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Pobreza y desigualdad

Pobreza no es lo mismo que desigualdad. Pero, en el seno de una sociedad, un fenómeno y otro están estrechamente ligados y por eso no se equivocan quienes afirman que, en realidad, se trata de dos caras de la misma moneda.
Según los últimos datos difundidos por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, en el segundo semestre del año pasado el índice de pobreza alcanzó al 39,2 por ciento de la población económicamente activa del país. Esto significa que poco más de 18 millones de argentinos están por debajo de la línea de la pobreza, mientras que 3,7 millones son indigentes.

A nivel local, la situación no es menos preocupante, casi el 54% de la población que vive en el Gran Resistencia es pobre. Un dato que llama la atención es que estos indicadores de pobreza, que corresponden a 2022, se registraron en un año en el que creció el Producto Bruto Interno de la Argentina, lo que confirma que el crecimiento es una condición necesaria pero no suficiente para erradicar un problema que en cuatro décadas de gobiernos elegidos por la voluntad popular no se ha logrado resolver.

La dictadura, es cierto, fue un proceso que contribuyó en gran medida a aumentar la pobreza en todo el país: en marzo de 1976, cuando se produjo el golpe de Estado, sólo el 5 % de la población era pobre. Cuando concluyó, en 1983, el programa económico de la más pura ortodoxia que aplicaron las sucesivas Juntas militares incrementó ese índice al 25%, complementado con una regresiva distribución del ingreso.

Pero después, en 40 años de vida en democracia nunca se logró perforar ese piso de pobreza y la desigualdad fue ganando terreno en una sociedad que había alcanzado cierta homogeneidad. Ya lo hemos señalado en otras oportunidades, cada vez que se abordó es esta columna un problema tan complejo como es el de la pobreza: la Argentina actual, lamentablemente, se asemeja cada vez más a las sociedades de hace más de dos siglos cuando la riqueza y la posición social heredadas predominaban por encima de las oportunidades universales, como plantea el economista francés Thomas Piketty en su libro "El capital en el siglo XXI".

Su colega, el serbio Branco Milanovic, también aporta una mirada de las sociedades actuales que se caracterizan por poseer altos niveles de desigualdad cuando plantea que la concentración del ingreso refuerza el poder político de los que más tienen y eso hace que los cambios a favor de los sectores más postergados en política tributaria, en el financiamiento de la educación pública y en el gasto en infraestructura sea mucho menos probable. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) buena parte del mundo desarrollado se ha consagrado la desigualdad.

Y Argentina, en tanto país emergente, parece avanzar en el mismo sentido. En 2018 el organismo internacional publicó un informe titulado "¿Un ascensor social descompuesto? Cómo promover la movilidad social", que analizó la realidad social de 36 países, entre ellos el nuestro, para estudiar distintas variables relacionadas con los ingresos, la posibilidad de acceso a una vivienda digna y a servicios de salud, entre otros factores considerados indispensables para garantizar cierto grado de movilidad social ascendente.

El estudio concluyó que en la mayoría de las naciones observadas la movilidad social entre generaciones prácticamente no existe desde la década del 90. Del informe se desprende que la movilidad social de padres a hijos es baja en las diferentes dimensiones de ingresos, educación, ocupación y salud, y lo mismo pasa en lo relacionado a la movilidad de los ingresos personales en el transcurso de la vida. En particular, advierte ese trabajo de investigación, hay una preocupante falta de movilidad en la parte inferior de los estratos sociales, mientras que en la parte superior de la escala social uno de los datos sobresalientes es la acumulación de oportunidades.

¿Podremos, como sociedad, revertir alguna vez este serio problema?

Por estas horas, cuando casi todos en el país están hablando de los preocupantes indicadores de pobreza, no vendría mal recordar una vieja y sabia recomendación de Jean Jacques Rousseau: la igualdad debe consistir en que ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro y que ninguno sea tan pobre como para tener la necesidad de venderse.

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