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Sergio Schneider

Director periodístico

Los días más felices fueron del fútbol

La alegría popular volcada en las calles superó todas las previsiones, y la principal explicación parece estar en algo muy simple: era la oportunidad imperdible de vivir una felicidad colectiva que los argentinos no recibimos por ninguna otra vía.

Para los argentinos, el hecho más destacado de 2022 no es ni el récord inflacionario de las últimas dos décadas ni el pico de pobreza ni la guerra en Ucrania ni el clima preelectoral rumbo a un ’23 de grandes definiciones. Lo sobresaliente de este año llegó sobre el final: el triunfo futbolístico en Qatar, que le permitió a Leonel Messi levantar la tercera Copa del Mundo obtenida por nuestro país.

El júbilo generalizado, todavía fresco en todos los rincones del territorio nacional, fue aún superior a lo que podía imaginarse en los días previos al choque definitorio contra Francia, el domingo pasado. La alegría popular volcada en las calles superó todas las previsiones, y la principal explicación parece estar en algo muy simple: era la oportunidad imperdible de vivir una felicidad colectiva que los argentinos no recibimos por ninguna otra vía.

Un ejemplo

La respuesta social a la conquista del equipo dirigido por Lionel Scaloni también guarda relación, seguramente, con diferentes rasgos y factores que la vuelven perfecta: el dramatismo del partido contra los franceses, la inmensa capacidad de la Selección para sobreponerse a momentos que hubieran noqueado a cualquier otro grupo, el talento infinito de Messi, la humildad de un elenco que brindó en los últimos años una lección de modestia, unidad, trabajo y claridad en los objetivos.

En ese aspecto, es demasiado grande el contraste entre las características de la Argentina del fútbol (que incluye el mérito de las actuales autoridades de la AFA al sostener a un entrenador sin "banca" en la prensa deportiva y sin patente de técnico estrella) y la Argentina de la política. Esta última, marcada por la mezquindad, el incentivo constante a la confrontación y el desprecio, la corrupción, la ausencia casi total de resultados positivos para el conjunto del país.

Es verdad que el éxito modifica las miradas y define qué es virtud y qué es defecto. Posiblemente muchas de estas lecturas del logro argentino no estarían sonando en nuestros oídos si la final de Qatar hubiera sido ganada por lo franceses. Muchos hubiesen dicho, si el desenlace hubiera sido ése, que la personalidad de Scaloni, que hoy elogiamos, le había restado al equipo la dosis de ambición, hambre y malicia que se necesita para vencer en las batallas bravas. Que a Messi le había faltado la cuota de agresividad de Maradona y que –como le tocó escuchar tantos años- su personalidad de pibe educado y respetuoso era, en realidad, el envoltorio elegante de un pecho frío.

Sin embargo, y más allá de que el exitismo es parte del ADN argento (así como lo es la otra cara de la misma moneda: la desazón más profunda ante la menor contrariedad), da la impresión de que esta vez hubiera sido diferente. Al menos queda la duda, porque luego del triunfo sobre Croacia en las semifinales del torneo -y antes del partido con Mbappé y compañía- pudimos escuchar y leer a miles de argentinos valorar a esta Selección y dejar en claro que el resultado ante Francia no podía destruir el mérito inmenso que había detrás de todo el camino recorrido.

Sacar lo mejor

Como hemos dicho desde las páginas de NORTE en los días recientes, posiblemente lo mejor de Scaloni sea el esmero y la convicción personal que puso en sacar lo mejor de sus jugadores. En la cancha vimos a una Selección que no se ocupaba de destruir el juego del rival, sino de construir el propio. Reaprendimos que la mejor manera de anular al adversario no es descalificarlo ni lastimarlo, sino ser mejor que él.

Scaloni, así como Messi y el resto del grupo, no buscó la adhesión fácil del hincha. No recurrió a las chicanas sobre entrenadores y jugadores de las demás selecciones, sino que –por el contrario- las evitó cuando las preguntas en las conferencias de prensa lo tentaban con caer en ese juego tribunero. El DT se concentró en lo suyo, en su trabajo, en lo que la Argentina podía mostrar como valor propio.

La Selección tampoco sobreactuó las alegrías ni las tristezas. Las vivió desde la autenticidad. Cuando Montiel convirtió el penal que transformaba a nuestro país en campeón mundial por tercera vez, la cámara televisiva que tomaba a Scaloni no lo registró gritando desaforado ni corriendo alocadamente. Hubiera sido totalmente legítimo que mostrara esa descarga emocional. En lugar de eso, el entrenador se quedó por unos segundos mirando a sus jugadores iniciando el festejo más feliz de sus vidas, una mano en el mentón, sonriendo apenas, hasta que un asistente se acercó, lo abrazó, y comenzó el llanto guardado en las horas de máxima tensión.

En sentido opuesto

Huelga decir que nuestra clase política nos lleva cotidianamente por caminos totalmente diferentes. Desde hace décadas los dirigentes apuestan a todo lo opuesto. Sacan lo peor de nosotros, alimentan la idea de que solo un sector del país busca el progreso nacional y que el resto intenta sin descanso hacerlo fracasar. Salvo excepciones, ese planteo maniqueísta es el que impera y se baja desde las alturas de cada fracción política.

Al mismo tiempo, la autocrítica brilla por su ausencia. Aunque todos los principales partidos de la democracia nacional han pasado por la Casa Rosada y tienen su cuota de corresponsabilidad en el empobrecimiento de la población, nadie se hace cargo de su parte. La Argentina tiene una proporción de pobres doce veces superior a la de mediados de los ’70 y una economía que hoy no alienta la idea de que eso vaya a mejorar, pero eso no motiva en lo más mínimo a un amplio entendimiento que dé bases de consenso a un proceso de recuperación.

En vez de eso, los principales referentes del proceso continúan apostando a alimentar el resentimiento y el odio. Construir de otra manera no parece ser lo más conveniente. Al fin de cuentas, los liderazgos sanos como los de Scaloni o Messi demandan esfuerzo. Demasiado trabajo serio, demasiada introspección como para aceptar que uno no hace todo bien y demasiada capacidad de reinvención para adaptarse a los nuevos tiempos y a las nuevas necesidades. Como se ve, demasiado complicado. Es más fácil dividir al país con una línea en el piso y decir: "Los que estamos de este lado somos los buenos, del otro lado están los malos".

Después de la euforia

Poco a poco, el celeste y el blanco se va retirando de las calles. Tras la euforia, vuelve a la superficie la realidad de todos los días. La alegría provista por el fútbol se va disipando así como el rocío de la madrugada se va cuando comienza a asomar el sol del Chaco. 

Hay que remontarse a 1986 para encontrar una manifestación popular de fervor similar al de esta semana. Y si viajáramos en el tiempo hasta antes de esa ocasión, nos detendríamos en la que el 10 de diciembre de 1983 se congregó en Plaza de Mayo para saludar el restablecimiento de la democracia y el fin de la dictadura militar. Era un pueblo lleno de esperanzas en que todo iría mejor.

En los casi cuarenta años transcurridos desde entonces, se restablecieron los derechos civiles y la política dejó de ser un juego macabro de sumisión o exterminio. Pero la convivencia se degradó, la corrupción se naturalizó y los liderazgos se tornaron patológicos. El Estado dejó de ser un medio para el desarrollo social y se convirtió en un fin en sí mismo, menospreciando el valor del trabajo y la producción. Las políticas económicas sucesivas nos colocaron en los márgenes. Nos hemos vuelto un país insólito en el que la industria más próspera es la del meme.

Por eso no debe sorprender que la única gran alegría de la que todos nos sentimos parte, al cabo de tantas décadas, nos haya sido brindada por un grupo de muchachos que para jugar mejor a la pelota hicieron todo lo que no hacemos en las cosas que más importan.