En la barbería

El cliente abandona la sala de espera y pasa por la puerta que el barbero gentilmente ha abierto y cierra a sus espaldas. Adentro hay un olor a la vez vago y picante a pelos, a jabones y colonia. El barbero indica con un gesto el sillón, donde el cliente se recuesta. Moviendo con manos hábiles y rápidas un par de palancas, después de atar la toalla alrededor del cuello del cliente y de acercar una vasija con agua caliente, consigue tenerlo en la posición deseada: entre sentado y acostado.
El cliente se relaja sobre la blanda y cómoda superficie del sillón, acunado por la música suave que se desprende de una radio ubicada sobre una de las tres pequeñas repisas de mármol que rodean el sillón. Antes de entrecerrar los ojos, ve su figura, varias veces repetida en los tres grandes espejos, de reflejo impecable, que van desde las repisas al techo, y al barbero multiplicado que se inclina sobre él con la navaja.
A partir de entonces, sólo tiene sensaciones táctiles o auditivas, el raspar o el patinar suave de la hoja de acero sobre las mejillas o la nuez, y el sonido a veces suave, a veces áspero. Poco después lo invade también el olor de la crema que le cubre la cara. Ha apoyado las manos en los posabrazos del sillón, y tiene las piernas estiradas al máximo, con los pies descansando sobre un rectángulo de goma y acero que le hace recordar los estribos de los coches antiguos.

De pronto siente que hay un minúsculo detalle adverso y entreabre los ojos. En efecto, el barbero, con una sonrisa amable, le está alcanzando un pequeño trozo de papel o gasa, y le pide que por favor lo sostenga sobre un delicadísimo corte que le ha hecho bajo la oreja derecha. Al cliente, casi adormecido, le cuesta un poco de trabajo la simple acción de levantar la mano y el brazo hasta ese punto, pero obedece, y vuelve a entrecerrar los ojos, sin hacer caso de la sonrisa y el murmullo de disculpa del barbero.
Tal vez llevado por la imagen de los estribos de los automóviles, recuerda la infancia. Ve con una nitidez y unos colores desacostumbrados una vieja calle de tierra, a la hora de la siesta, en la que parecen mezclarse el polvo y la luz del sol para crear una gama densa y caliente de colores amarillos, anaranjados, marrones, de la que parecen participar hasta los árboles que inclinan las ramas sobre los zanjones. La calle está completamente desierta, y sin embargo sabe que el que mira es él, aunque sigue recordando que está en la barbería. De pronto oye el sonido de un motor en la calle vacía. Lo más probable es que se acerque por una calle lateral, porque no alcanza a ver el menor movimiento en toda la perspectiva del paisaje marrón y amarillo, de la doble hilera despareja de árboles inclinados. En el momento en que advierte que también podría venir desde atrás y va a darse vuelta, lo saca de la imagen un leve sacudón en el brazo derecho.
En un primer momento, desconcertado, se ve a sí mismo en el espejo de la izquierda, en una larga hilera de repeticiones en disminución, que relaciona con la calle perdiéndose de vista, y hasta llega a esperar que ese personaje cómodo, un poco enjabonado, reaccione. Después logra girar la cabeza y ve el rostro del barbero, aumentado, que con una sonrisa le alcanza otro

trocito de gasa o papel, indicándole ahora la oreja izquierda. Un poco molesto, se da cuenta de que ha dejado caer el otro brazo, y que desde la parte inferior de la oreja derecha le corre un hilo de sangre. En la bruma amarillenta de la visión que aún lo rodea, no puede distinguir si está seca o fresca. El barbero no ha advertido su molestia y con un gesto de la cabeza, sonriendo, parece indicarle que no se preocupe, que se recueste y, eso sí, sostenga la gasita bajo la oreja izquierda, donde hay un minúsculo corte.
Entrecierra los ojos y por unos instantes cree haber perdido la calle de la infancia. Pero sólo ocurre que la está viendo por la noche, y que dos de los tres focos de esa cuadra están rotos. Poco a poco va advirtiendo el resplandor del tercero, que filtra su luz a través de las ramas de un árbol. Después oye un tejido leve y completo de ruidos de grillos, ranas zambulléndose en los zanjones, y los pasos de alguien que no puede ver, recorriendo con calma una de las veredas hundidas en la sombra. Le llama la sombra. Le llama la atención un bulto sobre la orilla derecha. Es un automóvil, aunque resulta imposible deducir si se trata del que oyó antes. Por la forma cuadrada y sólida, cree poder afirmar que se trata de uno de esos modelos antiguos, con estribos semejantes al rectángulo de goma sobre el que descansan sus pies en la barbería. Tiene la intención de acercarse y comprobarlo, pero no puede moverse, una inmensa lasitud lo embarga, y la leve molestia de no poder cumplir con su deseo le hace entreabrir los ojos.
En los dos espejos laterales puede verse a sí mismo con los brazos, un hilo de sangre que baja de cada oreja y otro, más amplio, que se abre en la garganta. Busca con la mirada al barbero, esperando verlo acercarse con un algodón o una gasa un poco más grande, y su reconfortante sonrisa de disculpa. Sólo logra ubicarlo cuando mira el espejo frontal, al que, curiosamente, no había dirigido los ojos hasta entonces.
Lo ve detrás del sillón, cruzado de brazos, con una tijera curva en una mano y la otra descansando sobre la túnica blanca. Al parecer ha captado su mirada en el espejo frontal, porque el rostro se abre en la esperada sonrisa de disculpa. Pero no se mueve. En cambio, algo oscuro llama la atención del cliente al costado derecho del sillón. Advierte que es una mujer delgada y morena, vestida de negro, muy probablemente la esposa del barbero. La mano delgada y blanca de la mujer se adelanta con una toallita y le enjuga la sangre de la garganta.

Al parecer no le preocupan los dos hilos que corren bajo las orejas, aunque al pensarlo advierte que la previsión del barbero lo ha llevado a ubicar ya dos trozos de gasa debajo de ellos, sobre los hombros cubiertos por la gran toalla blanca, para que vayan absorbiendo.
En otra situación, el cliente se arrancaría del sillón de un salto, pediría explicaciones en voz alta al barbero, haciendo que en primer lugar se retirara esa mujer, cuya presencia es injustificable. Pero una dulce lasitud lo invade, le es imposible siquiera cambiar de posición en el sillón. Un segundo después de entrecerrar los ojos, ve que el barbero, consciente de la inutilidad de seguir usándola, abandona la sonrisa.
Ha esperado refugiarse en la calle, pero al mirar no alcanza a ver ni siquiera la confusa forma del coche estacionado, y los sonidos han desaparecido casi por completo. Calcula que se acerca la madrugada.










