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Hay algo en lo que podríamos estar todos de acuerdo, y es en que la pobreza nunca es una fatalidad, una imposición abrupta del destino, sino una consecuencia de un proceso previo, habitualmente extenso. Salvo excepciones (por ejemplo, la hambruna europea instalada por la Segunda Guerra Mundial), el deterioro masivo de la calidad de vida es hijo de políticas aplicadas durante períodos para nada breves.
Quienes vivimos en la Argentina podemos dar testimonio de ello. Los índices oficiales sobre pobreza difundidos en la semana no provocan sorpresa porque venimos siendo testigos y víctimas de un desmoronamiento progresivo del cuadro social y a nadie salvo talibanes varios y profesionales de la defensa de lo indefendible- se le ocurre pensar que eso es el resultado de una maldición o de algún accidente histórico.

Por el contrario, los datos de pobreza expuestos por el Indec confirman que desde hace muchísimo tiempo el país viene adentrándose por un camino que cada vez da señales más claras de conducir a un abismo y por el que, sin embargo, continuamos avanzando.
Chapa y pintura
Si bien técnicamente la precisión es importante, los índices actualizados son un detalle menor. Celebrar o lamentar cada medio año una suba o baja de un par de puntos porcentuales es perderse en el zoom de la fotografía. La curva de la pobreza muestra variaciones más o menos significativas a lo largo del tiempo, pero si uno mira la película completa ve el argumento central: hemos naturalizado el retroceso. La esperanza ya no es estar bien, sino estar menos mal. Como en los barrios de Resistencia con calles de tierra, donde antes los vecinos reclamaban pavimento, luego se conformaron con pedir ripio y ahora ruegan que al menos pase el camión regador.
Como se ha dicho tantas veces desde este espacio, lo peor no es la realidad, sino lo que los responsables de confrontarla hacen con ella. Es posible que haya buenas intenciones, incluso el honesto deseo de resolver los problemas, pero la frase bíblica no falla: son los frutos los que dicen de qué naturaleza es el árbol.
Cuando les tocó hacer campañas, las principales fuerzas políticas (el peronismo, la UCR, el Pro) formularon diagnósticos acertados sobre los grandes problemas nacionales. ¿Pero qué sucede cuando llegan al poder, que son incapaces no ya de resolverlos, sino siquiera de continuar percibiéndolos?
La pobreza, la inflación, los dramas cotidianos, son subestimados, negados o la más de las veces- sometidos a un tratamiento de chapa y pintura que recurre a los emparches más insólitos. Se llegó a decir que la variación de precios es una especie de fenómeno psicológico elaborado por la población, y que la pobreza misma es una ilusión psicótica de los ciudadanos, ya que la verdad es que las imágenes de filas de turistas esperando en las puertas de los restoranes marplatenses, durante el verano, valen más que los relevamientos del Indec.
Horizontes
Pero sobre todo, la negación principal está en la ausencia de un plan de gobierno real, creíble, que brinde perspectivas de que el fracaso que ni siquiera es solo de este gobierno, sino una historia de más de cincuenta años empeñados en desalentar el trabajo y la producción- es asumido y da lugar a una rectificación auténtica, vasta y profunda del rumbo que nos trajo hasta aquí. Conviene volver a tener esto en claro: no es que se esté aplicando un mal plan; simplemente no hay plan. Vamos cruzando con piloto automático una de las peores tormentas de nuestra historia.
En una nación que era envidiada en toda América Latina por la solidez y volumen de su clase media, hoy hay 18 millones de pobres. Los especialistas en la cuestión social (como Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social, de la Universidad Católica Argentina) vienen advirtiendo que a diferencia de otros momentos críticos de la economía nacional, esta vez no se trata solamente en gran medida- de una pobreza por ingresos, circunstancial y eventualmente corregible, sino de una pobreza multidimensional, que se va tornando estructural y en consecuencia- crónica.
Es decir, ya no está en el horizonte próximo la esperanza de que un rebote de crecimiento a tasas importantes genere empleo y derrame como para sacar a buena parte de esos millones del pozo en el que cayeron. No todos tienen el capital educativo necesario para acceder a empleos bien remunerados. Entonces, para ellos la opción es la desocupación, las changas, el trabajo precarizado o la asistencia social. Y además, conseguir trabajo no significa escapar de la postergación: uno de cada tres trabajadores argentinos es pobre, aun cuando hablamos de empleo privado en blanco.
Futuros ya escritos
La consultora Moiguer, dedicada a relevar datos sobre consumo, dio a conocer en estos días un estudio que analiza la estratifición social actual en el país. Hay varias malas noticias. Por ejemplo, las encuestas de la firma muestran que el 70% de las personas de clase económicamente baja tiene mayor nivel educativo que el que tuvieron sus padres, y sin embargo eso no se traduce en un ascenso hacia la clase media. "El 91% de la clase baja es una clase baja crónica. Si tuviéramos 4 o 5 años de crecimiento al 5%, al 6% o al 9% (del PBI), nueve de cada diez habitantes de clase baja seguirán siendo clase baja. Antes la gente ascendía educándose, sin embargo hoy la clase baja tiene más educación que sus padres pero no está mejor", dijo Fernando Moiguer, CEO de la consultora, en un informe publicado por el periódico digital Infobae.
Esa cristalización de la condición social también se da de manera similar allá en lo alto, en la cúspide de la pirámide. "El 93% de la clase alta, no importa como le vaya, va a seguir siendo de clase alta en las próximas generaciones. Ya trae una dotación de bienes económicos, sociales y culturales que, en un país empobrecido, lo ubican directamente en clase alta al margen de sus cualidades, su talento o esfuerzo", explicó Moiguer.
¿Usted siente que la clase baja le es algo ajeno? Ojo, la segmentación en la que se basa el estudio considera para esa franja, la menos favorecida, un ingreso mensual promedio de 149.000 pesos por familia (con un techo de 280.000). De clase media son los hogares con ingresos promedio de 355.000 pesos mensuales, y en la clase alta esa variable asciende a 1,5 millones de pesos (ese segmento arranca con un piso de $855.000).
Saldos
En las últimas tres décadas la pobreza total no bajó del 25% (cuatro veces el promedio de los ’70) en la Argentina, y entre los pobres crónicos tres de cada cuatro personas tienen menos de 26 años de edad, mientras que seis de cada diez tienen 15 años o menos.
Por nuestros pagos, los números del Chaco volvieron a ser de los peores en los anuncios del Indec. En el Gran Resistencia viven unas 420.000 personas, y de ellas 227.000 son pobres. Representan un 54% de la población. Ninguna otra capital provincial está en una situación más negativa. Solo la localidad entrerriana de Concordia (55,2%). En el NEA, Corrientes (45,2) está casi nueve puntos abajo, Posadas (36,7) unos diecisiete y Formosa (34,4) diecinueve puntos porcentuales por debajo de nuestra marca. La indigencia bajó cinco puntos con respecto al segundo semestre de 2021 y quedó en 14,4%, valor que pese a la disminución también es el más desfavorable del país. Son 60.000 personas que no cubren su alimentación diaria necesaria.
Que todo esto suceda en un período en el que otras cifras oficiales hablan de crecimiento económico y de generación de empleo, y en un contexto de superpoblación de planes sociales destinados paradójicamente- a combatir la pobreza, confirma que las recetas aplicadas en todos estos años no atacan la enfermedad, sino que la agravan. Porque si este es el saldo de las políticas destinadas a alcanzar el progreso de la nación y la felicidad del pueblo, por favor a partir de mañana vuelquen sobre nosotros todos los manuales del atraso y el infortunio.










