Un intruso en el CIEP
Policías militares deambulaban por las aulas con fusiles en mano.

Los tiros anticiparon los gallos para anunciar el día en el Morro da Mangabeira. Policías y narcotraficantes en guerra. Descargas interminables de rifles hicieron eco de advertencias de muerte a través de los callejones. Instalada al pie del cerro, había una escuela, un Ciep. El grandioso edificio rectangular de hormigón era una especie de lindero que demarcaba los límites de la favela y el asfalto. Los residentes estaban orgullosos de presumir, en pleno suburbio de Río de Janeiro, entre ranchos y casas de mampostería, ese edificio –arquitectura de Niemeyer, rayado con graffiti.
Muchos niños que ya estaban en la escuela cuando comenzó la confusión tuvieron que permanecer allí durante toda la mañana de la batalla. Rosana, la directora, recorrió los pasillos dando instrucciones para la seguridad de los alumnos. Los protocolos se ejecutaban con la eficiencia de quien lo había hecho antes. Los niños, acostumbrados a esa realidad tan común en Mangabeira, se sentían más seguros allí que en la favela. El Ciep parecía un fuerte, custodiado por un gran muro a los lados y al frente, con la parte trasera rodeada por un alto barranco, en cuya cima se albergaban algunas casas.
A medida que pasaban las primeras horas, los sonidos de los disparos cesaron. Pero los nervios aún afloraban en la sala de la directora. Rosana respondió llamadas de madres asustadas y trató de calmarlas, colgó y comenzó a discutir estrategias para la salida de los niños con los coordinadores, hasta que otra madre volvió a llamar. Supo, en una de las llamadas, que el operativo policial lo comandaba el coronel Marehz. Su tropa rara vez tomaba prisioneros; pasaba, y los cuerpos quedaban atrás. Con esos hombres en la calle, los estudiantes solo saldrían de la escuela cuando la directora estuviera absolutamente segura de que la acción policial había terminado.
En un momento, Marina, la señora de la limpieza, entró sin aliento en la sala de estar, interrumpiendo la reunión. Tuvo que sentarse para recuperar la compostura.
–¡Habla, mujer! Parece que viste un fantasma -le gritó Rosana.
–Ojalá lo fuera, jefa. Es un niño.
Marina explicó que mientras fumaba sola en la parte trasera del Ciep, vio una figura que huía por la ladera del barranco. Tropezó y cayó, rodando en el lodo hasta que aterrizó en los terrenos de la escuela, desconcertado. Reconoció al flaco en shorts, sin camisa y con un transmisor de radio en la cintura. Era Jessé, un estudiante de octavo grado, que comenzó a dejar de asistir a clases hasta que definitivamente cambió la escuela por la esquina.

El niño ni siquiera se dio cuenta de la presencia de la empleada. Se levantó y corrió, rengueando y magullado, y salió disparado hacia el vestuario del gimnasio. Entonces, Marina pudo ver a los policías en lo alto del barranco, olfateando a Jessé, pero sin valor para bajar.
Rosana escuchó la historia con una expresión ilegible. Sus ojos rasgados se entrecerraban aún más por encima de sus gafas redondas con montura azul turquesa. A la moda de los jóvenes, la mujer de 50 años vestía jeans y una campera tipo buzo. Se sentía más cómoda así y creía que así creaba más identificación con los alumnos. Esto, sin embargo, no disminuyó la reverencia con la que la trataban.
Los coordinadores la miraron angustiados. Y Rosana no lo dudó: mandó llamar a Léa, la maestra de octavo grado. Recogió un uniforme de estudiante del depósito y juntas fueron tras Jessé. Lo vestirían y lo mezclarían con los adolescentes. Léa, sin embargo, cometió el error de ponderar la decisión de la directora, quien le dijo con firmeza:
-¿No es un estudiante? ¿No está registrado? Dentro de mi escuela, nadie va a tocar a este chico.
Los lazos con Jessé se remontaban a un largo tiempo. La misma Rosana había sido su maestra en los primeros años, le enseñó a escribir su nombre, las primeras palabras, los números, para luego sufrir con el rumbo que tomaba. Una vez, la directora fue sola a la favela para decir que, si él no volvía a clases, ella misma le ordenaría a la maestra Léa que lo suspendiera, como si el rendimiento escolar estuviera en juego. De hecho, ella solo quería sacarlo de allí. Ante los nuevos socios, Jessé prometió, dócilmente, que volvería a sus estudios. Pero todos sabían que eso no sucedería.
La noticia de la huida de Jessé a la escuela y la decisión de Rosana corrió rápidamente entre los profesores y demás empleados, quienes, en ese momento, poblaron los pasillos, como si la escuela se hubiera transformado en un gabinete de guerra. Todos hablaban a la vez; algunos de manera exaltada, otros tratando de apaciguar los ánimos. Los más radicales abogaban por la denuncia y destitución inmediata de la directora.
-¡La mujer se volvió loca, está poniendo en riesgo a los niños! –alardeó Marinho, el nuevo profesor de educación física.
-Por eso tenemos que estar tranquilos, por los estudiantes -argumentó Vânia, la coordinadora pedagógica.
Luego vino otra orden del director, y todos los maestros recogieron a sus alumnos de las aulas, en fila india para bajar a un lugar más seguro. Primeros los alumnos de primer grado, y así sucesivamente hasta los de noveno. Todos marcharon en silencio al gimnasio. La gran cancha estaba llena de montones de arena, escombros, palos y piedras, rastros de una renovación que duraba tanto que muchos ni siquiera podían recordar cuándo comenzó, pero todos sabían que no terminaría enseguida.
Algunos niños se aventuraron a correr por el suelo de cemento agujereado, entre montones de escombros, pasando por debajo de las vigas carcomidas por el óxido, que amenazaban con caer sobre la cabeza de alguien. Dos muchachos recogieron palos y empezaron a simular armas de fuego. Pow, pow, pow, se dispararon sin piedad el uno al otro. Entonces uno de ellos se tiró al suelo, entre las piedras, simulando una herida. Antes de que Carla, la maestra de primer año, pudiera regañarlos, Rosana agarró por los brazos al niño que estaba parado con el bastón y lo sacudió con fuerza hasta que, sobresaltado, dejó caer su arma imaginaria. Aun así, la directora siguió apretando y apretando, en una especie de trance, que sólo se interrumpió cuando las lágrimas del niño desarmaron sus puños, y luego el pequeño volvió en silencio a la fila.

El movimiento en el gimnasio aún no había terminado cuando sonó el timbre de la entrada del Ciep. Detrás de la puerta estaban Marehz y unos diez policías. El hombre tenía el aire de un personaje de película de guerra estadounidense. El cuerpo encorvado y una postura altiva, que daba la impresión de que era más alto de lo que realmente era. Las arrugas que se deslizaban sobre sus ojos denotaban su temperamento severo, y el mechón gris en la parte superior de su cabeza, incluso con el cabello rapado a los lados, traicionaba su madurez. En un instante, Rosana estaba frente a él, escrutándolo fijamente.
–¿Eres la directora?
–No.
–Vamos a entrar a buscar un pibe que saltó a la escuela.
–Aquí sólo hay estudiantes.
–No, señora. El bandido saltó para acá y entraremos.
–No pueden entrar así, aquí solo hay niños. ¿Tiene una orden?
–La orden es una mierda. Si alguien muere aquí a causa de un bandido, ¿qué harás con la orden?
Impaciente, Marehz empujó a la directora, que casi se cayó. Luego entró por la puerta y ordenó a sus hombres que volcaran el Ciep. Rosana no estaba dispuesta a mirar tranquilamente aquella invasión, por lo que envió a los empleados a acompañar la razzia, mientras ella permanecía con profesores y alumnos en el gimnasio.
En medio del grupo del octavo grado había movimiento. Le costaba trabajo ponerse de pie, por el dolor y los rasguños que se hizo al caer al barranco. Al igual que la directora, solo estaría a salvo cuando Marehz desapareciera. Sintió la mirada de compañeros a los que hacía tiempo que no veía, ahora temerosos del peligro de su presencia, pero también preocupados por la suerte de su antiguo compañero.
Los agentes deambularon por las aulas, derribaron puertas, inspeccionaron los pasillos, rifles en mano, como si estuvieran registrando un cuartel de narcos, donde, al cruzar una puerta, podían toparse con armas apuntándoles a la cabeza. Revisaron todos los espacios y no encontraron nada más que escritorios vacíos y pizarras con lecciones interrumpidas.

Insatisfecho, Marehz y sus soldados abandonaron el edificio de la escuela hacia el gimnasio. De lejos, Rosana vio al profesor Marinho separarse de los niños y caminar hacia el coronel. Conversaron unos momentos y luego la policía se acercó al grupo del octavo grado. Jessé tembló en la formación.
–¿Vamos a tener que golpearlos a todos para saber dónde estás? Si hace falta, los golpeamos.
Cruces de miradas. Nadie iba a delatar, como había hecho el profesor Marinho. En la favela, esa lección se aprende antes que la tabla de multiplicar. Jessé, preocupado por los otros estudiantes y los profesores, dio un paso tambaleante al frente. Luego, uno de los soldados se abalanzó sobre él, inmovilizándolo con un estrangulamiento desde atrás. Eso causó un gran revuelo entre los estudiantes. Era el escenario de una pesadilla. La directora y los profesores intentaron avanzar contra el policía, pero fueron detenidos por los otros soldados.
–Nosotros vamos a cuidarlo –se burló Marehz.
Se dictó sentencia. Los niños pequeños miraban aterrorizados, y los mayores vieron que a uno de ellos lo tomaban bruscamente, como si fuera un adulto. Los chicos, especialmente, sentían la sensación de "podría ser yo".
La frase del coronel resonaba en la cabeza de Rosana: "Nosotros vamos a cuidarlo". La gente la miraba, como esperando alguna reacción, cualquier reacción, y lo único que veían era sus ojos entrecerrados. La recorría una sensación de impotencia, como una madre a la que le quitan su bebé de los brazos. Sus estudiantes eran el propósito de su vida, y la pérdida de Jessé destrozó todos los cimientos que la sostenían.
En ese instante, algo se encendió y se extendió a través de ella, hasta que explotó en un ataque de furia. Rosana recogió una piedra en el sitio de construcción y caminó hacia el auto de Marehz. Caminaba como si flotara, su expresión inerte como si la fuerza que la llevara no fuera física. Luego, arrojó la piedra al parabrisas del auto, rompiendo el vidrio.
Se llevaron presa a la directora, junto a Jessé. Perplejos, los estudiantes, el personal y los profesores vieron alejarse el vehículo. Rosana, adentro, con rostro sereno.
La directora tenía una comprensión perfecta de su acto. En el fondo, creía que ser educadora requería una pequeña dosis de locura. Si era necesario ir a la cárcel para evitar que Jessé terminara, como tantos otros, en una zanja, para que tuviera la oportunidad de, quién sabe, volver a la escuela, Rosana iría a la cárcel. Nadie iba a tocar a sus alumnos.
*Escritor, guionista y periodista de deportes en TV Globo. Este cuento forma parte del libro "Disritmia".
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