Resistencia22°Min. 19° • Max. 24°

Los dos jaguares

No hace referencia a los felinos, ni a los protagonistas del relato, sino a una tragedia increíble ocurrida alguna vez

86-Marín2.png

Una mañana resistenciana de verano nos encontramos con mi pintoresco amigo y colega paraguayo Catalino Caballero Meza, en un bar de la avenida Paraguay, después de un largo tiempo sin vernos. Nos sentamos afuera y ocupamos una mesa pequeña, redonda, con ínfulas parisinas, bajo el manto de sombra conformado por el abrazo de los árboles que protegen la acera con los del parterre de la avenida. 

Con el primer café y las medialunas fuimos recordando los tiempos universitarios y las vivencias compartidas, cuando fatigábamos el largo pasillo de la Facultad de Derecho de Corrientes, en su viejo edificio de la calle Salta; las reuniones habituales en el cafecito Motta de la esquina de la plaza, hacia el otro lado del río, apurando el último repaso antes de un examen o simplemente gastando el intervalo libre entre una clase y otra; los tiempos de efervescencia de la vuelta de la democracia, que mi amigo contemplaba ilusionadamente en silencio, por el luto que le imponía su realidad, la de la dictadura que imperaba en su país, de la que recién se librarían años más tarde, apenas un poco antes que culmináramos nuestros estudios.    

Luego, la charla discurrió para el lado de sus avatares tribunalicios asunceños, donde ejercía su profesión desde que nos graduáramos, más o menos en la misma época. Las inflexiones en la entonación y la hermosa cadencia guaranítica, con algunos correntinismos adquiridos durante su estancia, me pusieron a escucharlo sin interrupciones, para no alterar la musicalidad tan grata de su forma de decir las cosas. Así, el hombre, con destreza natural en el arte de unir historias y ciudades, me refirió el caso de los dos jaguares, como a él le gustaba llamarlo. 

Según su relato, una tarde del año ochenta y pico, un automóvil marca Jaguar, color negro, de una familia asunceña, que retornaba a su pago transitando un tramo rectilíneo de la Ruta 11, al llegar a la altura de Margarita Belén se largó a sobrepasar un camión con acoplado cargado con garrafas. Cuando se encontraba en medio de la maniobra, el conductor vio que en el horizonte se agigantaba un punto oscuro que se aproximaba con rapidez e intentó abortar la acción y ubicarse nuevamente detrás del camión. Pero, por razones nunca totalmente esclarecidas, o tal vez por la más simple, un error de cálculo, rozó levemente el acoplado, desestabilizando completamente su marcha. 

El Jaguar negro quedó haciendo trompos y otras piruetas en el centro del asfalto, mientras que el camión siguió zigzagueante su camino, soltando parte de su carga en su recorrido posterior. El impacto fue tan tremendo como inevitable para el conductor del vehículo que venía: otro Jaguar, color azul, también de una familia paraguaya.

Caballero Meza me dio detalles que ya no recuerdo con certeza, de ambas familias, de la cantidad de muertos y heridos que resultaron en uno y otro auto, y de las increíbles repercusiones que el hecho tuvo en Asunción, entre los copetudos, me dijo, como de algunas de las especulaciones metafísicas y esotéricas que se hicieron del accidente en ese ámbito de la sociedad. 

A pesar del tiempo que había transcurrido, todavía parecía conmoverse con el recuerdo del suceso, que él había recogido a hurtadillas, con el insaciable interés del adolescente que era entonces, de la interminable cantidad de trámites legales que debió realizar su padre, como abogado de una de esas familias y que, definitivamente, lo impulsaron a seguir la misma profesión y a hacerse cargo, años más tarde, del estudio jurídico familiar. Pero, más que nada, por las circunstancias que lo rodearon: el lugar, y las casualidades y concordancias que entrelazaban a las víctimas.

—Vos podés creer que dos Jaguar, que casi ni había en Asunción entonces, vengan a chocar de frente, acá, en Margarita Belén… No puede ser tanta casualidad, es muy raro… —me dijo, tristemente, y quedó pensativo, mirando lejos. 

Yo también quedé afectado, tanto por el hecho en sí mismo como por su propia conmoción, tan evidente, tan sentida, que no supe qué decir. Así permanecimos un rato, en silencio, escuchando las voces de unos parroquianos ilustrados que hablaban animadamente en otra mesa al lado nuestro. Se mezclaban sus voces, pero uno mencionaba a Schopenhauer, otro hablaba de física cuántica, nombraron a también Spinoza, hasta que un flaco de sombrero sabinero, casi a los gritos, dijo:

—… como decía Borges, en realidad no hay azar, ya que lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad. 

Nos sobresaltamos. Caballero Meza abrió grandes los ojos y se acomodó en la silla, me miró, y amagó un ¿escuchaste?, más con un gesto que con palabras. Yo arqueé mi boca con cara de nada. Me asaltó la duda: ¿estos tipos estarían escuchando el relato, o fue una mera casualidad? No quise consultarlo, por temor a ser oído por los otros. Nos quedamos expectantes, en silencio, ladeando la cabeza para ver si pescábamos un poco más. Alguno asintió o agregó algo breve, que me resultó ininteligible, y después la conversación se fue diluyendo y derivó en otros temas, tal vez persuadidos de nuestro interés, porque no fuimos demasiado discretos. Dejamos de prestarles atención.  

Al rato, nos levantamos y fuimos caminando morosamente hasta su auto. Aproveché entonces para preguntarle y solo hizo una mueca que interpreté como de incredulidad, pero no dijo nada. Nos despedimos con un abrazo y antes de subir se dio vuelta y me quitó la duda:

—Yo no sé si Borges o estos tipos tienen razón. No sé si es azar o causalidad o el destino, y me parece que nadie lo sabe. Ni siquiera sabemos para qué fuimos creados, con qué fin, ya que no tenemos asignado ninguno concreto y debemos pasarnos la vida viendo qué hacemos con nosotros mismos para darle un sentido a todo esto. Lo único cierto, hermano, es que ya empezamos este juego con el partido perdido.

Después, entró al auto, lo puso en marcha, se fue. Como si nada.

*Abogado. Autor de la novela judicial "El Jurado Siete (7)". 

Te puede interesar