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No me digas que fueron a volver

Autora: Indira Córdoba Alberca 
 Editorial: Biblos 

"La historia de nuestros países nos ha enseñado a convivir con las periódicas crisis económicas y políticas. Estas crisis producen exilio, y el exilio, literatura. Estos tres personajes, reflejos de la realidad, que buscan hacerse un destino en Quito dentro de una sociedad que no ayuda, podrían pasearse por Asunción, Bogotá, Santiago o Buenos Aires. El desarraigo vuelve desconocido el espacio, tanto para los que salieron como para los que no.  

No me digas que fueron a volver trabaja en los entresijos del exilio, la mirada está puesta en lo que este produce en las personas, en cómo esa situación impacta en este trío quiteño que, con oralidad juguetona, da voces a la historia. Los que no se fueron también sienten un vacío en esa ciudad en la que faltan muchos afectos. Con estos elementos Indira Córdoba Alberca logra contar una historia entrañable y conmovedora, construye una poderosa novela latinoamericana que es, también, un homenaje a la amistad y a esa Quito nocturna, la cuarta protagonista de la historia. Mientras lee, uno acompaña el destino de estos tres personajes obligados, por su contexto histórico, a madurar a patadas", Fabían Yauzás.  


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Indira Córdoba Alberca.

Indira Córdoba Alberca nació en Quito (Ecuador). Publicó los libros de cuentos Diosas en el fuego (2007), Ruleta rusa y otros giros de fortuna (2013) y Hecatombes (2020). No me digas que fueron a volver es su primera novela (2023).  

Después de catorce años de vivir en Argentina, en donde publicó sus últimas obras, recientemente volvió a radicarse en Quito. Imparte talleres literarios. Su trabajo fue reconocido con publicaciones, premios, antologías y menciones en Ecuador, Argentina, México, Estados Unidos, España, Colombia y Canadá.  

"Si tengo que contar la historia detrás de la historia, o parte de ella, la razón de ser de esta novela, debería remitirme al 2007 cuando publiqué mi primer libro, ‘Diosas en el fuego’, es de cuentos, uno de ellos lleva por título el verso de un bolero, ‘Tal vez sería mejor que no volvieras’. Esa fue la primera vez que me rebelé contra el dolor que provoca el exilio, lo que le hace a las personas, indistintamente si son los que quedan o los que se van. Ni el cuento fue suficiente para matar esos monstruos ni yo estaba preparada para enfrentarlos como correspondía.  
Creo que no me faltaron herramientas para hacer esta ficción. La historia comienza a contarse sola, porque de algún modo la tenemos adentro. Hemingway decía que uno escribe sobre lo que conoce. Conozco la historia de mi país y sus recovecos, cómo hieren los que se van de su patria y del mundo físico, así como la xenofobia y la amistad que es fortuna. Voluntario, o no, primero como Penélope y luego como el mismo Ulises, conocí desde adentro el desarraigo, que de alguna manera tuvo que salir, y sé, que el vacío que deja el que se va no se llena ni cuando vuelve, los que se van y los que quedan son botes que se cruzan en la noche. En la novela está el miedo a las despedidas y a la muerte, el amor y la amistad resquebrajados por la migración".

Fragmento

Me valía un carajo todo, las consecuencias, el pasado, el futuro, si podía beber la boca de Aleja a tragos largos. Esa boca que entraba en justa medida dentro de la mía. Cuando la miré, entendí que por mujeres como ella inventaron los árabes el burka. Una mañana me desperté y ya la amaba. No la busqué ni la esperaba. Un día estaba chiro, desesperado, deprimido y, al otro día, ya me creía Superman. Capaz de hacer cualquier cosa por halagarla, por compartir con ella, por mostrarme ante la Aleja en alma y cueros. Ella, una guapa con todo en la cabeza.  

     El país se caía a pedazos; en casa no había ni para comer y nosotros en la playa, viviendo nuestro amor en una carpa, nuestro almuerzo con sabor a desayuno. Antes de ella yo no entendía de qué se trataba la felicidad, solo sobrevivía. ¿Y después de enjuagarnos la arena y curarnos las quemaduras del sol con leche de magnesia, qué…? Volver a Quito, a nuestro amor con poncho, solo con la plata del bus para ir hasta la casa. Por pura formalidad, y por no dejarse perder el respeto, la doña Leo preguntó qué tal pasamos y quién nomás fue. "¿Vinieron en bus desde el terminal?", con desconfianza me barrió con la mirada y yo le daba la razón si pensaba en qué falló para que su guagüita se fijara en un lépero como yo. "Pudieron haber llamado y les íbamos a traer del terminal con el Antonio", dijo suspirando. Rápido me despedí: "Te amo", le repetí a la Aleja en el oído y me fui a pata, sintiendo que, poco a poco, me picaba la realidad como la sarna al perro.  

     Ya lo había pensado, ya se lo había dicho, ella que como los niños se tomaba los juegos en serio ya me había respondido: "Me voy contigo". Antes no tenía nada que perder. Ahora no quería perderla a ella. "Egoísta", sin pensarlo dije. "Sí, te llevo y empezamos juntos por allá." Volver o no, eso ni lo planteamos, aunque hayamos dicho a nuestras familias que solo nos íbamos a volver. Estaba seguro que donde sea podía trabajar. Harto de las deudas, de las vergüenzas, de la compasión, de las mentiras, quería dejar botando todo en Quito. Vendí mis libros, mis cachivaches, hasta mi ropa. Solo conservé unos cuantos trapos, mi cajita de herramientas para restaurar y el portafolio de mis trabajos.  

     Mi pobre vieja de pronto fue un solo llanto de cien años que me despedía desconcertada en el aeropuerto sin saber de dónde y por qué venía tanto dolor. Puta, cómo me cabreé cuando me dio una parada nueva, diciendo que me la había comprado "para que viaje alhajito en el avión". "De gana gastando plata, Ma". "Calle, calle mijito, deje de hacerse el bravo, ¿no ve lo que es?" Puta, qué ganas de quedarme y abrazarla. "Viejita linda, no me llores." El último locrito de papas, el rosario que me metió en el bolsillo del pantalón, cuando me abrazó en el aeropuerto, su mirada de dolor y resentimiento hacia la vida, me pegaron en el centro del pecho. Yo culpable de hartarme, de huir, de amar, de agarrarle la mano a la Aleja al cruzar la puerta de embarque, de apretársela hasta hacerle daño, hasta que me soltó para ponerse el cinturón y me ayudó a poner el mío.  

     Cuando vi sus ojos perdidos en la ventanilla del avión, supe que ella era lo único que yo tenía y que no sabía a dónde íbamos. No sé, no quiero, no puedo explicar de dónde saqué determinación para buscar trabajo y casa, para hacerme el fuerte… Para llamar al Ecuador y decir que estaba bien. Quería que valieran la pena las lágrimas de mami, no la abandoné, quise liberarla.  

     Yo sería cualquier cosa menos un inútil: mandadero, lava carros, repositor de supermercado, taxista y albañil. Podía ser eso y más también pero no mi Aleja, yo no la había llevado para sufrir. ¡Tan orgullosa, tan inteligente y tan chiquita! Los lagrimones le caían por las mejillas: "No sirvo para nada, soy una torpe", me decía. ¡Qué hecho masa verla sonreír con el primer sueldo! Contándome lo buenas gentes que son sus patrones, los hijos del viejito que cuidaba. Ella era la patrona, dueña y señora de mi vida; ella nació para cambiar el mundo, no para cambiar pañales ni vómitos ajenos. Tremendo partidazo, "un chico de buena familia", que le dicen, hubiera encontrado en Quito si se quedaba. Para darle la vida que Aleja merecía, yo no escuchaba a nadie, ni a ella que me necesitaba, solo trabajaba y seguía. Ella, incapaz de quejarse, de exigir o de soltar.  

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