La felicidad y la metafísica
"Muchas veces en la vida emprendí el estudio de la metafísica, pero siempre me interrumpió la felicidad"- Por Diego Marín*

Hace un tiempo, leyendo "Otras inquisiciones", descubrí que Borges, en su ensayo "Sobre The Purple Land", resaltaba el valor de esta frase, pronunciada por Guillermo Enrique Hudson, y antes por Boswell, calificándola como la más memorable que el trato de las letras le había deparado.
Según se desprende de ella, para Hudson, la metafísica estaba asociada a la infelicidad y, por eso, solo podía abordarla cuando ese sentimiento imperaba en su ánimo.
Entendí que se trataba de una ironía, pero no me pareció una insensatez. Me pregunté si eran incompatibles la felicidad, el optimismo, un estado de ánimo positivo, con el estudio o la lectura informativa y comprensiva, a grandes rasgos, de la metafísica. O sea, si los buenos tiempos alejaban de la necesidad o del interés el conocer acerca de las causas y orígenes del ser, más allá de lo físico. En definitiva, si estaba unida indefectiblemente con la desdicha.
Recordé haberme hecho un planteo semejante en algunas ocasiones, y también que me habían señalado subliminalmente que mis escritos debían versar sobre temas más venturosos -sin saber si poseo aptitudes para ello-, si tenía pretensiones de atraer lectores, ya que la alegría o el romance contaban con mayor número de adeptos. Debía dejar de lado las cuestiones que solo captaban a unos pocos aficionados a la filosofía, o más bien, a la metafísica, dando por sentado que carecía de interés para la mayoría, por concebirla deprimente o juzgar inoperante la búsqueda de respuestas a problemas que adolecen de fin práctico.
Como siempre, me vi impedido, por mi propia ineptitud, de obtener una conclusión rápida y, sobre todo, convincente; y continué con la lectura del ensayo. Luego, todo resultó más fácil, con la insinuación del propio Borges. Más adelante, él consigna que no piensa en el debate caótico entre pesimistas y optimistas ni en la "felicidad doctrinaria" que inexorablemente se impuso el patético (sic) Whitman, sino en el temple venturoso de Richard Lamb (personaje central de la novela y alter ego de Hudson) y en su hospitalidad para recibir todas las vicisitudes del ser, sean amigas o aciagas.
Ha transcurrido ya un tiempo considerable desde aquel momento y tampoco hoy puedo contradecir a Hudson y, menos aún, a Borges. Pero, conjeturo que, tal vez, Hudson quiso decir que fue interrumpido reiteradamente por la alegría, no por la felicidad; porque es ella la que produce arrebato del ánimo cuando un acontecimiento jubiloso nos sucede y es la que puede transitoriamente impedir o dificultar la actividad intelectual.
Con la felicidad, eso no ocurre. Supo decir el propio Borges, en un reportaje publicado por un diario marplatense, que no era necesario buscar la desdicha, porque ella lo encontraba a uno, pero sí lograr la serenidad, que quizás era aún más importante que la felicidad. Ello le resultó imposible en su juventud, porque no conocía sus límites y creía que podía elegir su destino; pero que fue éste, finalmente, quien lo escogió como hombre de letras. Es decir, le marcó el rumbo.
Todos sabemos, empíricamente, y por el repiqueteo psicológico que nos informa de manera pertinaz, aún de manera involuntaria, que no se puede estar alegre todo el tiempo. Pero sí es posible llevar una vida feliz, al menos en algún grado, en forma más o menos prolongada, dado que la felicidad tiene que ver con alcanzar cierto grado de paz, o la serenidad borgeana, y tener un rumbo que le dé un sentido a la vida.
Por eso, ahora me parece creer que, tal vez, estar en el camino correcto sea lo que produce felicidad, ya que permanece, incluso, cuando nos acosan las adversidades, puesto que no se trata de un efímero sentimiento circunstancial, a diferencia de la alegría, sino de un estado, que, como tal, debe ser previamente proyectado y edificado, aunque la última palabra provenga de otro lado.
Por lo tanto, no podría la felicidad erigirse en un impedimento para el conocimiento metafísico, que justamente produce sensación de bienestar espiritual, al poder comprenderse, aunque más no sea en una ración exigua, cuestiones esenciales del ser. Además posibilita una actitud reflexiva, provechosa para la gestión vital en temporadas de oscuridad o desánimo.
Calculo que la admiración de Borges por el temple venturoso de Richard Lamb, con el que asumía las alternativas que se suscitaban en su vida, se orientaba más a la manera de aceptar y enfrentar los sucesos adversos, porque las vicisitudes amigas o las contribuciones favorables que provienen del inescrutable azar, son aceptadas por todos sin ningún reparo.
No obstante, en cuanto a estas últimas, deviene pertinente no dejar de considerar, particularmente cuando nos referimos a los demás, para evitar cualquier tipo de confusión o asignación incorrecta del origen de la bienaventuranza, la construcción que postula metafóricamente otra frase memorable, esta vez del campeón de golf Gary Player, a quien gustaba repetir: "Cuando más entreno, más suerte tengo".
*Abogado. Autor de la novela judicial "El Jurado Siete (7)".










