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El arbolado urbano beneficia a todos

Los árboles urbanos aportan múltiples beneficios tanto a las ciudades como a sus habitantes. Sin embargo, todavía hay muchas personas que asocian la idea de progreso solo al cemento, ignorando el extraordinario valor que tienen las especies arbóreas plantadas en los espacios públicos, especialmente en zonas en las que se registran altas temperaturas durante períodos prolongados.

Se supo esta semana, a través de una noticia publicada en este diario, que siete de cada diez notas con pedidos de intervención que ingresan a las oficinas del área de Paseos y Jardines del municipio de Resistencia son para quitar un árbol del espacio público. Resulta llamativa esa cantidad de solicitudes en una ciudad que varios meses al año padece los rigores de las altas temperaturas y, cada tanto, con olas de calor que no siempre se pueden contrarrestar con equipos de refrigeración. Tal vez sea necesario recordar que los árboles son el mejor aliado que puede tener el vecino a la hora de mitigar el calor. Según el Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Urbanos —ONU Hábitat— la ubicación estratégica de los árboles en las ciudades puede ayudar a enfriar el aire entre 2 y 8 grados centígrados. Se sabe, además, que la ubicación correcta de los árboles alrededor de los edificios puede reducir la necesidad de uso de equipos de aire acondicionado en un 30 por ciento, y reducir el consumo de energía para calefacción en los días más fríos entre un 20 y un 50 por ciento. Por otra parte, los árboles maduros regulan el flujo de agua en los días de intensas precipitaciones y desempeñan un papel clave en la prevención de inundaciones y la reducción del riesgo de desastres naturales. Un árbol de hoja perenne maduro, por ejemplo, puede interceptar más de 15.000 litros de agua por año. Pero eso no es todo: un árbol maduro puede absorber hasta 150 kilogramos de gases contaminantes por año, mejorando la calidad del aire, haciendo que las ciudades sean lugares más saludables para vivir. Según los especialistas, los ejemplares de mayor tamaño actúan como grandes filtros naturales que retienen el polvo y el humo del aire atrapándolos entre sus hojas.

Lo mejor que se puede hacer, entonces, es plantar más árboles en áreas públicas, proteger a los que están y promover la creación de nuevos espacios verdes. En distintas ciudades del mundo ya se aplica esta fórmula para reducir al mínimo los efectos del fenómeno conocido como "islas de calor", como se denomina a los espacios urbanos con escasa vegetación, donde las altas temperaturas se hacen sentir, sobre todo durante la temporada estival.

Un estudio realizado en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires llevó a cabo mediciones en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para comprobar si, efectivamente, hay temperaturas más altas en las zonas donde predomina el cemento comparadas con aquellas donde el arbolado y los espacios verdes son más generosos. Para ello, durante el mes de febrero de 2020 se realizaron mediciones en una misma franja horaria en distintas áreas de la ciudad. El trabajo de investigación, que logró registrar temperaturas de 19 °C en el norte de la ciudad y 42 °C en el sur, llegó a la conclusión que esa amplitud térmica entre una zona y otra se explica, en gran parte, por el tamaño de los espacios verdes. El estudio fue realizado por Paula Galansino y forma parte de su tesis de grado para la Licenciatura en Ciencias Ambientales de la Facultad de Agronomía de la UBA.

"Las ciudades suelen tener temperaturas más elevadas que sus entornos rurales. Este fenómeno se conoce como efecto ‘isla urbana de calor’ y se da por diferentes causas. Una es la falta de vegetación urbana, ya que, entre otros beneficios, las áreas verdes disminuyen la temperatura del aire. El problema es que en lugar de espacios vegetados se colocan grandes superficies impermeables, como concreto y asfalto, que retienen más calor y lo liberan a lo largo del día y la noche", observa la autora del trabajo de investigación.

Por todo lo expuesto, es necesario generar una mayor conciencia sobre la estrecha relación que existe entre el número de árboles en buen estado que tiene una ciudad y la calidad del aire que se puede respirar en ese espacio urbano.

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