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Hugo Blotta, el insistidor

Un hacedor, publicista, docente, artista, director, formador de talentos, autor, un tipo comprometido con las artes escénicas como excusa para involucrarse en causas nobles más allá del ámbito artístico. 

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Conocí a Hugo a mediados de los años ´80, luego del regreso a la democracia, ya que siempre tuve inquietud y admiración por el escenario, lo teatral, lo grupal. Estaba ligado a todo el nuevo movimiento rockero posdictadura de Resistencia (en su mayoría bandas nuevas como Arcángel, Karion, Armagedón, Los Ladillas –de Pepo Bianucci y Cia-, Karma, etc) y la Sala 88 tenía su sede en Saenz Peña al 250. En ese espacio vi varias obras teatrales locales y de Buenos Aires, como la escandalosa y ultracensurada "La lección de Anatomía" (con actores desnudos), presentada primero por un grupo porteño y luego protagonizada por un elenco local, con cuidados pertinentes (no olvidemos que hasta el libro "El Principito" de Saint Exupery fue prohibido durante la dictadura cívico-militar). 

El espacio para el rock siempre fue "la placita España", los domingos a la tarde, pero faltaba un lugar nocturno para "montar un buen show" con luces, humo, "efectos especiales", como los que se hacían en Baires y veíamos por tv, o a través de revistas como Pelo, Humor, Crisis, Fin de Siglo, El Porteño, entre otras.

Fuimos en grupo a hablar con Blotta (con todo lo que significaba: tenía fama de gruñón, muy estricto, tipo jodido, diríamos) pero de movida dio el sí para hacer algo en su sala, "antes de la función teatral de los sábados". Era una buena manera de acercar a jóvenes y adolescentes al teatro. El que suscribe oficiaba como especie de "manager y productor" de Arcángel, banda integrada por Pepe Aguirre (compañero de secundaria) en voz y guitarra; Pomelo Collante (amigo, gran bajista); y el Pelado en batería. En la sala de la Sáenz Peña (frente a Secheep) el hall estaba en planta baja y "el teatro" en el primer piso. Los sanitarios eran un reducto "tal cual" el baño de un avión (toda una rareza), conseguidos (creo) por Elsa Zucatzky, integrante activa de la Cooperativa Teatral.

La capacidad de la sala no pasaba de las 50, 80 butacas (sillas), por lo que todas las entradas se vendían (lo hacía cada banda: lo que se recaudaba iba en parte para el grupo y en parte para la sala). La convocatoria fue de menor a mayor: en un principio costó, porque a los "pibes y pibas" (ya había grupies, seguidoras de las bandas, y fans) les costaba ir al centro (en su mayoría eran bandas de barrios periféricos) y salir de noche, a ir a escuchar rock, tras la noche oscura del Proceso, no estaba muy bien visto que digamos (era más normal ir a un boliche, un bar de la Güemes, o a la Pampers de Lucho, por Sarmiento). Algunos sábados o domingos que el rock tenía su lugar luego de las funciones teatrales para niños, por la tarde; luego venían las bandas y luego las obras de adultos.

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Me fui enchamigando con lo que se hacía en "la Sala", ya que tenía amigos que hacían teatro, y además, el recordado "Negro Aguirre" (padre de Pepe), socialista y además impulsor de la movida, tenía su local de estampados de remeras, llaveros, etc, justo al lado del teatro.

Luego, con la apertura de bares y otros espacios donde tocar, donde "hacer rock" (como el Sindicato de Canllitas, por ejemplo) y por mi ingreso a la universidad (la UNNE también fue abierta al rock) dejé de tener contacto con Blotta, pero quiso la vida que, tras mis inicios laborales en el periodismo en Corrientes, en Radio Capital, entre otros medios, volviera a Resistencia a trabajar en Radio Libertad, donde Hugo era el jefe de publicidad; y director otro maestro en la comunicación, Manuel Edgardo Bordón, el recordado Manolo. 

Otra personalidad fuerte y de temer (en principio), en la recordada y pionera emisora de Pellegrini y Brown, primer piso, la radio de las noticias. En los micrófonos del estudio estaba siempre pegado un cartel con la actividad teatral de Sala 88 (que todos los locutores, conductores, programas, debían leer, sí o sí). En ese entonces el teatro funcionaba en avenida 9 de Julio al 1000, frente a lo que ahora es el Nuevo Perrando. Tras la crisis del fin del alfonsinismo y el principio del menemismo, su política cultural llevó a cerrar salas, cines, teatros, etc: culturicidio, al decir del profe Teté Romero

Como nuestro trato era cotidiano en la radio de Manolo (solamente había tres efe emes: Del Sol, Resistencia, y Libertad, además de la am Chaco), y ante el cierre de El Territorio (donde Blotta trabajó muchos años, justo al lado de Libertad), armamos sorteos de entradas para la Sala, entrevistas a los actores para difundir su nueva ubicación (difícil, pues estaba "fuera de las cuatro avenidas") y promocionar tanto las obras que se representaban como los cursos que se dictaban. 

De esa generación de nuevos actores no puedo dejar de mencionar a Pedro Monzón, Néstor Roa (que ya trabajaba con Hugo) el recordado Magu Sánchez, Valeria Schanton, Patricia Vargas, Felicitas Romero (arquitecta y maestra de yoga), Alfredo Globo Ayala, Luis Argañaraz (excelente escritor), Pablo Barbetti, Chela Monzón, entre otros. 

En ese espacio, Blotta me enseñó a hacer una gacetilla de prensa, por ejemplo. Teníamos un archivo de las notas publicadas en Norte, único medio escrito luego del cierre definitivo de El Territorio. A falta de medios, a Hugo se le ocurrió la genial idea de "hacer prensa" en el centro: entregar folletos y volantes "disfrazados y vestidos" como en las obras, en la esquina de Antártida Argentina (Illia) y Alberdi, en calzados Rallys, frente a Iñíguez, durante la mañana de los findes. 

El trabajo era arduo, pues con el "perfil cultural impuesto" (se cerraron todos los cines de la ciudad) era más que difícil llevar gente a ver una obra de teatro. Hugo entonces, entabló diálogo con las escuelas privadas creadas durante el menemismo. Dar clases, hacer funciones en los establecimientos privados, fue otro desafío. O venderles funciones (a la mañana, tarde o noche) para que asistieran a ver obras que tenían que ver con la realidad juvenil, adolescente. 

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Hablamos de principios de los noventa: "Cómo te explico", "El agujerito finito", "El heroico Bairoletto", fueron algunas obras que funcionaron muy bien, igual que los títeres. La Sala 88 de la 9 de Julio se convirtió en un faro cultural en medio de la oscuridad del mercado liberal reinante. Trajimos (aramos, dijo el mosquito) a Markama, por ejemplo. Antes ya habíamos tenido una experiencia en el Domo del Centenario, con Facundo Cabral. Por iniciativa propia, y ayudado por los amigos de la Cámara de Diputados (donde muchas veces hacíamos los volantes en fotocopia o en rotaprint) dimos, casualmente y por iniciativa de quien esto escribe, "el primer curso de diseño periodístico", en épocas que no existía internet, ni Corel, ni Photoshop, con un tal Panta, que hacia una revista under que adquirí en el Parque Centenario, Baires.

Entre otros, allí escribía el amigo Claudio Fernández, eximio peluquero canino, hoy impulsor cultural desde su reducto, el Macedonio Bar, por López y Planes al 571, otro punto de encuentro inefable hoy en nuestra capital. Un éxito del primer curso de diseño gráfico: asistieron veintidós personas, un sábado por la mañana. En la sala de la 9 de Julio también se hizo (se gestó, con Hugo como impulsor) la primera ópera rock del Chaco: "Avanza", con actores y músicos como Horacio Guillé y Javier Oteo, entre otros.

Pero no todas eran buenas: "Hoy hicimos sapo", se escuchaba habitualmente (hacer sapo en teatro es decir que "no vino nadie", o vinieron, cinco, diez personas). Era difícil decirles a los "nuevos actores" que aunque asistieran cinco, en una sala para cien, la obra se debía hacer igual. Ese era trabajo de Hugo. Como un dt de fútbol, puteaba primero (yo, encargado de la prensa, me hacía responsable), y luego alentaba a los actores a "hacer la obra, sea para cinco, sea para cien". 

Por supuesto, en ese espacio no faltaron el rock ni los recitales: desde mi lugar en Libertad hicimos un "fanzine" (especie de revista) llamado "Batiendo la Justa Gráfika", el nombre del programa que hacíamos en la radio con el querido colega y amigo Marcelo Ameri los domingos por la noche. Arcángel tocó en ese lugar.

Hugo, siempre con el apoyo de su esposa Sarina, eterna compañera (a quien conocí antes que a Hugo, por cuestiones familiares). Eran memorables las celebraciones de fin de año "en lo de los Blotta", en la Liguria, o los 20 de julio, día del amigo y de Sala 88. Siempre ese espíritu cooperativo, a la canasta, pero Sarina, una inmensa, reparaba en todo y le sumaba más al festejo. Igual que en la casona de los Schanton, se llenaba de alegría, música e improvisaciones hasta la madrugada.

Luego la sala se mudó (el alquiler de la 9 de Julio se hizo insoportable) y fuimos a un pequeño espacio por avenida San Martin casi Obligado, al que ya se sumaron otros artistas para hacer escenografías, carteleras, etc. Pintores, muralistas. El tema era resistir, insistir. La mudanza, como siempre, con la ayuda de padres y amigos (nadie olvidará a Hugo montado en su Honda 100 rojiblanca, su morral colgado, su barba y su pelo largo surcando la ciudad). Con "la Peugeot" de Pablo Barbetti y mi vieja F100 hicimos gran parte de esa mudanza, igual que cuando nos cambiamos al "espacio definitivo" de calle French: eran dos canchas de paddle, donde primero se hizo un depósito, un pequeño camarín, y el escenario, "porque el teatro debe continuar", decía Hugo. 

Así fue que una tarde de domingo invernal, a la siesta, el mismísimo Roberto Tito Cossa (autor, entre otras, de "La Nona", impulsor de Teatro Abierto durante la dictadura), estuvo sentado allí viendo una obra para chicos.

Hugo Blotta fue el primer director del Cecual, cuando funcionaba en el viejo club Progreso. Fue impulsor de la ATTACH. Me decía; "¿Viste, Bonastre? Todos dicen que apoyan al teatro, pero en todos estos años cuántos funcionarios viste asistir a una función?" (salvando a Daniel San Cristóbal y Juan Manuel Pedrini, entre pocos). 

Hablar de Hugo Blotta es hablar de teatro en el Chaco. Como Gladys Gómez, Carlitos Canto, Coco Barreda, Emilse Isnardo, Pachín Verón, Wierlein, de la capital y el interior. Y antes hubo radioteatro. Y los nuevos, como Rubén Leyes, Pedro Monzón, Alfredo Globo Ayala, Aníbal Fredich, Carlos Camargo, Javier Lúquez Toledo, Mamacha Massín, Elcida Villagra, Julieta Ayub, Pazi Moressi. Y las hijas de "Blottus", Rocío y Maia, que llevan su sangre, que continúan su obra. Hugo Blotta es además pasión por lo que uno cree, trabaja, defiende y trasciende. Para mí, la vida de HB tiene la misma trascendencia que la del gran Aledo Luis Meloni, o la de Fabriciano, en otras artes. Y Hugo, por último, fue, es y será mi amigo. Por lo poco escrito, por los muchos momentos vividos, las charlas mantenidas, el trabajo sostenido, los encuentros de teatro en el interior, los viajes.

Estas palabras no son un homenaje a HB, tampoco al teatro local, ni quieren serlo. El teatro es soñar, el teatro es pasión. El arte es imposible, escribir es imposible, salvo cuando aparecen tipos  como los Blotta. Un laburante al que tuve el gusto de conocer, tratar, respetar, que me respete, por lo que siempre será mi amigo y mi maestro. No lo duden: siempre seré un humilde y orgulloso aprendiz de Hugo Blotta.  

Memorias

Mario Guillermo Quinteros, periodista, artista visual: "Pocos creadores como Hugo pudieron encontrar el punto exacto entre la producción individual y la apuesta colectiva. En general, lo que podemos ver es que muchos artistas dejan de trabajar por el conjunto para dedicarse a sus propias obras, a sus intereses individuales o de su grupo cercano. No fue el caso de Hugo. Quizá Sala 88 sea lo más evidente, pero tanto o más importante es el esfuerzo y la energía que puso para todo el teatro chaqueño, sin miramientos de estéticas, tendencias o ideologías. Su legado es, quizá, eso mismo: cómo construir para todos y que, en ello, también se construya su propio sentido de estar en el mundo. El teatro chaqueño jamás podrá terminar de agradecer –y de comprender- tamaña generosidad".

Marilyn Cristófani (exactriz, funcionaria provincial, distinguida por la UNNE, presidenta del Club Social Resistencia): "Amó el teatro como a su familia, fue trabajador incansable. Detrás de la voz que parecía gruñona y el gesto adusto y sin contemplaciones, había un corazón tierno y lleno de sueños. El teatro del Chaco tiene a Hugo Blotta, sin dudas, como uno de los grandes exponentes de su historia".

Néstor Roa (actor, exdirector de cultura Puerto Vilelas, compañero de ruta de HB): "Hugo fue el teatro en movimiento. Lo que se aprende en teoría, él lo llevó a la práctica, porque en el teatro hay todo un trabajo antes y durante de una obra. Y eso él lo hacía. Y, fundamentalmente, fue un ser humano que no tenía doble discurso, que era de una. Fue el que me marcó como actor y como trabajador teatral. En mi vida actoral, fue un antes y un después, fue pura enseñanza, un gran maestro y compañero".

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