Alquimias del voto popular
El año 2023 será intensamente electoral y desde hace tiempo -prácticamente desde que concluyeron las elecciones de 2021- el asunto desvela a toda la clase política argentina. Una obsesión que genera reproches hacia quienes están en función de gobierno (porque el más que prematuro clima de campaña lo impregna todo, como si no existiera una crisis gravísima cayendo sobre la sociedad como un diluvio universal), pero que no deja al margen a una oposición que también se mueve al ritmo de las melodías pegadizas del proselitismo.
El voto ciudadano es el gran objeto de deseo. Por eso, no sorprende que comiencen a emerger diversos intentos de ponerlo dentro del laboratorio de la política para ensayar con él reformas y mutaciones que lo vuelvan más afín a los propios intereses.

LAS PASO
Una de esas alquimias tiene que ver con las elecciones primarias, abiertas, obligatorias y simultáneas, las PASO implementadas en el país a partir de 2009. Con algunos flancos débiles, derivados sobre todo de la inveterada costumbre argentina de encontrarle a cualquier ley un agujero por el cual colar alguna trampa, la norma fue de todos modos un paso positivo.
Su principal virtud fue dejar atrás la etapa en la cual los partidos podían definir sus listas de candidatos evitando por completo la participación de la ciudadanía, e incluso impidiendo la de sus propios afiliados. Los comicios internos, cuando se realizaban, se restringían al propio padrón de adherentes. La otra alternativa, no pocas veces plasmada, eran los acuerdos de cúpulas que se disfrazaban de "listas de unidad" y eran presentados como algo digno de ser celebrado, no como un cercenamiento a la participación de las bases de cada agrupación.
Por supuesto que circunscribir las definiciones al mundo interior de cada fuerza favorecía claramente a quienes manejaban las estructuras más grandes. Traducido: favorecía a las figuras que más recursos públicos podían desviar hacia el proyecto político personal o sectorial, como para financiar compras de dirigentes y punteros, logísticas de actos y traslados de votantes, más toda la liturgia ad hoc.
Las PASO –aclarémoslo pronto- no hicieron desaparecer todos esos vicios, malversaciones y mañas, pero al menos las mitigaron. Las candidaturas ya no surgen de comicios casi siempre amañados –con juntas electorales que estaban copadas por los poderes partidarios de turno- y concebidos como un acto privado de cada agrupación, sino de elecciones abiertas en las que están habilitados a sufragar todos los hombres y mujeres del padrón electoral general.
El peso del dinero en los procesos no desapareció, en absoluto, y continúa teniendo una altísima incidencia. Pero el sistema anterior lo volvía peor.
HECHA LA LEY
Por supuesto que, como se dijo, la ley de las PASO no logró inmunidad para esa creatividad tan natural que tenemos a la hora de neutralizar todo lo posible las buenas intenciones de una normativa. Ha sucedido con casi todas las leyes que se aprobaron al calor del "que se vayan todos", luego del estallido de 2001. La ley de ética pública es un ejemplo. Se suponía que iba a vacunarnos contra la corrupción en el Estado. Hoy es, con suerte, un jarabe para la tos. ¿Y qué decir del acortamiento de las campañas electorales y las rendiciones de gastos de los partidos?
En el caso de las PASO, la trampa principal fue –y sigue siendo- esquivar su fin principal. Las primarias deberían permitir que cada partido o coalición defina a sus candidatos con la participación de todos los ciudadanos, mediante procesos transparentes y lo más equitativos posible en materia de acceso a la difusión de las distintas propuestas y nominaciones. Eso ha quedado más que relativizado en los trece años transcurridos.
No solo los aparatos y los fondos estatales siguen teniendo una incidencia relevante en los resultados, sino que muchas veces la idea de que las primarias deben servir para tamizar las opciones de cada sector queda inutilizada por candidatos que en lugar de aceptar las reglas de juego se postulan por fuera de sus agrupaciones, utilizando otros sellos, con lo cual la verdadera interna termina jugándose en la elección general.
COYUNTURAS
Desde hace tiempo, comienza a sonar a nivel nacional la idea de suspender las PASO. El argumento es que tienen un costo elevado y que las maniobras mencionadas antes las desvirtuaron. También –y es verdad- que la mayoría de la gente queda saturada de elecciones: al menos cuatro en cada año de comicios, contando convocatorias nacionales y provinciales, sin sumar eventuales desdoblamientos municipales. Pero aunque se trata de razones atendibles, pareciera que lo que en realidad se les objeta a las elecciones primarias actuales no son sus falencias, sino sus beneficios.
Dejar en el armario la ley de 2009 sería un retroceso en la pauperizada democracia argentina.
Y hacerlo bajo la especulación de que la desactivación de las PASO puede favorecer coyunturalmente a un sector o a otro sería un acto de degradación. La idea, dicen, tienta al kirchnerismo porque el mal momento del Frente de Todos lo obliga a acordar una candidatura presidencial única el año que viene –posiblemente Cristina Kirchner o una figura nuevamente elegida por ella-, mientras que para Juntos por el Cambio la realidad es totalmente otra: la crisis económica y social alienta sus chances de volver a gobernar y al mismo tiempo vuelca combustible sobre las llamas de sus pujas de poder. Esa batalla se puede dirimir sin tantos traumas en una primaria abierta, pero sin las PASO puede derivar en una atomización de JxC.
EN EL CHACO
En el Chaco acaba de aparecer un proyecto para cancelar también las PASO provinciales. Fue ingresado en la Legislatura por diputados que responden a Gustavo Martínez. Pocos días después, apareció otra propuesta, firmada por Roberto Acosta, para permitir una ley de "colectoras" en caso de que la suspensión de las PASO se concretase. Ese sistema permite que, por ejemplo, varias listas de candidatos a diputaciones provinciales sumen votos para un mismo candidato a gobernador. O que diferentes nóminas de aspirantes a concejalías colecten sufragios para un único postulante a la intendencia.
Los movimientos generaron la reacción del radicalismo chaqueño. Leandro Zdero responsabilizó a Capitanich de una jugada política que, dice, se da porque el gobernador está "desesperado" ante un panorama en teoría complicado para el ’23. A Zdero no le conviene que desaparezcan las PASO. Algunas encuestas lo muestran como precandidato a gobernador por encima de Juan Carlos Polini, el precandidato de Convergencia Social, pero si las primarias abiertas caen, las definiciones tendrán reglas muy diferentes y el aparato partidario –en manos del rozismo- tendrá el macho de espadas en la mano.
Capitanich, en tanto, planteó en una columna de opinión públicada por NORTE que no cree ni en la suspensión de las PASO ni en mantenerlas tal cual vienen siendo instrumentadas. Propuso una "tercera vía": aplicar cambios que mejoren el sistema.
Está, además, otra iniciativa dando vueltas: la boleta única. Una propuesta interesante que podría limitar todavía más los viejos pecados de las jornadas electorales.
En una provincia y un país que crujen por la dimensión de las inconsistencias económicas, discutir la manera en que se ejercerá el derecho al voto parece casi una extravagancia reservada para gente que llega a fin de mes sin problemas. Pero no deja de ser una cuestión central.
Por eso, el debate sobre los mecanismos de votación tiene una pregunta de fondo: ¿hay que meter mano para mejorar el sistema o para arruinarlo? ¿El ahorro que se produciría en los gastos del Estado por eliminar las primarias no se puede obtener simplemente aplicando criterios de austeridad pública que hoy brillan por su ausencia? El tiempo, por ahora, esconde las respuestas.










