El aguante
En el fútbol, el aguante es una suerte de pasión enloquecida que no deja espacio para la reflexión, el análisis y muchos menos la autocrítica. ¿Pero y qué sucede con el aguante en la política y la realidad de todos los días?
En el fútbol se instaló en los últimos treinta años y ganó un espacio propio el concepto del "aguante". Si bien definirlo con precisión es casi imposible, cualquier apasionado del universo de la pelota sabe de qué se trata. El aguante es algo más que hinchar o simpatizar por un equipo y por unos colores. Corrijamos: no es algo más, es algo distinto.
"Hacer el aguante", en principio, denota acción. Hinchar es propio de espectadores. Los espectadores miran, alientan, saltan, lloran, maldicen, desde la tribuna o en el sillón de casa. El aguante es activo. Se asocia con el soporte efectivo, material. Es fuerza, presión, empuje. A veces para resistir, a veces para pasar a la ofensiva. El extremo del aguante son las barras bravas. El aguante, entonces, a veces es una pasión más o menos descontrolada y en otras acciones es lisa y llanamente acción delictiva.
El aguante suma así otro rasgo: no necesariamente debe plantearse límites morales. El amor por una camiseta, en ese mundo, puede justificar lo que en otros contextos no nos plantearíamos como legítimo.
La Liga Chaqueña de Fútbol llegó a restringir el acceso de adultos a los partidos de las divisiones inferiores porque, en nombre del aguante a sus hijos, había padres que insultaban a otros nenes o se trenzaban a trompadas con los mayores del equipo adversario. Señores que en sus vidas habituales, en sus oficinas o en sus barrios, son considerados ejemplos de equilibrio y simpleza. Mecánicos, administrativos, remiseros, profesionales, vendedores ambulantes o docentes universitarios. El aguante no se reserva ningún derecho de admisión.
La versión política
El aguante también aterrizó desde hace muchísimo en la política, y con las mismas características. Es, eso sí, menos difícil de entender que su hermano futbolero. Porque alrededor de la pelo es más comprensible su presencia, aun cuando el hecho de que un juego se convierta en el motivo de la felicidad o la desdicha de un ser humano ya es todo un tema. Pero como es fútbol, nadie se pone demasiado delicado a la hora de considerar al aguante como un elemento tóxico o pintoresco, excepto esas ocasiones en que el asunto deriva en que un tarado cualquiera, una tarde, termine con la vida de otra persona por haber tenido la osadía de gritar un gol ajeno o de portar la remera incorrecta al pasar por la vereda de enfrente. Pero en la política, algo tan asociado a las ideas, al pensamiento analítico y reflexivo, el aguante acentúa su condición de fenómeno antinatural.
Pese a eso, el aguante no es en la política argentina un ingrediente periférico y minoritario, sino más bien toda una autopista de ese territorio. El aguante es un modo de construcción y sostenimiento de proyectos personales y colectivos, un modus operandi validado por los años pero principalmente por sus resultados. El aguante suma votos (de hecho, una de sus razones de ser es facilitar la cosecha de adhesiones), desgasta enemigos y convierte en dirigentes de peso a aquellos que tienen la estructura y el know how suficientes como para convertirlo en cotizado commodity de la política.
El gran atajo
Hay además una ventaja inestimable: el aguante es un atajo para el acceso a roles y situaciones de bienestar que en las sociedades más desarrolladas están reservados para los mejores en materia de prestigio, idoneidad, trayectoria y potencia comunicacional. La combinación de calificaciones en esos casilleros, más algo de carisma, es la que determina qué tanta confianza inspira un candidato para formar parte de la construcción colectiva que sustenta a una nación o a cualquier otro proyecto colectivo. Es una competencia en la que suelen ganar hombres y mujeres que muestran, en primer lugar, la capacidad de haber sido exitosos en sus propias vidas personales. En ese aspecto, las gestiones previas en cargos públicos sirven como credenciales, pero tener toda una vida colgada del Estado no.
El aguante no demanda tanto, y por eso los gerentes del aguantismo no requieren de formaciones educativas demasiado evolucionadas ni de legajos impecables, mucho menos de una demostración de que si dejaran el Estado se mantendrían fuera de él tan prósperos como estando dentro.
Pero lo más nocivo del aguante es la mutilación del debate y el discurso, que quedan reducidos a una serie de consignas binarias bajadas desde las alturas de cada sector. Básicamente, plantean esto: "Nosotros somos los buenos, los otros son tan malos que ni siquiera merecen existir".
En el fútbol, el fanático -ajeno a los códigos del hincha de buena fe- alienta y salta en la tribuna aunque el equipo se mueva sin dignidad, celebra el gol aun cuando haya sido obtenido ilícitamente, aplaude la provocación y la trampa de los jugadores propios, perdona que se juegue mal pero no que se pierda, tiene prohibido el aplauso al rival. En los tablones de la política, el aguante consiste en perdonarle todo a los del palo (la incoherencia, la corrupción, la vacuidad, el engaño, la falta de resultados positivos en las cosas que importan) y en condenar todo lo que hacen los demás, sin importar si es bueno, si es malo o si es lo mismo que se ha apoyado antes, cuando los autores no eran del bando ajeno.
Las razones no importan. Como en aquel debate entre Dante Caputo (el canciller de Raúl Alfonsín) y el senador Vicente Saadi, en 1984, por el acuerdo entre Argentina y Chile por el Canal de Beagle, donde el legislador peronista llevó escritas de antemano las conclusiones del intercambio, hoy tampoco importan los hechos ni los argumentos. La chicana y la descalificación están pensadas desde antes.
Toda una industria
Por supuesto que del aguante vive mucha gente. De él necesita Cristina para decir que es víctima de una persecución judicial y también Macri para mantenerse como posible candidato a un segundo mandato luego de lo que fue el primero. El aguante suprime el sentido crítico hacia adentro, vacía a los partidos de debate interno, entroniza al "porque sí" como motivo central y casi excluyente para defender y sostener los caudillismos de turno. Porque el aguante, claro, empodera a caudillos, no a estadistas.
Lo que ocurre en las provincias y en los municipios es un buen retrato de esa consecuencia, con mandatos que se repiten en sucesiones asombrosas y cargos que llegan a tornarse bienes familiares heredables. No es casual que en los distritos con menos incidencia del Estado en la vida cotidiana (menos empleo público y menos asistencia social disimulando la ausencia de actividad económica genuina) y con mejores performances educativas se den rotaciones dirigenciales más fluidas que en las jurisdicciones de características opuestas. El aguante prospera en contextos de pobreza e ignorancia.
Ese estado de cosas no hubiera podido consolidarse sin la colaboración inestimable de quienes saben de qué va la farsa pero se suman a las roscas del aguante. Personas de una formación tal que hace imposible imaginarlas engañadas por los montajes de sus líderes, pero que aun así defienden lo indefendible como si creyeran íntimamente en ello.
Y está la otra consecuencia: en un contexto semejante, hacer andar un proyecto diferente, algo distinto que se salga de lo meramente cavernícola y emocional, tiene escasísimas chances de prosperar. Esa "gente nueva" que reclama la sociedad en sus conversaciones del trabajo, del bar o de la calle, no es que no exista. Lo que les sucede a esas personas es que las reglas de este fútbol no las entusiasman como para meterse en la cancha, y si lo hacen no tardan en arrepentirse al ver que el dinero, las conveniencias individuales y la ceguera del fanatismo hacen inviable edificar algo solo mediante propuestas serias y consistentes y desdeñando el recurso fácil de lo meramente reactivo.
En estos días, la Selección Argentina nos entusiasma y las calles se llenan de un sentimiento de amor por nuestro país. Cada partido es a todo o nada, y a los jugadores, íntimamente, les pedimos lo mismo: que dejen el alma sobre el césped. Cada uno de nosotros también debería hacerlo en la cancha de todos los días. Apoyar solo a los honestos, a los buenos, a los capaces, a los que verdaderamente aspiran a integrar todas las piezas de lo que somos. Dejar sin sustento a los que roban, los que mienten, los que empobrecen, los que para fortalecerse necesitan repartir mucho odio y mucha plata. Sean de los nuestros o sean del equipo contrario.
No hagamos de cuenta que no lo sabemos: emocionarse con el Himno antes de un partido no alcanza.










