Quién lo hubiera pensado
Desde hace años surgieron en el Gran Resistencia algunas comunidades que, conectadas a través de las redes sociales, organizan movidas en distintos lugares del área metropolitana para hacer lo que las apasiona: competencias y acrobacias con motos.
Son, en general, chicos y jóvenes de hogares de clase media precarizada o situados directamente en el fondo de la tabla de posiciones. Lo que los obsesiona es reformar y potenciar sus máquinas, mostrarlas a los demás, tratar de ser los más audaces al momento de mostrar una maniobra osada o los más veloces en las carreras que se montan en cada cita.
Los encuentros suelen ser en sitios que se volvieron sus escenarios favoritos (algún parque, alguna avenida) y en horarios que garanticen la menor presencia posible de tránsito común y de controles policiales o municipales. Lo común es verlos en las madrugadas de los fines de semana, reunidos en un gran enjambre de motores que zumban ruidosamente.
A diferencia de otras tribus urbanas, no hay una intención directa de confrontar con el resto, con los demás. Tampoco un deseo nítido de diferenciación. Está siempre presente y percibido el rechazo de los otros, que condenan y critican lo que hacen (y de alguna manera, lo que son), pero la referencia central que los moviliza, los aglutina y los identifica es muy básica: son sus "fierros". En las páginas de los diferentes grupos los muestran como cualquiera exhibiría, con orgullo, las fotos de un hijo. No importa si se trata de un vehículo de baja cilindrada o de una máquina potente. Justamente: todos los hijos son lindos.
Los videos que postean dicen de qué se trata todo: la velocidad, la transgresión, el desafío, la victoria sobre el peligro de aquello que podría pasar y que no sucede gracias la habilidad y al temple de quien aferra los manillares.
La hora del mal
La semana pasada, algo salió completamente mal. En la madrugada del lunes 10, decenas de motos (se habla de entre 50 y 70) circulaban por la avenida Sarmiento, en dirección a la autovía, como parte de un recorrido que era habitual para ese grupo, uno de los más numerosos de la movida motoquera local. Cuando la caravana avanzaba en un tramo próximo al puente Ejército Argentino, alguien realizó una maniobra fallida y hubo choques y caídas en cadena.
En ese trance, Rolando Barrios, de 20 años, uno de los participantes, cayó con su moto. Había ido con su pareja, una joven de la misma edad que él, y con el hijo de ambos, un nene de dos años. Padre e hijo murieron casi al instante, ella sufrió lesiones graves. Otras personas solo padecieron algunos golpes.
Las dos muertes, y en particular la del pequeño, desataron un aluvión de opiniones en medios y redes. Más que nada, críticas a la falta de controles y a la irresponsabilidad de los protagonistas de estos encuentros callejeros. Hay, por supuesto, bastante de razón y verdad en eso. Pero en realidad, dejar la vida en un siniestro vial es una posibilidad que en el Gran Resistencia tiene el visto bueno oficial.
Desde hace por lo menos quince o veinte años, en la capital del Chaco la única infracción no tolerada es el no pago del estacionamiento medido. Por lo demás, está totalmente autorizado el cruce de semáforos en rojo, los giros indebidos, la circulación en contramano en amplios sectores, ir en un vehículo sin las condiciones básicas de seguridad, la marcha sin luces en las noches. Se ha naturalizado tanto todo eso, que ese cotidiano combo de conductas enfermizas no nos llama la atención.

La otra tragedia
Sin embargo, eso no es lo único y posiblemente ni siquiera lo principal detrás de la madrugada fatal del lunes pasado. Porque asoma también, en alguna medida, la otra tragedia, la más grande, que involucra a la mayoría de los niños y jóvenes de nuestro país. Hay muy poco que los estimule a algo diferente que la autodestrucción. Sobre todo cuando la realidad golpea fuerte, falta contención y los mensajes que llegan desde arriba y desde los costados no van en el sentido de la cordura y la esperanza.
A fines del año pasado se conoció un informe de Unicef sobre pobreza infantil y adolescente en la Argentina, que basándose en datos oficiales indicaba la existencia de 7,2 millones de niños y adolescentes pobres, con 2,2 millones en pobreza extrema. La clasificación de ese órgano de Naciones Unidas no solo tiene en cuenta los ingresos de los hogares, sino también factores como acceso a la educación, estado de la vivienda familiar, acceso a agua potable y cloacas, y protección social.
En el informe del Indec sobre pobreza difundido a fines de septiembre pasado, se indica que en la Argentina, durante el primer semestre de 2022, 50,9% de los chicos de hasta 14 años era pobre. Implica que en esa condición hay 5,5 millones de niños y adolescentes. Entre los adolescentes y jóvenes de 15 a 29 años, en tanto, la pobreza no se reduce demasiado: fue de 43,3%. En el Chaco, dos de cada tres chicos son pobres.
Los valores se vuelven más inquietantes si se tiene en cuenta una consideración incluida en el informe de Unicef mencionado un poco antes: para bajar la pobreza infantil a un dígito, el país debería crecer a una tasa anual de al menos 3% anual durante quince años. La Argentina nunca en su historia logró completar una racha semejante.
La gran herramienta que en cualquier país permite a un joven escapar de la pobreza, la educación, es un barco repleto de agujeros. En mayo de 2021, el Centro de Estudios de la Educación Argentina, de la Universidad de Belgrano, difundió un análisis de datos del Indec relacionados con los niveles de formación de diferentes franjas sociales, y determinó que entre los jóvenes de 25 a 29 años nada menos que un 85,8% no logró avanzar más allá del nivel secundario. Es decir, una calificación que limita muchísimo las posibilidades de acceso a empleos bien remunerados. Este mes se conoció también un estudio del Observatorio de Argentinos por la Educación, que junto al centro Cippec analizó información de la Encuesta Permanente de Hogares del período 2003-2021, determinando que en aquella misma franja de jóvenes -25 a 29 años- apenas un tercio obtuvo empleos de calidad, considerando como tales a aquellos de al menos 30 horas semanales de servicios y con aportes jubilatorios. El mismo observatorio estimó, en un reporte difundido en abril de este año, que solo 16 de cada 100 estudiantes argentinos que inician la escuela primaria obtienen el título secundario en la cantidad de años ideal.
Lo menos visible
Lo que ocurrió en la avenida Sarmiento es la parte del desastre que resulta fácil de ver. Allí hubo dos víctimas, pero con nuestros niños y jóvenes están pasando cosas incluso peores todos los días, en todas partes. El futuro se fue transformando en una calle estrechísima que pocos podrán sortear sin lastimarse o derrumbarse hacia las banquinas de la exclusión.
Pobreza, educación de baja calidad, adicciones alimentadas por personajes cada vez más numerosos y próximos, mensajes y políticas que desalientan el mérito y el esfuerzo, empleos en negro que comúnmente implican explotación, frustración constante en un mundo que todo el tiempo les dice que valen por lo que tienen y no por lo que son, una sociedad moldeada en las últimas décadas de tal manera que es de giles estudiar o trabajar, son circunstancias que marcan sus mundos.
No es solo rebeldía, ganas de morir o un deseo irrefrenable de joder. Es todo ese cóctel que durante un rato queda tapado -o se completa- con la adrenalina a bordo de la moto. Como si nadie lo hubiera podido imaginar, como si nadie lo hubiera pensado.












