro momento histórico. 

Lo dijo Lewis Mumford de modo magnífico: si al ser humano le quitas el futuro, cae en un desamparo semejante al que sufriría si le quitas el aire y el agua que necesita para vivir. 

Y en los pocos discursos en los que se atreve a ofrecer horizontes ilusionantes (paso 3), el ecologismo cae en la falacia idealista de la tábula rasa tras una suerte de big bang sistémico: el decrecimiento o el ecosocialismo, sin mediaciones políticas con el presente.

Porque cuidado: la verdad de la insostenibilidad no tiene efectos políticos mágicos, no solo porque la transformación social se module en otros códigos que no son los de la verdad. También porque los efectos políticos mágicos no existen.

Es decir, no se trata de cambiar solo la enunciación de la verdad ecologista por la enunciación de un horizonte ecologista ilusionante. Hay que construir ese horizonte, articularlo políticamente. Y para ello, más importante que las palabras inspiradoras son los lugares sociales de enunciación y el poder de intervención en la realidad que estos otorgan. Necesitamos libros, canciones, películas que disputen el sentido común, para hacer de la transición ecológica algo deseable. 

Pero este liderazgo moral y cultural debe ser la antesala de la posibilidad de gobernar. Esto es, de hacer factible ese horizonte mediante políticas públicas que transformen nuestros hábitos, que apuntalen una cierta "normalidad". 

En un precioso libro, Yayo Herrero afirma que "El conocimiento, el sabernos vida en sí misma, no desemboca necesariamente en la acción. Pero sin ser condición suficiente, creo que es condición necesaria".

Esta afirmación es cierta. Pero en esta encrucijada histórica el ecologismo debe poner el acento de su práctica en la insuficiencia del conocimiento y la necesidad de ir más allá, estimulando las convicciones morales, estéticas y vitales que construyan horizontes ecosociales.

* Antropólogo climático – Autor de "Contra el mito del colapso ecológico – Por qué el colapsismo es una interpretación equivocada del porvenir y cómo formular un horizonte de transición".

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