China y el tablero de poder global
China vuelve a estar en el centro de la escena mundial: el presidente Xi Jinping fue elegido al frente del Partido Comunista de ese país por tercera vez consecutiva, convirtiéndose así en el líder más poderoso desde el fundador de la República Popular China, Mao Zedong. La nueva cúpula, advierten analistas internacionales, está formada por figuras leales al mandatario y abre nuevos interrogantes sobre las estrategias que empleará el gigante asiático para seguir cimentando su poder a escala global.
Si bien es cierto que la abrupta salida del ex presidente Hu Jintao de la sala donde se celebraba el Congreso que reeligió a Xi Jinping llamó la atención de la comunidad internacional, a la luz de lo que se conoce ahora en relación a la nueva conformación de la cúpula gobernante queda más claro que el retiro de Hu Jintao también puede interpretarse como el fin de un liderazgo colectivo en el gigante asiático que deja lugar a una mayor concentración del poder en manos del actual presidente y secretario general del Partido Comunista, algo que no se veía en China desde los tiempos de Mao Zedong.
Xi Jinping dijo que China no buscará la hegemonía global, aunque esa definición debe matizarse con los movimientos estratégicos que realizó la potencia asiática en los últimos años, que le permitieron, por ejemplo, controlar casi la mitad de los puertos más importantes del mundo, con un total de más de 80 terminales en 40 países, donde ya operan sus buques que forman parte de la flota más grande del mundo. Hasta ahí, queda claro que la fuerte presencia de China en el mar tiene una estrecha relación con el ambicioso proyecto que puso en marcha en 2013, bautizado la Franja y la Ruta de la Seda.
Nuestro país, cabe recordar, anunció su incorporación a esa iniciativa en febrero de este año. En esa oportunidad, el gobierno argentino aseguró que esa incorporación se traducirá en acuerdos de inversión y financiamiento del gigante asiático por casi 23.000 millones de dólares. Con esta estrategia China se propone consolidar su rol de potencia emergente a través de la creación de rutas comerciales, una marítima y otra terrestre, que la vincularán con otras regiones del mundo, con la promesa de fuertes inversiones en infraestructura en países que se sumen a esta iniciativa. En una primera etapa el proyecto apuntó hacia Europa (China ya controla buena parte de la infraestructura portuaria europea) y África pero desde hace unos años Pekín decidió ampliar su alcance e influencia en América Latina con la tentadora promesa de estimular el flujo del comercio y volcar fuertes inversiones en la construcción de puertos, rutas, líneas de ferrocarriles y hasta ciudades.
Pese a la campaña que lanzó Estados Unidos para desacreditar el desembarco del proyecto chino en su área de influencia, varios países de la región optaron por el pragmatismo y se sumaron a la ruta: Panamá, Uruguay, Ecuador, Venezuela, Chile, Uruguay, Bolivia, Costa Rica, Cuba y Perú. Es que la necesidad tiene cara de hereje, sobre todo porque nadie ignora que el centro de gravedad mundial se desplaza lenta e inexorablemente hacia oriente, que vuelve a recobrar el protagonismo que tuvo siglos atrás. En el caso de Argentina, el presidente Alberto Fernández y su par Xi Jinping firmaron el acuerdo en un encuentro que se celebró en febrero pasado en Pekín. Según el gobierno argentino, esta adhesión del país al proyecto chino generará inversiones por 23.700 millones de dólares e incluirá además la ampliación del SWAP para fortalecer las débiles reservas del Banco Central. China viene realizando desde hace varias décadas una serie de movimientos en el tablero mundial para consolidarse como jugador de peso, bajo la atenta mirada de países europeos.
Se calcula que solo entre 2005 y 2015 las inversiones del gigante asiático aportaron cerca de 1.700 millones de dólares por año a América Latina, superando de ese modo a organismos tradicionales como el Banco Mundial o el Banco Interamericano de Desarrollo como principal fuente de financiamiento para la región en ese período. Según estimaciones de las autoridades de comercio exterior chino, la Franja y la Ruta de la Seda podría generar el 75 por ciento del producto bruto mundial.
Mientras Xi Jinping fortalece su poder en China, el mundo se pregunta cuáles serán los próximos pasos de la potencia asiática en un momento en el que el mundo parece experimentar una transición hegemónica del sistema global, con una centralidad que desplaza su eje hacia los países de Oriente.










