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El almacén

Nací en la tercera ciudad más poblada de este austral país, 69 años después de que aparecieran los primeros supermercados en el planeta tierra.

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Claudio, dueño de "La Estrella Española", el almacén que abrió su abuelo hace 65 años. (Foto: Axel Lloret - Unidiversidad.com.ar)

Crecí yendo al súper a comprar un shampoo más barato pero trayendo además 4 alfajores Tatín y unos Beldent porque estaban de oferta en la caja. Ahora, cuando viajo a un país extranjero, tengo la costumbre de ir a los supermercados. Es un paseo que me encanta, sobre todo si no conozco el idioma del lugar y tengo que adivinar los productos sólo por el envoltorio.

Durante mi infancia, recuerdo tres supermercados grandes en la ciudad donde vivía. A ellos íbamos una vez al mes a hacer las compras. Era un paseo familiar. Luego, en el día a día, íbamos al almacén de Mabel, que quedaba en la esquina de casa. El almacén era también atendido por su marido y eventualmente por sus hijos, que tendrían 4 o 5 años más que yo. Yo prefería que me atendiera Mabel, ya que siempre me regalaba un puñado de mis caramelos favoritos, los Media Hora. Allí comprábamos las galletitas que venían en cajas grandes y se fraccionaban en bolsitas según lo que vos quisieras, porque por supuesto que comprar así era mucho más barato que comprar las que venían en paquetes individuales.

Pero como el negocio de los supermercados consiste en mayor volumen de ventas a menor precio, en las despensas los precios terminaron siendo mucho más elevados que en los supermercados. Esto fagocitó a los almacenes de barrio, donde se empezaron a comprar puchos, chocolates, aspirinas y algunas cosas para salir del paso, priorizando así precio y variedad por sobre comodidad y tiempo. Los supermercados, además de ofrecer mejores precios, fueron acrecentando su diversa cantidad de bienes de consumo en sus diferentes tipos y marcas de forma exacerbada. Entrar en un supermercado es un verdadero shock de estímulos al cerebro. Los productos están clasificados en sus góndolas contingentemente para que el consumidor fuera guiado al lugar que quieren las empresas que más pagan. Millones de ofertas y millones de productos hacen de los supermercados grandes centros comerciales en donde los neuróticos pueden hacer un brutal despliegue de sus síntomas sin sentirse intimidados. Los obsesivos pueden pasarse más de un cuarto de hora en la sección de limpieza dudando acerca de qué lustramuebles comprar, diez minutos eligiendo el papel higiénico más barato y media hora en la cola esperando para pagar. Suele ocurrir que justo en ese momento recuerden que omitieron comprar un producto y salgan corriendo a buscarlo, ganándose el odio de los otros clientes que esperan detrás.

Las histéricas, por su parte, prefieren los pasillos de cuidado personal, donde están las cremas, jabones y tampones. También se las puede encontrar oliendo las fragancias de limpiadores para pisos, eligiendo entre bosque de bambú o caricia de algodón. Es habitual que llegado el momento final se quejen por la cantidad de gente que hay en la fila. Pero este tiempo de espera es esencial, ya que les permite repasar y abandonar algún que otro producto en la caja porque se dan cuenta sencillamente de que en realidad no lo querían. Las bulímicas llenan su carro de galletitas, snacks y golosinas que se comerán al cabo de unas horas para luego vomitar. Los alcohólicos son los más decididos y por tanto los más rápidos. Saben lo que quieren. Van directo a la parte de los vinos y orquestan su recorrido hasta la caja con el sonido del vidrio golpeando sobre el metal del carrito.

En cuanto a los cajeros, son seres poco charlatanes, se dedican a pasar los productos automáticamente sin mirarlos y sin mirarte, y sólo les ponen los ojos encima cuando la maquina no toma el código. Entonces llaman a una supervisora, quien con una birome en la mano, una billetera, y unos papelitos, pone un código manual en la máquina registradora y se va.

Generalmente uno no hace sociales en el súper, goza solo, directamente, mano a mano con los productos. De hecho ya existen muchos supermercados en donde es el mismo cliente el que oficia de cajero.

Hasta aquí todo parecería indicar que los supermercados son los establecimientos comerciales más concurridos por las personas y sin dudas la evolución del almacén. Pero, entrada la década del ´90, llegó al país una nueva inmigración asiática proveniente de China que se va a dedicar exclusivamente al rubro (los coreanos ya habían copado el rubro textil y los japoneses se habían ocupado de las tintorerías), generando un competencia directa con los grandes supermercados. 

Los chinos que atienden en el súper se particularizan por hablar poco o nada de español. Esta dificultad en la comunicación no les genera inconvenientes, ya que son sumamente ágiles con los números, pero posiblemente facilite la proliferación de los mitos existentes en torno a ellos. Existen muchos. Se dice, por ejemplo, que estos inmigrantes del lejano oriente han llegado a la Argentina porque el gobierno chino les pagó para que abandonen su patria, ya que parece que allí son demasiados y no caben. Casi siempre son asociados en el imaginario social a la mafia y a la acción de cambiar las fechas de vencimiento de sus productos para estafarnos. Además, también se dice que por la noche desenchufan las heladeras para economizar energía, cortando la cadena de frío de los productos. Lo cierto es que estos súper chinos se adaptan muy bien al consumo actual. Siempre hay uno cerca y son el tamaño ideal para la compra de los solteros y los separados.

Hace ya algunos años que he dejado la ciudad. En el pueblo donde vivo ahora, uno de los lugares de mayor importancia sigue siendo el almacén o la despensa. Principalmente porque acá no hay más que tres supermercados, y además no existen ni los minimarkets ni los drugstore (Drugstore en inglés significa farmacia o droguería, pero en la Argentina se les llamó así en los ´90s a maxikioscos que abren 24 hs). 

Las despensas son aquí espacios muy importantes. Concurren todos: los que tienen más y los que tienen menos, a comprar criollos, puchos, fideos, sal, fiambres, curitas, etc. Van grandes, chicos, turistas y hasta perros. El almacenero no es un simple vendedor. Puede ser empleado o dueño, pero no es un mero comerciante. También cumple un rol social. Ya sean buena onda o mala onda, los almaceneros, tarde o temprano, conocen algún punto de la intimidad de sus clientes, o porque estos van a contárselas, o solo por prestar atención en lo que consumen a diario. 

El almacén es también un espacio donde se producen y reproducen de manera inmediata lo que podrían ser charlas de diván, pronósticos del tiempo y rupturas amorosas. Máquinas de crear rumores y de trasmitir información. Lugar donde se conoce, se mide y se expresa la realidad económica del país y donde todo niño se sintió por primera vez grande cuando lo mandaron solo a comprar manteca, pan y queso, y volvió a su casa con la inversión del vuelto hecha caramelos.

*Publicado en Medium.com

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