Mariana Cayré: "Los lectores nos formamos mucho antes de comenzar a leer"
Ella es profesora en Letras y está a cargo de la Cátedra de Literatura Infantil en la Carrera de Letras de la UNNE. En esta charla repasamos su recorrido literario y las claves para acerca libros a las infancias.

Desde octubre comenzamos a trabajar en este ciclo que llamamos "Más lees Más ves". Un espacio para reflexionar acerca de la literatura infantil y de la forma de contagiar a nuevos lectores. "Para que los niños y las niñas lean, es fundamental pensar en el modelo de lector que sostiene su práctica el tiempo", explica la entrevistada.
Mariana Cayré es profesora en la Carrera de Letras de la Universidad Nacional del Nordeste en la Cátedra de Literatura Infantil y en Promoción de la Lectura. Además trabaja en la Fundación Mempo Giardinelli en los postítulos en Pedagogía de la Lectura que brinda la Fundación y coordina la oferta de forma virtual de esa institución.
"Lo fundamental hoy es que, además de los niños y las niñas, lean los adultos. Ya sea en el núcleo familiar o en el sistema educativo, porque también hay docentes que no son lectores. Incluso en la Facultad nos encontramos con estudiantes que manifiestan abiertamente que no están leyendo, que no se conectan con la lectura como una búsqueda por el placer. Leen para estudiar, leen para formarse y únicamente se relacionan con la lectura con un fin práctico", explicó Mariana.
Cuna lectora
Estamos en el box de Literatura Infantil Juvenil del Departamento de Letras de la UNNE. Una especie de nido que en lugar de estar construido por ramas y hojas secas, está cimentado por libros infantiles distribuidos sobre la mesa, en distintas bolsas, sobre el armario y dentro de un armario. El rostro anguloso, ojos profundamente negros y el pelo largo, un vivo y feliz se despierta tras su rostro cuando por un momento leerá un fragmento de un cuento durante la charla. El tiempo se vuelve líquido, preguntas y respuestas se suceden en un ritmo acompasado. En el transcurso de la charla, Mariana se levanta y se mueve de un lugar a otro, trae un libro y lo despliega en la mesa que se irá regando de bellos textos literarios. Entre los libros en los cuales se detiene, se encuentra, El cumpleaños de Cristina, de Graciela Montes, pero no será el único.
Mariana es la quinta de seis hermanas. Su mamá es profesora de Filosofía y su papá arquitecto, ambos son muy lectores. Había una enorme biblioteca en su casa. Se leía mucho y en distintos momentos del día. Además de los libros ella creció en un entorno donde circulaban relatos.
"Los lectores nos formamos mucho antes de comenzar a leer. Nos formamos por las voces que nos relatan historias o sucesos. En mi caso, mi abuela paterna nos contaba muchas historias. Tengo presente diferentes escenas de lecturas: la primera, es de mi mamá leyéndome poesía, a ella le gustaba Rubén Darío y Federico García Lorca. Mi papá, nos regalaba muchos libros a mis hermanas y a mí. Mi abuela, nos contaba historias cuando venía de visita a Resistencia.
Esas historias eran duras, sangrientas, brutales y algo de todo eso está conmigo hoy como adulta, de hecho me fascina el relato fantástico y el terror", describe Mariana cuando las preguntas la llevan a repasar sus comienzos como lectora.
Contagiar lecturas
El libro con el que sintió que se inició como lectora es El niño envuelto, de Elsa Bornemann. Recuerda que tenía siete años cuando lo leyó, fue la primera novela que leyó por sí misma. Hace poco volvió a conseguir el libro y en estos momentos lo está leyendo su hija menor. Mariana lleva la sonrisa en los labios rojos. Sus ojos se encienden cuando hace referencia a un autor o una autora. Solo de a ratos abandonará su rostro encendido cuando reflexiona sobre algunos puntos que la preocupan y la ocupan, por ejemplo, el distanciamiento de las infancias y los adolescentes de los libros.

"Hay un distanciamiento del disfrute y del goce estético de la lectura literaria. Esto es producto de que la sociedad siempre demandó a la literatura, sobre todo a la escuela, una tarea educadora. Se le atribuye una función didactizante. Se espera que la literatura enseñe "algo", ideas bien pensantes, con posturas moralistas y que además deje una enseñanza. Se exige que la literatura sea útil, de lo contrario leer es una pérdida de tiempo.
Por lo general, en la escuela, luego de la lectura de un texto hay algo por hacer. Entonces los lectores crecen con esa idea y no se forman tanto como lectores sino como alumnos que deben cumplir con un deber. Esto los aleja del verdadero disfrute del texto literario.
— ¿Cómo hacemos antes de esta situación para corrernos de ese lugar y acercar a las infancias a la lectura sin esa función utilitaria?
— La manera de acercar a la lectura es generar espacios genuinos de experiencias lectoras. Esto se debe hacer tanto en la escuela como en otros ámbitos. Tenemos que propiciar encuentros donde no se espere nada del texto y que sea una actividad gratuita y gratificante, porque la lectura es un derecho.
—¿Desde qué edad podemos leerles a los niños y a las niñas?
— Podemos empezar a leerles ya desde la panza de la mamá. Podemos leer o relatar historias. La narración, la poesía, la musicalidad que tienen los textos literarios se perciben desde muy pequeños y es una manera de relacionarse y de socializar.
La lectura en sí misma es todo un proceso: solo uno de los pasos es decodificar. Pero el más importante y la verdadera lectura es poder desentrañar sentido del texto. Construir significado a partir de lo que se lee. Esto se lo puede hacer a cualquier edad, en cualquier momento y a través de la voz de otro. Si yo te leo ahora a vos un texto, vos lo vas a estar leyendo a través de mi voz. Mi voz será un vehículo que permitirá la experiencia de lectura. Entonces, no hay que esperar a que el niño o niña lean por sí mismo para formarlos como lectores. El encuentro con la lectura y las historias cuanto más temprano posible es mejor para potenciar la formación integral en las primeras infancias.
—¿Cuáles son los beneficios de leer? ¿Hay un beneficio?
— No creo que esa sea la palabra. Sí puedo decirte que leer te permite descubrir otros mundos posibles. Te permite vivir otras vidas. Ver el mundo desde otro lugar. Entender la realidad de lo que a mí se me plantea pero desde el discurso de un escritor o una escritora, desde las palabras de otros. Muchas veces un texto literario me devuelve algo de mí misma que quizás no lo podía ver. En lo particular la literatura es mi manera de vivir la vida. No puedo pensar la vida sin mi relación con la literatura.
Además la literatura es una manera de mirarnos, de reconocernos, no personalmente sino socialmente. En diferentes etapas de la vida la literatura es un reparo.
También es necesario aquí dejar en claro que la literatura no es evasión, a veces se dice que los lectores se refugian en la lectura para eludir la realidad. Leer es todo lo contrario, esto que nos resulta tan complejo, inexplicable, inabarcable, inasible, lo podemos nombrar o lo podemos pensar a través de la literatura.
—¿Se puede contagiar o despertar el deseo de leer en el otro, tanto a niños como adultos?
— Se contagia a veces el entusiasmo, pero quizás no sea de manera directa. Las pasiones se van formando y son de procesos lentos. Aquí tengo a mano este libro de Aidan Chambers, El ambiente de la lectura, en el que sostiene que la lectura se parece a otras actividades, que demandan tiempo. Demandan una manera de relacionarse y un ejercicio que se debe sostener en el tiempo. El encuentro con la lectura no es algo que uno o una lo puede hacer de una sola vez y para siempre. Entonces, no se puede transmitir la pasión por la lectura, si no se comparte y se sostiene a lo largo del tiempo. Creo que solo así se puede contagiar el deseo de leer. El contagio será algo que se sostiene y que habilita la experiencia del encuentro con un buen texto literario.
— ¿Qué significa un buen texto literario?
— Un buen texto es aquel que no subestima a sus lectores. En ocasiones encontramos textos, sobre todo destinados a las infancias que son aniñados o facilistas. Textos que entregan todo masticado a los niños y niñas. Hay libros que no le dan participación al lector. A veces son libros que guían hacia una lectura unidireccional del texto, por eso considero que esa lectura no es atractiva y, a la larga, desencanta.
— Si pudiéramos sintetizar algunas herramientas para contagiar o despertar el deseo lector, ¿cuáles serían?
— Para empezar, es necesario pensar en el modelo del adulto lector. No se puede transmitir lo que uno no siente. Hay que garantizar el encuentro con el texto literario desde el goce estético, sin pretender que dicho texto nos sea de utilidad. Despojar esa idea de leer "para". Por último abrir la jugada a que sea el niño o niña que elija qué quiere leer y también darle la posibilidad de no terminar de leer el libro elegido.
Hay que abrir el juego para que los niños y las niñas tengan libertad de elegir. Esta es una de las formas para que ellos también desarrollen sus propios gustos literarios. Porque de lo contrario, desde los adultos que los rodean, las editoriales que marcan qué libro hay que leer de acuerdo a cada edad y luego la escuela, todos imponen un tipo de lectura o un texto que debería leer por tal o cual motivo.
Si nosotros no pensamos cómo nos comportamos como lectores, llegamos a un libro por recomendaciones, leemos determinadas reseñas de especialistas o hablamos con colegas que nos sugieren lecturas. Hay un contexto desde el cual busco mis lecturas y así las elijo.
Así como tenemos ese abanico de posibilidades para llegar a un libro, tenemos que darles esa posibilidad a los niños y niñas que estamos formando como lectores.
—¿La escuela sigue siendo la institución por excelencia para acercar libros a los chicos?
— Es así. La escuela, como dice Graciela Montes, es la "gran ocasión". Lo dijo hace ya muchos años y aún sigue vigente. No podemos pretender que todos los niños y niñas tengan un contexto escritural y de encuentro con los textos literarios en sus hogares.
No podemos quedarnos con la tranquilidad de decir que es la familia la que tiene que formarlos como lectores. La escuela y sus bibliotecas están muy bien nutridas, así que son los lugares ideales para formar lectores. Afortunadamente, hubo políticas públicas de lecturas que dotaron de numerosos y bellísimos libros a las bibliotecas escolares. Nuevamente, en los últimos años se están distribuyendo libros a las escuelas. La oportunidad está dada y más que nunca el encuentro con los libros es posible.
Hay que garantizar esos espacios de experiencia de lectura.
— ¿Dentro de ese abanico que se abre, también queda abierta la jugada para abordar con las infancias todos los temas posibles?
— Hay que perder el miedo a la palabra escrita y permitir que circulen lecturas que abordan temas complejos y que muchas veces incomodan. Los textos literarios que abordan temas como la muerte, la violencia, la marginalidad, la pobreza, sobre todo la pobreza que experimentan niñas y niños marginados, las cuestiones de género, entre muchos otros, deben estar al alcance de los más pequeños. Esta apertura es necesaria porque forma parte de la vida de los niños, de las niñas y de los adultos.
5inco imprescindibles
El monte era una fiesta, de Gustavo Roldán.
Poemas para reír y sonreír, de Elsa Bornemann.
El estofado del lobo, de Keiko Kasza.
Cuentos en verso para niños perversos, de Roald Dah.
Los cuentos del sapo, de Javier Villafañe.











