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Golpistas en Brasil

El intento de golpe de Estado en Brasil recibió el rechazo de líderes de América Latina, Estados Unidos y la Unión Europea. El asalto a las sedes de los tres poderes del Estado brasileño, perpetrado por los seguidores más radicalizados de Jair Bolsonaro, mostró similitudes con las escenas de violencia y vandalismo protagonizadas en enero de 2021 por fanáticos de Donald Trump en el Congreso de Estados Unidos. Ambos ataques pusieron de manifiesto el carácter profundamente antidemocrático de grupos de extrema derecha de la región.

Ayer, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, junto con su par mexicano, Andrés Manuel López Obrador y el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, publicaron un comunicado conjunto en el que expresaron el rechazo y la condena al ataque a las sedes de los tres poderes en Brasil por parte de partidarios del expresidente ultraderechista Jair Bolsonaro. "Apoyamos a Brasil y la defensa de sus instituciones democráticas", señala el texto que lleva las firmas de los tres mandatarios que participan de la Cumbre de Líderes de América del Norte, que se puso en marcha en Ciudad de México para abordar asuntos relacionados con temas de política exterior de interés para las tres naciones. Antes, Biden había señalado que lo ocurrido en Brasil fue un "asalto a la democracia", reiterando una vez más su respaldo al presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Cabe recordar que el demócrata fue uno de los primeros líderes mundiales en reconocer la victoria del dirigente del Partido de los Trabajadores en las elecciones celebradas en octubre del año pasado. Por otra parte, la decisión de Bolsonaro de abandonar Brasil dos días antes de que terminara su mandato y asumiera Lula, para refugiarse en el Estado de Florida generó todo tipo de especulaciones tanto en el vecino país como en Estados Unidos. Tras los violentos incidentes del domingo en Brasil, el congresista estadounidense del partido demócrata, Joaquín Castro, dijo a la prensa norteamericana que Bolsonaro debería "ser enviado de regreso a Brasil". "Estados Unidos no debería ser un refugio para este autoritario que ha inspirado el terrorismo doméstico en Brasil", agregó el parlamentario. Por su parte, la congresista demócrata Alexandria Ocasio Cortez también se mostró a favor de no permitir la permanencia del exmandatario brasileño en suelo estadounidense. "Estados Unidos debe dejar de conceder refugio a Bolsonaro en Florida", escribió la legisladora en su cuenta de Twitter. "Casi dos años después del día en que el Capitolio de Estados Unidos fue atacado por fascistas, vemos cómo movimientos fascistas en el extranjero intentan hacer lo mismo en Brasil", sostuvo. Sin embargo, mientras se conocían estos mensajes, trascendía la noticia que daba cuenta que Bolsonaro había ingresado a un centro asistencial en Estados Unidos para ser atendido por un dolor abdominal.

Casi al mismo tiempo, el Tribunal Supremo de Brasil ordenó al Ejército que adopte medidas para desalojar en 24 horas a todas las personas que seguían acampando en los alrededores de las sedes de los tres poderes del Estado. El presidente Lula, por su parte, responsabilizó a Bolsonaro por los disturbios; y medios brasileños informaron que los manifestantes habían llegado al lugar de los incidentes en ómnibus que los llevaron entre el viernes y el sábado, junto a camiones que transportaron baños químicos y comida para los acampantes, lo que abrió nuevos interrogantes sobre quiénes financiaron y organizaron la movilización de los bolsonaristas.

A las voces de condena a los golpistas también se sumaron las del presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez; del presidente de Francia, Emanuel Macron; de su par de Colombia, Gustavo Petro; del presidente de nuestro país, Alberto Fernández, y del primer mandatario de Chile, Gabriel Boric; del secretario general de la ONU, António Guterres; del presidente del Consejo Europeo, Charles Michel y del representante de Política Exterior de la Unión Europea, Josep Borrell. Lo que ocurrió en Brasil, en términos institucionales, es más grave que el ataque al Congreso de EEUU de enero de 2021, ya que los fanáticos de Bolsonaro atacaron también el Palacio de Planalto, es decir la sede del Ejecutivo. Dicho de otro modo, es como si los seguidores radicalizados de Trump hubieran atacado la Casa Blanca. Ambos ataques confirman la necesidad de fortalecer las democracias y garantizar la sucesión pacífica del poder, rechazando las retóricas agresivas que promueven las divisiones de la ciudadanía y atentan contra los esfuerzos para preservar la convivencia en la comunidad.

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