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MICROGRAFÍAS

Eduardo Gómez Lestani: un chaqueño humanista

La memoria digital registra y archiva el suceso, la noticia y el guarismo, síntesis cristalizada que guarda la paradoja de su movilidad incesante, simultánea y planetaria.

Apelo a la memoria del corazón, madre del recuerdo, en orden a Eduardo Gómez Lestani, referida, puntual, a su obra teatral, género que algunos archivos no mencionan, junto a su poesía, novela y ensayo, propios y suyos.

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Cheché, su nombre-cifra de pueblo y barrio, en su duplicada intensidad etimológica: Che, en guaraní significa "mí", pero en el imperativo posesivo del sentimiento; es decir, "lo mío, de mi alma", algo como el "ser del mí". Ejemplo elocuente es el vocablo compuesto chamigo, que denota en la fusión "mi amigo" al otro fraterno, riqueza suprema del espíritu humano.
Su dramaturgia está sostenida, en sentido de movimiento dramático, por la síncopa de la oralidad y la cadencia de la cotidianidad. Sus cuatro obras —La loca de amor, El romance de la Lucía y el Moncho, La tristeza de la Emilce o el Mito de San La Muerte y Sucedió en Belén— sintetizan su don de hablar y escribir "desde el nivel exacto del hombre", como escribía y pedía León Felipe, poeta de pueblo consigo.
Su opus primera, La loca de amor, un soliloquio amoroso en clave de mujer, interpretado por Edna Obal, nuestra Giuletta Massina, y estrenado en la Peña Nativa Martín Fierro, en 1974, dirigida por Carlos Schwaderer, a pocos meses de su retorno al Chaco. Ambos, Cheché y Chichín, lograron una empatía artística, de carácter simbiótico. La pieza fue escrita para ella, pues el autor pensó en esa actriz puntual: el homenaje de un admirador a una artista de admirable ductilidad.
La confesión de un enamoramiento supremo y sacrificial que habitó un cuerpo de 1,52 de estatura, al subir a la escena. El resto, era una hora expandida por un histrionismo de transfiguración vertebral: un vértigo dentro de un camafeo. La Obal, valga el término, sangraba en su misa de amor ritual el clamor de la condición femenina en su holocausto de sacrificio elegido. El texto estaba encarnado y activado al grado cero de la actuación. Y dicho con el habla diaria de una mujer que la eleva a una poética de sencilla elocuencia. Nadie, después de Chichín, se animó con la pieza.
La segunda puesta, El romance de La Lucía y el Moncho, una comedia costumbrista, ambientada en una villa del Gran Resistencia, y actuada por Gladis Gómez y Carlos Schwaderer, quien, además, la dirigió, fundadores del reciente Grupo Uno de Teatro. El vínculo juvenil y esperanzado de una pareja de ganapanes en trance de resistencia simultánea, dentro del microcosmos de una pieza construida a moneda sobre ladrillo. Gómez Lestani dinamiza a un dueto de seres, confirmados en su sentimiento auténtico de sencilla esperanza, confirmado en su destino compartido a desnuda realidad, que intenta redimirse de su pobreza dándose en la empresa a dúo del amor que les hace la primera voz. Tierna y ágil, hilarante por momentos, plena de giros del "ñeri" nuestro, establece un contrapunto de un hombre y una mujer, a la intemperie de su circunstancia, que no bajan los brazos porque les preocupa el tiempo de construir que tienen por delante. Le segunda versión escénica tuvo a Susana Delgado y Luis Barraza, como dueto actoral, bajo dirección, también, del mismo Schwaderer.  
El tercer montaje, denominado La tristeza de la Emilce o el Mito de San La Muerte, con el protagónico de Chichín Obal, dirección de Héctor Veronese, elenco del Teatro Universitario, (José Fuentes, Eduardo Jara, Alfredo Imfeld, Carlos Canto, Ricardo Bosch y la abuela Lina Soto, madre de Juan Carlos Soto, entre otros), la música del Grupo Vocal Sandino, integrado por Carlos Caputo, Ricardo Lombardo, Marcelo Grioni y el autor de ésta nota.
El sincretismo religioso de Gómez Lestani, médico sanitarista, de formación rural, discípulo de Ramón J. Carrillo, asesorado por Ertivio Acosta, su gemelo de investigaciones sobre mitología afroguaranítica, ofreció el despliegue de leyendas, simbologías y "sucedidos" en torno del mito y el arquetipo universal, mestizado en la cultura chaquense. Su estreno tuvo lugar en el Santuario del Señor de la Buena Muerte, erigido por Doña Cecilia, en Villa Centenario.
La última representación de su ciclo teatral integra a Sucedió en Belén, un auto religioso, a la manera del misterio medieval, llevado al ámbito inmediato, a través de una gira por las plazas de nuestra urbe, donde participé de su puesta itinerante. Centrado en el Evangelio neotestamentario y en sus fuentes apostólicas, movilizó la epifanía cristiana a un lenguaje preciso, despojado y poetizante. La puesta correspondió a Carlos Schwaderer y la dirección de actores a Gladis Gómez, al frente del Instituto de Teatro del Chaco. Cabe consignar que la totalidad de las obras fueron escritas y representadas en la década del setenta.
Incluyo en éste reminiscencia sentimental de Cheché a dos trabajos suyos que, en ocasiones, no se citan: El Chamamé, un mito de ascensión, ensayo antropológico-cultural sobre el género identitario del pueblo correntino. Interpreta y arriesga que el Chamamé, en su contexto específico, constituye un género que se autoimpulsó con un mandato misional, convencido de su importancia y en desafío abierto a la segregación clasista de las élites nativas y los mandarines culturales. Asevera que un  proceso similar y ascensivo, sufrieron el tango, el blues y el jazz, respectivos, que lograron "subir" desde el pueblo a la sociedad de su época, por genio propio, transgredir los límites sectarios y convertirse en signos de arte mayor en el mundo, sustentados en su victoriosa vigencia planetaria.
El otro, un rescate de poemas, organización del discurso y edición personal de la obra íntegra de Mario Nestoroff, su amigo, paciente y poeta distinguido por su amistad. Un verdadero acto de justicia y homenaje imprescindible al lírico peregrino de Las Breñas. Antes, publicó una antología mínima de Marito, así lo llamaba, durante su gestión de Subsecretario de Cultura (1987-1991), primer formato de poemas clásicos, como Oda elemental al mate, Mi traje gris y El taller del Maestro (Domingo) Arena, entre otros.
Su producción integral incluye los poemarios Del Uno a la multitud y Odas populares  y las novelas Crónica del monte y Los envenenados y los ritos.
En suma, fue un polígrafo que reunió en su tarea de médico, escritor, poeta, dramaturgo, investigador y militante del Justicialismo, la fecunda, humilde y silenciosa vocación de humanista.

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