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Pisar el freno

Un estudio encargado por la Organización de Naciones Unidas a expertos en seguridad vial reveló que, según las evidencias obtenidas, las calles con límites de velocidad bajos reducen el riesgo de sufrir lesiones graves y salvan vidas.

Por esa razón, la organización internacional lanzó una campaña para lograr que los vehículos circulen a un máximo de 30 kilómetros por hora en las ciudades de todo el mundo.

Las investigaciones realizadas en ciudades que impusieron ese límite de velocidad en zonas urbanas sirvieron para comprobar que el riesgo de morir al que un peatón se expone como consecuencia de un choque a 50 kilómetros por hora es del 90%, mientras que si se reduce la velocidad a 30 kilómetros por hora, ese riesgo baja al 10%. Además, con el límite a 30 kilómetros por hora se reduce a la mitad la distancia que un vehículo necesita para detener su marcha, mientras que con un desplazamiento a 50 kilómetros por hora el espacio que se necesita para frenar completamente se duplica. Por otra parte, se observó que los modernos sistemas de seguridad activa de los vehículos para proteger a los peatones son más eficaces cuando se circula a 30 kilómetros por hora que cuando se transita a 50 kilómetros por hora. Según el estudio de la ONU, en zonas donde se redujo la velocidad máxima a 30 kilómetros se registró un 40% menos de siniestros viales.  

Claro que imponer este tipo de limitaciones en sociedades que son cada vez más adictas a la velocidad no resulta una tarea sencilla. Andar despacio en estos tiempos es casi un pecado. El periodista canadiense Carl Honoré sostiene que el mundo actual está obsesionado con la velocidad y que esa idea fija se expresa en el tránsito, en los locales de "comidas rápidas", las redes sociales y estilos de vida que se caracterizan por las conversaciones breves y la hiperactividad en distintas tareas. Autor de los libros "Elogio de la lentitud" y "La lentitud como método", Honoré promueve lo que define como filosofía slow y advierte que transformar las sociedades para avanzar hacia un modo de vida más pausado es una tarea que, justamente, no se puede hacer de la noche a la mañana.

De todos modos, según la asociación civil Luchemos por la Vida, en nuestro país son cada vez más las ciudades que reglamentan la reducción de la velocidad máxima para pasar de 40 a 30 kilómetros por hora en algunas zonas o calles urbanas. También, asegura esa organización, en algunos casos, de 60 a 50 kilómetros por hora en las avenidas, aunque admite que muchos conductores se quejan, piensan que son demasiado bajas. Sin embargo, la tendencia a reducir la mortalidad en el tránsito ya se observa en muchos países. Es que, según Luchemos por la Vida, el error humano es responsable de casi el 90 % de los siniestros viales. En efecto, la velocidad a la que se está circulando y se choca es determinante de las lesiones corporales que sufrirán los involucrados. En ese sentido, la organización señala que estudios internacionales han demostrado que una disminución de la velocidad de 40 a 30 kilómetros por hora reduce en dos tercios las muertes en el tránsito y que un peatón atropellado a 30 kilómetros por hora tiene un 90% de posibilidades de sobrevivir, pero esa chance se reduce a un 70%, si es impactado a 40 kilómetros por hora. Por otra parte, según estos mismos estudios, una de cada diez personas que son atropelladas morirán si la colisión se produce a 30 kilómetros por hora, mientras que tres de cada diez morirán si el choque es a 40 kilómetros por hora, y ocho de cada diez si el impacto sucede a 60 kilómetros por hora. A modo de conclusión, la entidad sostiene que cada día son más las ciudades que disminuyen la mortalidad vial y disfrutan de calles seguras en todo el mundo, con límites de velocidad bajos, acompañados con el diseño de infraestructuras y la aplicación efectiva de la ley, transformando los espacios públicos para beneficio de toda la comunidad y protegiendo a los más vulnerables en el tránsito, los peatones y los ciclistas, los niños, los adultos mayores y las personas con discapacidad.

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