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¿Se mira hacia arriba?

"No miren arriba" fue una producción a la que Netflix apostó mucho. Se estrenó en 2021, con la idea de que fuera la primera creación de la plataforma de streaming capaz de ganar el Oscar a la mejor película. Finalmente, tuvo una repercusión dispar, pese a un guion jugoso y a actuaciones brillantes de sus varias estrellas, como Leonardo Di Caprio, Meryl Streep y Cate Blanchett.

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Dirigida y escrita por Adam McKay, plantea con sarcasmo y mucho pulso la historia de una catástrofe planetaria anunciada: un cometa de grandes dimensiones se dirige directamente hacia la Tierra, y dos científicos descubren esa circunstancia.

Cuando logran informar del hecho a la presidenta de los Estados Unidos, la reacción no es la que esperaban. Tampoco sucede lo que pensaban cuando llegan a los grandes medios de comunicación. Ni siquiera cuando el asunto se desparrama en las redes sociales. El anuncio, que se suponía terrorífico, se convierte en una cantera de memes.

El gobierno busca en todo momento desdramatizar la situación. "¿Sabés cuántas reuniones sobre el fin del mundo hemos tenido?", le contesta la presidenta (el personaje de Streep) al doctor Randall Mindy (Di Caprio) cuando éste le advierte sobre la gravedad de lo que se cierne sobre el mundo. Y todo se complica más cuando un gurú tecnológico y megamillonario descubre que el cometa contiene minerales que representan una riqueza económica inconmensurable. 

Entre las dudas, la manipulación y las ganas de creer que nada malo sucederá, la sociedad continúa con sus rutinas. La posibilidad de que todo acabe convive pacíficamente con las preocupaciones infinitamente más livianas de la cotidianidad (no hay spoiler aquí: la trama fundamental del film es todo lo que se desarrolla sobre esos ejes y su desenlace).

La Argentina

La película de McKay lleva consigo todas las metáforas que uno quiera ver en ella. La Argentina del presente calza con fluidez asombrosa en la más automática de todas. Hay, para qué negarlo, una sensación de cataclismo inminente del que se habla poco o con alusiones eufemísticas. En algunos casos es el intento de negar el riesgo; en otros es un entendible –y quizá valorable- acto de responsabilidad para no avivar la angustia colectiva.

Lo que no se percibe, ni en unos ni en otros, es que mientras tanto detrás de las pantallas toda la estructura política e institucional de país esté puesta a disposición de hallar las maneras de evitar que lo peor suceda. 

En el caso del gobierno nacional, la llegada de Sergio Massa al gabinete de Alberto Fernández, previo acuerdo con Cristina Kirchner, parecía una jugada orientada a, justamente, asumir el incendio y montar un operativo que lo sofoque antes que las llamas se salgan de control. Pero el nuevo ministro de Economía no generó hasta ahora más que algunas medidas aisladas, ciertas inconsistencias y muchos interrogantes. Es verdad: Massa juró en su cargo apenas once días atrás, pero ya se sabía que la crudeza de la crisis no iba a dejar margen para largas esperas. 

Por otro lado, los anuncios conocidos no aparecen como parte de un plan económico integral, formulado como para un cambio profundo en el rumbo. Tampoco están los gestos políticos de otros tiempos, cuando ante una zozobra generalizada los funcionarios y legisladores tomaban medidas de recorte de sus propios gastos. Se anunciaban en esas ocasiones reducciones en beneficios; tijeretazos en gastos de telefonía, viajes, viáticos, combustibles y refrigerios; supresión al máximo de gastos superfluos. Podas presupuestarias que no representan mejoras significativas en las finanzas públicas, pero que al menos muestran empatía con los padecimientos del ciudadano común. Ése que, por no ser parte del Estado, no sabe si el mes siguiente tendrá su empleo y su salario, o si podrá mantener con las persianas levantadas su emprendimiento.

Dos realidades

La oposición tampoco da la impresión de estar enfocada en lo importante. Los días recientes, por el contrario, mostraron en el orden nacional un renovado entusiasmo por el internismo y el celo en los posicionamientos personales rumbo a 2023.

Es cierto que la puja por los cargos es una parte insoslayable de la vida democrática, sustentada en gran medida en la vitalidad de los partidos políticos, pero la sensación es que en medio de una crisis monumental, las aspiraciones personales y sectoriales no están a un lado del drama nacional de pobreza, inflación y atraso, sino muy por delante. Si entre quienes gobiernan y entre quienes aspiran a reemplazarlos lo que más desvela son los lugares en que cada uno de ellos caerá parado el año próximo, ¿quién se ocupa de lo que les urge a los ciudadanos? 

Uno se pregunta, a veces, si verlo de esta manera no es simple dramatismo. El cometa existe, pero ¿será tan grande como dicen? ¿Nos impactará o solo pasará cerca? Y si impacta, ¿será para tanto? Si los que tienen que hacerse cargo de la amenaza se lo toman con tan poca ansiedad e incluso nos dan buenas noticias, ¿será que realmente el problema es extremo?

El Indec nos acaba de decir que la inflación de julio fue el índice mensual más alto de los últimos veinte años y que la variación interanual de precios ya rompió la barrera del 70%; Unicef informó casi al mismo tiempo que en el país hay un millón de niños que por la falta de recursos de sus padres se saltean al menos una comida al día; y se anuncia como una gran cosa que los jubilados que cobran el haber mínimo pasarán a percibir 50.353 pesos, menos de la mitad del costo de una canasta familiar básica. ¿El cometa está lejos o cerca? 

Del lado del optimismo, el gobierno menciona otros indicadores, como que en el semestre septiembre/21 – febrero/22 la generación de empleo privado fue la mayor desde 2011; o que la economía se mantiene en crecimiento, como resaltó Alberto Fernández en su visita a Villa Angela. Aquí mismo pasan cosas importantes: se acaba de anunciar que en noviembre se licitarán las obras para las circunvalaciones del segundo puente Chaco-Corrientes.

Sin embargo, la disponibilidad misma de Cristina para la llegada de Massa al gobierno, su implícita aprobación para el ajuste tarifario que se viene y su silencio consentidor ante las perspectivas de un ajuste del gasto que hasta hace poco era mala palabra en el núcleo K, no son concesiones casuales.

Ahora que se teme por lo que fermenta a nivel social, la realidad no dejó margen más que para lo razonable. Solo que ahora, con décadas haciendo creer que un país puede funcionar con solo emitir moneda y endeudarse a fin de sostener un gasto público incontrolado, lo razonable es también inescindiblemente doloroso. Y, en consecuencia, también es totalmente inconveniente en términos electorales. Es la gran disyuntiva del oficialismo.

Algo parecido le sucederá a Juntos por el Cambio cuando en la campaña deba decidir si prometerá convertir mágicamente a la Argentina en Disneylandia, como prometió el Frente de Todos en 2019, o si basará su campaña en la verdad. Y nosotros, los electores, ¿qué haremos? ¿Miraremos hacia arriba o hacia los costados?

Omar Zenoff, un hombre de otro tiempo

En la semana que pasó, la noticia del fallecimiento de Omar "Necho" Zenoff entristeció a todos quienes hacemos NORTE. Pero sobre todo, su partida es una pérdida enorme para la comunidad de Las Breñas, a la que tanto amó, y para todo el Chaco por su aporte al conocimiento de lo nuestro.

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Omar Héctor Zenoff fue un gran colaborador de NORTE a través de la agencia que tenía a cargo en Las Breñas.

Zenoff fue, sin dudas, un hombre de otro tiempo. De las épocas en que el trabajo y la honestidad no eran cuestiones discutibles, de los años en que entender la vida como un servicio era un acto de elevación moral y no una contrariedad.

Inteligente, culto, disciplinado, responsable, Zenoff se ganó el respeto y el cariño de todos, pero principalmente de quienes más lo conocían, la prueba de fuego que pocos superan. Apasionado de la historia –la de su familia, la de su pueblo- y del entorno, su labor como diácono de la Iglesia Católica lo completaba. Asistir al prójimo, escuchar la angustia del otro, confortar a los desahuciados, también era parte de su andar. 

Lo recordaremos siempre, con sus textos prolijos, su obsesión por la corrección y la precisión de los detalles, el decir de maestro, la sonrisa franca, su porte impecable y la palabra de aliento siempre lista para ser dicha.

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