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La oreja más famosa

La historia me fue referida circunstancialmente por Andrew Van Kaal -un notable artista visual aficionado a los relatos históricos, quien no se percató de mi ponderación- y se asemeja a la que yo vagamente conocía sobre la célebre oreja.

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No puedo dar fe de su autenticidad genérica, ni siquiera de los detalles más nimios, porque el ámbito no propiciaba los rigores de la formalidad y carecía de las pretensiones de la academia. Aún vacilo entre la ingenuidad y el escepticismo, que mi ignorancia me impone alternadamente y sin equivalencias.

Según Van Kaal, nadie sabe qué pasó en Arlés, al sur de Francia, la noche del 23 de diciembre de 1888. Solo sus protagonistas, y quizá Rachel o el doctor Rey. Las certezas dominan sin contundencia el después, pero el cómo y el quién constituyen efímeras conjeturas, oscilantes en el curso del tiempo. 

Únicamente pudo establecerse que Vincent, un holandés desconocido, pintor intrascendente, que había huido de las burlas que le prodigaban en París y sufría un trastorno bipolar o un síndrome de personalidad limítrofe, llegó cerca de la medianoche al burdel donde trabajaba su amiga Rachel con un paquete sangrante que le entregó en propias manos. El trayecto recorrido fue breve: vivía a menos de cien metros del lugar, en la Casa Amarilla, junto con su colega Paul. 

La relación entre los pintores nunca había sido pacífica en los dos meses que convivieron, más que nada por el carácter tempestuoso de ambos; pero la producción artística en ese tiempo fue tan extraordinaria que justificaba el fatigoso vínculo. Además, la continuidad del proyecto de Vincent de fundar un taller de artistas encontró en Paul al socio más apropiado y al único que aceptó la propuesta de los cuatro o cinco pintores que habían sido invitados a participar. 

A pesar que ya era un pintor reconocido, se encontraba agobiado por deudas y privaciones, y por ello fue fácilmente convencido para incorporarse al experimento, dejando de lado las diferencias de estilos y métodos creativos que los diferenciaban: Vincent pintaba lo que veía y Paul lo que imaginaba.

Algunos creyeron encontrar el origen de la tragedia en una carta que Vincent recibió ese día de su hermano Theo -quien hacía de mecenas y solventaba su carrera y el taller- en la que le anunciaba el inminente casamiento con su joven amada; Vincent habría vislumbrado la noticia como una amenaza a la continuidad de ese sostenimiento. Otros señalan el hecho de que, el mismo día, Paul, harto de los constantes conflictos, le había comunicado su intención de abandonar la casa.

Después, las versiones difieren y se van alterando con los años, pero muchos  estiman que esos contratiempos provocaron un ataque de furia de Vincent contra sí mismo, que lo llevaron a mutilarse la oreja izquierda con una navaja de afeitar, inspirado, según suponen sin tantos argumentos, en la práctica que había visto  en las corridas de toros. 

Tampoco faltan quienes sospechan que fue sugestionado por el pasaje bíblico en el que Pedro corta la oreja de un centurión en su afán de impedir el arresto de Jesús; otros, los menos, imaginan que fue Paul, en una desesperada defensa propia con una espada, cuyo manejo dominaba con solvencia, quien lo cortó al pretender librarse de un ataque furibundo e intempestivo del desquiciado. 

Con posterioridad, Vincent declaró que él mismo se había infligido el corte, pero la sospecha de una autoinculpación, con el afán de proteger a su amigo para que permaneciera en la casa, siempre estuvo latente. Paul relató la misma versión, reconociendo haberse encontrado en el lugar en el momento en que ocurrió lo que fuera que sucedió, aunque luego adujo haber pasado esa noche en un hotel de Arlés, tras recibir de Vincent un recorte de un periódico donde se leía "El asesino se escapó", que interpretó como una velada amenaza. 

El itinerario verificado indica que, después del obsequio macabro entregado a Rachel, que pocos interpretaron como una demostración de lo que estaba dispuesto a ofrendar para obtener sus favores, Vincent regresó a la Casa Amarilla y se tendió en la cama, presionando el corte con un trozo de género apoyado contra el colchón -con lo cual sorteó a la muerte al detener azarosamente el sangrado de una arteria seccionada- donde fue encontrado agonizante al día siguiente.

El doctor Rey, quien lo atendió por varias semanas en el hospital de Arlés, pudo describir con precisión que el corte de la oreja había sido casi completo, quedando solo un pequeño trozo de la parte inferior, pero no supo, o evitó, develar quién lo había efectuado ni con qué arma. Igual que Rachel, que nunca fue hallada, o no quiso serlo.

Cuando Vincent regresó a la Casa Amarilla, donde Paul ya no estaba, no paró de pintar, a pesar de sus continuas internaciones en hospitales mentales, y tuvo una producción descomunal, hasta que un día de julio de 1890 no soportó más la vida y se disparó una bala en el pecho. Entre esas obras, se encontró un autorretrato con la oreja vendada, curiosamente, del lado derecho, lo que supone que lo hizo frente a un espejo, ya que, de acuerdo a su estilo, debía visualizar el objeto; por ello, la imagen fue representada fielmente invertida. 

Salvo alguna desatención, tal fue el suceso que me relatara Van Kaal, entre rumores de automóviles y pocillos de café; y la conclusión coincide con el prólogo: nadie sabe qué pasó en Arlés la noche del 23 de diciembre de 1888 con la oreja más famosa, puesto que la certeza, como la propia oreja, también fue cercenada entonces. A diferencia, se conocen los autores pero se ignoran sus razones, aunque tal vez sea mejor así porque, al fin y al cabo, una realidad depuradamente conjeturada no podría siquiera ser igualada por una mera verdad. 

*Abogado. Autor de la novela judicial "El Jurado Siete (7)". 

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