Hechizo (Serie Crave 5)
Autora: Tracy Wolff Editorial: Planeta Temática: Novela contemporánea Juvenil: A partir de 14 años
LO SIENTO BAJO LA PIEL…
Después de Katmere, no debería sorprenderme nada. Aquí estoy, atrapada con el peor de los seres sobrenaturales, aquel al que temen incluso los demás monstruos: Hudson Vega. Puede que sea el hermano de Jaxon y puede que sea increíblemente atractivo, pero es una auténtica pesadilla para mí.

ME ESTÁ ROBANDO EL CORAZÓN…
Es una verdad universalmente conocida, al menos según Grace, que todo es culpa mía. Pero tengo la pequeña sospecha de que Grace no es tan humana como cree y de que es ella la que nos ha encerrado aquí. Ahora tenemos que trabajar juntos, no solo para sobrevivir, sino para salvar a todos aquellos a los que consideramos nuestra familia.
Tracy Wolff es una apasionada de los vampiros, los dragones y todo aquello que despierte de noche. Ha sido maestra de Inglés y ahora se dedica a tiempo completo a escribir novelas oscuras y románticas con héroes torturados y heroínas fuertes y potentes. Es autora de más de 60 novelas. Vive en Austin, Texas (Estados Unidos), con su familia.

Fragmento
1 GRACE CASI DESTRIPADA (GRACE)
Tengo una sensación rara en la cabeza.
Bueno, en realidad tengo una sensación rara por todo el cuerpo y ni idea de qué está pasando.
Hago memoria sobre lo que ha ocurrido en los últimos minutos mientras intento averiguar por qué me siento tan vacía y perdida, pero lo único que veo es el rostro de Jaxon. Me mira con una sonrisa en los labios cuando caminamos por el pasillo, estamos hablando de un chiste y...
Así, de pronto, los recuerdos me arrollan. Un grito me atraviesa el cuerpo y me aparto del sable de Hudson por mero instinto. Pero, en el momento en que me arqueo hacia atrás, me doy cuenta de que aquí no hay ningún sable.
Tampoco está Hudson.
Ni Jaxon.
No estoy en el pasillo... Ni en el instituto Katmere. En lugar de allí me encuentro en medio de un vacío enorme y oscuro que provoca que el pánico se apodere de mí mientras me esfuerzo por descifrar qué está pasando.
¿Dónde estoy?
¿Dónde está todo el mundo?
¿Qué es esta extraña ingravidez que siento por todo el cuerpo?
¿Es posible que el hermano de Jaxon me haya matado con el sable?
¿Acaso estoy muerta?
Este último pensamiento se cuela en un rincón de mi mente y me roba el aliento.
El pánico que sentía se intensifica y se convierte en auténtico terror mientras fuerzo la vista para intentar ver más allá del profundo vacío oscuro que me rodea. Me paso las manos por el cuerpo con frenesí en busca de la herida letal que ha acabado conmigo. Para confirmar (o refutar, por Dios) la idea de que me estoy muriendo o de que ya estoy muerta.
"Madre mía, no quiero estar muerta. —Este pensamiento me atraviesa con fuerza—. Por favor, que no esté muerta..., o peor, que no sea un fantasma".
Vale, salir con un vampiro tiene lo suyo, es verdad, pero porfa, porfa, por favor, que no sea un fantasma ahora. No es que me apasione la idea de pasar a la eternidad como la Grace Casi Destripada rondando por los pasillos del instituto Katmere sin poder evitarlo.
Pero, cuando acabo de revisarme el cuerpo entero, veo que no hay herida.
Ni sangre.
Ni siquiera me duele nada. Solo siento este extraño entumecimiento que se niega a desvanecerse y que me enfría más con cada segundo que pasa.
Pruebo a pestañear rápido un par de veces para despejar un poco la vista y, como no funciona, me froto los ojos y me obligo a mirar otra vez a mi alrededor mientras hago caso omiso del sudor que me empapa las palmas y del temblor de las manos.
Pero todo sigue igual. La oscuridad todavía me envuelve por todos lados... Y no es una oscuridad cualquiera. Es de esa clase de oscuridad que solo se aprecia cuando no hay luna, tampoco estrellas. Solo un cielo tan negro y vacío como el terror que crece dentro de mí.
—¿De verdad? ¿Eso crees? "¿Tan negro y vacío como el terror que crece dentro de mí?" —me pregunta una voz con un acento británico muy logrado que sale desde lo más profundo de mi mente—. ¿No te parece que lo que dices suena demasiado melodramático?
Estas últimas semanas me he acostumbrado a escuchar una voz en mi cabeza que me decía qué debía hacer para sobrevivir, pero esta no se le parece en nada.
Por cómo habla, este tío parece que quiere hacerme daño, no ayudarme.
—¿Quién eres? —pregunto.
—¿En serio? ¿Esa es tu gran pregunta? — Bosteza—. Queeé original.
—Vale, pues cuéntame qué está pasando entonces —le exijo con un tono de voz más agudo, que destila más miedo del que me gustaría. Pero, bueno, no por nada se dice lo de "fiel a la realidad". Aun así, carraspeo y vuelvo a intentarlo—: ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí?
—Teniendo en cuenta que has sido tú la que me ha arrastrado a este viaje, estoy casi seguro de que soy yo quien debería hacerte las preguntas a ti, princesa.
—¿Que yo te he arrastrado a ti? —Se me quiebra la voz—.
Soy yo la que está atrapada aquí sin tener ni idea de dónde está ese "aquí", ¿cómo voy a saber con quién estoy encerrada? Claro que tengo preguntas, y más teniendo en cuenta que está tan oscuro que no veo nada.
El tío emite un ruidito que tendría que sonarme comprensivo, aunque dista mucho de serlo.
—Ya, bueno, pues gran parte de ese problema creo que tiene solución...
Siento cómo la esperanza se me remueve en el estómago.
—¿Y cuál es?
—Encender la maldita luz, evidentemente —contesta él soltando un suspiro de resignación.
En el vacío retumba el rápido y claro clic que suena cuando se toca un interruptor. Y, medio segundo después, la luz inunda todo lo que me rodea.
2 DESPACIO, DESPACIO, DAME MI ESPACIO (GRACE)
El dolor me ciega los ojos y me paso unos segundos interminables parpadeando como un topo que acaba de emerger de la tierra. Cuando por fin consigo enfocar la vista me doy cuenta de que estoy en una habitación. Un loft enorme, por lo menos del tamaño de medio campo de fútbol americano, con estanterías que van del suelo al techo y que ocupan toda la pared que tengo delante.
La balda superior está repleta de velas de todos los tamaños y formas imaginables y, por un instante, me consume una nueva preocupación. Sin embargo, un vistazo rápido a la estancia me confirma que no hay ni rastro de altares. Ni de vasijas llenas de sangre. Ni ningún libro de conjuros escalofriante que tenga como cometido acelerar mi llegada al más allá.
Cosa que me tomo como una buenísima señal. Al fin y al cabo, la cantidad de veces que una puede soportar convertirse en el sacrificio humano del día es limitada. Y estoy bastante segura de que yo ya he llegado a mi límite... de lejos.
Otra mirada rápida a la habitación me revela que no tiene nada de espantosa. De hecho, todo el espacio parece sacado de algún catálogo de tienda de muebles de lujo.
Las tres paredes principales no están cubiertas por estanterías y se han pintado de un tono blanco nacarado, con lámparas y candelabros que bañan la sala entera con una tenue luz cálida.
Mi mirada va de un lado a otro, y percibo una mezcla preciosa de muebles de estilo moderno y rústico en tonos blancos, madera clara y negros que forman ocho secciones bien diferenciadas gracias al uso estratégico de alfombras.
Hay una zona llena de discos amontonados en dos gigantescas estanterías de metal negras y una cómoda con productos audiovisuales impresionante. Más allá hay un espacio dedicado al ejercicio, una zona para practicar la puntería y una sección de videojuegos dominada por un televisor de pantalla plana enorme y un sofá que parece comodísimo, con mandos de consolas desperdigados entre los cojines de color crudo. Hay una sección para el dormitorio con una gran cama blanca, una biblioteca con filas y filas de libros que llegan a rebosar tantos estantes que no puedo ni contarlos, un rinconcito de lectura con una pared de acento negra, una cocina y lo que debe de ser el baño al fondo.
La sensación que produce es de calma. Como si estuviera en casa.
Bueno, eso si no tengo en cuenta la voz incorpórea que no deja de hablarme en la cabeza. Una voz que, sin duda alguna, no nos pertenece ni a mí ni a mi conciencia.
—¿Te gusta la pared de acento? Es de color negro Armani —me informa la voz masculina, y rechino los dientes para evitar decirle por dónde puede meterse su "negro Armani", por no hablar de la condescendencia que rezuma de cada una de sus sílabas con ese acento británico tan pijo. Pero provocar a quienquiera que sea este chico no me parece la mejor opción ahora mismo, sobre todo porque todavía estoy desorientada.
En vez de eso, una vez más me inclino por intentar conseguir respuestas.
—¿Por qué me estás haciendo esto? Suspira con fuerza.
—Otra vez lo mismo. Deja de robarme las frases.
Estoy tan cagada que tardo un rato en digerir sus palabras.
Cuando lo hago, no puedo evitar lanzar un grito y abrir mucho los brazos.
—Que ya te he dicho que no es cosa mía. Ni siquiera sé qué es todo esto.
—Ya, claro, pues siento contradecir tus putos delirios, pero tiene que ser cosa tuya. Porque los vampiros están capacitados para hacer muchas cosas, pero, joder, estoy segurísimo de que esto, precisamente, no.
Su pronunciación es muy distinta a la mía, su acento se intensifica con cada palabra y yo siento el absurdo impulso de echarme a reír.
—Ya, pues yo tampoco puedo. De hecho...
—Me interrumpo cuando asimilo el resto de sus palabras—. ¿Eres un vampiro?
—Bueno, lo que no soy es un puto metamorfo. Y como no escupo fuego ni me he sacado una varita del culo... Pues a ver si lo adivinas.
—No te veo, así que no sé qué te has sacado del culo ni de ninguna otra parte —espeto—. A ver, ¿dónde narices estás? Y lo más importante, ¿quién eres?
No contesta. ¡Menuda sorpresa! Pero antes de que pueda pronunciar otra palabra, oigo un ruido a mis espaldas, como el susurro de una tela cara rozándose contra sí misma.
Me doy la vuelta con el puño en alto y el corazón a punto de salírseme del pecho para toparme con un chico altísimo e increíblemente atractivo con un moderno tupé y excelente gusto para la ropa, si es que la camisa de seda negra y los pantalones de vestir del mismo color indican algo. Apoya un hombro contra una de las estanterías mientras me contempla con los ojos de un color azul gélido entrecerrados y las manos metidas en los bolsillos.










