Entre lo posible y lo inevitable
Desde fines del XIX y hasta mediados de la década del 70 la Argentina se caracterizó por ser uno de los países con mayor movilidad social ascendente de la región.
A partir de la larga noche que representó la dictadura cívico militar los índices de bienestar cayeron en picada y los años de ejercicio democrático no fueron suficientes para revertir esa tendencia, a tal punto que hoy los ingresos de más de la mitad de la población no alcanzan para cubrir la canasta básica.
¿Qué pasó para que una sociedad que había logrado llegar a mediados de los años 70 con una saludable homogeneidad, con un 8 por ciento de pobreza y apenas un 2,7 por ciento de desempleo, con tres de cada cuatro argentinos en el segmento de la clase media, tenga actualmente trabajadores con empleo formal por debajo de la línea de la pobreza?
Explicaciones que intentan dar respuesta a este interrogante hay muchas, tantas como interpretaciones que se hacen de la difícil coyuntura que hoy le toca atravesar al país. Pero hay una reflexión que aporta el sociólogo Lucas Rubinich, autor del libro "Contra el Homo Resignatus. Siete ensayos para reinventar la rebeldía política en un mundo invadido por el desencanto", que vale la pena tener en cuenta a la hora de abrir el debate.
En esa obra, el autor señala que su libro intenta "decir algo sobre las profundas transformaciones regresivas que produjo y continúa produciendo la predominante cultura del capital financiero, y especialmente sobre el deterioro de la noción de bien común que implica distintas maneras de agujereamiento de lo público".
Rubinich plantea preguntas para intentar entender cómo se construye lo que él llama "el sentimiento de inevitabilidad" que parece predominar hoy en nuestra sociedad, la misma sociedad que -siguiendo sus palabras- vivió durante casi 100 años un proceso de movilidad social ascendente, llegando a la década del 70 con un amplio sector de la población alfabetizada, con un mercado de trabajo prácticamente sin desocupación y con un bajo nivel de pobreza.
Poco más de cuatro décadas después de aquella foto que mostraba una sociedad con un reparto más justo y equitativo de riquezas, en la Argentina de hoy se habla por lo bajo (no se debate abiertamente y nadie lo reconocería en público) de la imposibilidad de incluir a esa enorme porción de la población que vive en condiciones de pobreza.
En ese sentido, Rubinich cita una reflexión de Rolando García, quien fuera decano de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires entre 1957 y 1966, expresada en una conferencia que brindó en 2006, para referirse a las relaciones de fuerza que existen en todas las sociedades: "Me han dicho que esto no es posible, que aquello no es posible. Desde mi perspectiva epistemológica, lo posible es una construcción. Si uno acepta la definición de lo posible que está dada en el presente es la definición de lo posible dada por los otros; uno tiene que construir su propia definición de lo posible. Las relaciones de fuerza no son inmutables. Las relaciones de fuerza son un estado y, por lo tanto, se construyen".
¿Experimentan hoy las principales fuerzas políticas del país un sentimiento de profunda resignación ante una realidad que, desde sus particulares miradas, sería imposible de cambiar? ¿Nadie se anima a ir más allá de los eslóganes que prometen transformaciones y que se utilizan cada vez que hay una campaña electoral? ¿Es inevitable que más de la mitad de la población del país viva en la pobreza? ¿No se puede hacer nada para modificar las relaciones de fuerza y avanzar en la construcción de una sociedad más justa, con menos inequidades?
Si bien es cierto que desde el regreso de la democracia se ensayaron fórmulas para recomponer el tejido social, las sucesivas medidas aplicadas no lograron sentar las bases de una recuperación vigorosa del entramado social a largo plazo. Como se ha señalado ya en otras oportunidades en esta misma columna, lamentablemente buena parte de la dirigencia política no parece tomar nota que, si se sigue por el mismo camino, la pobreza estructural crecerá cada vez más generando un caldo de cultivo para múltiples problemas que terminarán afectando a toda la sociedad.










