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El mito del ajuste esquivado

El gobierno y sus voceros suelen afirmar que jamás permitirán que el reacomodamiento de la economía incluya medidas de ajuste. Es fácil decirlo cuando al trabajo sucio lo hace el proceso inflacionario que ellos mismos contribuyeron a incrementar.

El gobierno y sus principales referentes hablan recurrentemente de que sus políticas poseen un límite que nunca traspasarán porque -dicen- hay del otro lado un territorio que juran jamás pisar: el del ajuste. Según sus mensajes y declaraciones, se cortarían las manos antes que instrumentar un plan de restricciones que perjudicara a la población.

De esas emotivas afirmaciones se concluye que hasta ahora hemos sido beneficiarios de una titánica resistencia de nuestras autoridades, que con una gran entrega personal nos vienen poniendo a salvo de las adversidades. Como un padre que hace todo lo que está a su alcance para aislar a sus hijos de las contrariedades del día a día, ellos también nos ahorran tener que beber de las amargas copas de la crisis.

La realidad

En verdad, ese discurso no se puede mantener en pie cuando se coloca junto a la realidad. En el mejor de los casos, es desconocimiento de cómo se vive fuera de ese mundo encapsulado en el que están los conductores y sus entornos. La ciencia política dedica varios capítulos a ese  riesgo que se cierne sobre cualquier líder y que es la desconexión con lo que, genéricamente, podríamos llamar "la calle". Es un efecto secundario casi inevitable del ejercicio del poder. El jefe no la tiene fácil para bajar al llano y hablar con los demás. Casi inevitablemente depende para eso de sus colaboradores, pero lo más habitual es que éstos le aplaudan hasta los estornudos. ¿Cómo conectar entonces con lo que sucede abajo?

De hecho, son pocas las figuras de la política que una vez instaladas en un cargo público continúan siendo percibidas por la ciudadanía como pares, es decir como hombres y mujeres que disfrutan y padecen las mismas cosas, desde un sencillo paseo al aire libre hasta una recorrida por las góndolas de los supermercados en busca de los precios menos indigestos.

Convengamos que desde el vamos es difícil "seguir siendo el mismo" para quien, de repente, descubre que su lapicera quedó investida de poderes especiales. Por eso se admira tanto a los escasos personajes públicos que logran salirse de esa telaraña, como el ex presidente uruguayo José "Pepe" Mujica. No son personalidades que abunden.

Entonces, no hay que descartar que cuando desde el poder político se sostiene que hasta aquí el ajuste popular pudo ser evitado, de verdad lo crean. También podría estar sucediendo que cofundan al ambiente en el que se mueven con ese otro escenario, muchísimo más amplio, en el que se para el ciudadano común. Un lugar y otro no son lo mismo. Ultimamente ni siquiera se parecen. 

Malas nuevas

Hay que dar, entonces, la mala noticia: los argentinos nos venimos ajustando desde hace muchísimo tiempo. La curva descendente lleva por lo menos medio siglo, y en el camino hubo escasos períodos en los que el deterioro dio tregua. Tramos -hasta a veces florecientes- luego de los cuales hubo que volver al tobogán. Pegamos la curva durante tanto tiempo,tan paulatinamente, que no fuimos lo suficientemente conscientes de hacia dónde íbamos, hasta que en el paisaje aparecieron los primeros precipicios.

Los jóvenes y padres de familia de los años ’60 y ’70 tuvieron posibilidades abrumadoramente mayores que los de hoy para acceder a una vivienda propia, a un automóvil o al ahorro. Bastaba con que al menos alguno de los adultos del hogar tuviera un empleo. Hoy casi dos tercios de los asalariados privados del país ni siquiera pueden cubrir la canasta familiar básica. El solo desafío de construir un muro perimetral para sus viviendas -si las tuvieran- ya les resulta inalcanzable.

Al ajuste lo sufren millones de personas cada día. La clase media en particular viene resignando cada vez más cosas. Reformulan la alimentación familiar porque carnicerías y verdulerías se volvieron salas de tormento. Abandonan las primeras marcas para descender a segundas y terceras. Retiran a sus hijos de la educación privada si les habían elegido esa opción, para regresarlos a los establecimientos públicos, frente a la imposibilidad de continuar abonando las cuotas mensuales. Dejan a sus médicos de años porque no pueden pagarles los adicionales. Reducen los gastos en esparcimiento a la mínima expresión, o directamente los suprimen. Si en el hogar se consumen muchos medicamentos, los racionan. Eligen qué servicio público dejar de pagar hasta el incierto día en que la suerte cambie. Brindan cada 31de diciembre diciendo, esperanzados, que "el año que viene no puede ser peor", y el país les dedica un desmentida de doce meses.

En reversa

La Argentina tuvo en enero de este año el segundo peor salario mínimo de América Latina medido en dólares. Solo Venezuela está más postergada. El sitio Statista, especializado en el procesamiento de indicadores -principalmente económicos- de diferentes países relevó cuáles eran a comienzos de 2023 las remuneraciones básicas definidas en cada nación.

Ese mes en la Argentina el salario mínimo fue de 187 dólares (tomando como referencia la cotización blue), lo que la dejó penúltima en la tabla que integran otros dieciséis países. La lista está encabezada por Costa Rica y Uruguay, cuyos salarios mínimos triplican al nuestro. Chile, Ecuador, Guatemala y El Salvador lo duplican, y Paraguay lo supera ampliamente. Por encima de la línea de los 300 dólares están también Panamá, México, Honduras y Bolivia. 

Los datos son coherentes con el fenómeno que se vive actualmente en las zonas de frontera de nuestro país, invadidas de compradores vecinos (uruguayos, brasileños, paraguayos, chilenos) que se sorprenden con lo baratas que les resultan todas las compras, sobre todo de alimentos y combustibles. Lo mismo que sucedía antes pero con sentido inverso, en los tiempos en que la moneda argenta ganaba por goleada como visitante. Pero todo cambió: en mayo de 2022 los salarios argentinos registraban una caída del 86% en su valor en dólares con respecto a siete años antes, según un estudio de la consultora Focus Market.

Candidatos

En una economía despesificada como la argentina, es obvio que ese retroceso en los ingresos expresados en dólares no significaron otra cosa que un inmenso ajuste sobre los presupuestos familiares. Además, la inflación prácticamente hizo desaparecer al crédito -las tasas actuales son siderales y solo aptas para desesperados-, y entonces ni siquiera está la opción de atenuar el impacto de las nuevas condiciones con el "tarjeteo". Comprar zapatillas para los chicos ante el inicio del año escolar demanda en muchísimas familias una ingeniería financiera que en otra Argentina se montaba únicamente para la adquisición de un automóvil o de un terreno. Hoy el pago fragmentado se habilita hasta para abonar la factura del servicio eléctrico, algo que nuestros padres hubieran considerado impensable.

Pero más allá de las cifras y las estadísticas, el larguísimo ajuste nacional se hace muy visible en todas partes, y también en Resistencia. Se observa en la legión de personas que se reparten en los semáforos para limpiar parabrisas o hacer acrobacias a cambo de un billete; en el creciente número de adultos y chicos que revuelven tachos de basura; en la manera en que todos vamos desprendiéndonos de algo para llegar a fin de mes, como quien arroja cargas desde un avión en emergencia. El ajuste llegó para quedarse. Ya es un viejo conocido. Que no lo vivan quienes están arriba no lo torna inexistente.

Anoche se cerró la presentación de listas para precandiduras provinciales a cargos electivos, rumbo a las elecciones primarias de junio. Algunos nombres nuevos, otros muy repetidos y mucha gente que lleva demasiado tiempo viviendo en y del Estado. Ojalá tengan la consideración de, al menos, plantear ideas nuevas acerca de cómo torcer la historia y ojalá respeten el empobrecimiento general. Puede ser un buen punto de partida.

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