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Escape por San Telmo

El vuelo desde Resistencia aterrizó a las ocho de la mañana en Aeroparque. No me importó pagar un precio altísimo por adquirir el boleto sobre la hora y sentí un gran alivio al conseguir el lugar. Lo único que me importaba era alejarme de los lugares habituales y Buenos Aires era ideal. Los mensajes que me llegaban cifrados, apenas perceptibles para otros, me resultaban muy evidentes. Toda mi vida se encaminaba inercialmente en una dirección que no podía determinar si era buena o mala, y me producía pavor. Aunque no lo conocía al tipo, me resonaba fuerte el nombre de Tondestín, y la sensación de sentirme perseguido por él era permanente. Tenía que irme, salir unos días, interrumpir la sucesión de acontecimientos que me estaban conduciendo quien sabe a dónde, alejarme de sus apariciones veladas, de su control subliminal e irresistible.

Salí a la vereda del aeropuerto, miré para todos lados, y me encaminé hacia el primer taxi de la fila junto al cordón. El viaje me resultó casi tan costoso como el pasaje aéreo, pero estaba decidido a no ahorrarme gastos con tal de ganar un poco de paz. Fui directo a un hotel de Azcuénaga, a media cuadra de la avenida Rivadavia, e ingresé rápidamente, luego de verificar que no hubiera ninguna cara  sospechosa en las inmediaciones.

Me sentí seguro por un rato, pero para el mediodía pensé que sería mejor fusionarme con la multitud de las calles porteñas y salí caminando por avenida Rivadavia hacia la plaza del Congreso. La multitud de peatones me hacían sentir seguro e inadvertido. Tondestín no esperaría que yo estuviera en Buenos Aires, ni tampoco podría reconocerme envuelto entre tanta gente. Al llegar a la plaza, encontré una parada del City Bus amarillo, que recorre las zonas turísticas de la ciudad, y me pareció buena idea tomarlo para no permanecer estático y ser un objetivo fácil.

Me bajé en la esquina de avenida Belgrano y Defensa, en la puerta de entrada a San Telmo, y de inmediato ingresé al atrio del Convento de Santo Domingo. Di un par de vueltas alrededor del mausoleo donde están los restos del General Manuel Belgrano, a fin de poder observar todo el panorama. Muchas personas, sobre todos niños de escuelas primarias, hacían lo mismo, de modo que me encontraba resguardado.

Ya tranquilo, comencé a caminar por las veredas angostas de Defensa, aunque a veces debía largarme por el adoquinado de la calle, cuando peatones en sentido contrario se pegaban a la pared y no me dejaban opción. Aprovechaba esas bajadas para mirar disimuladamente hacia atrás y constatar que no había rastros de nadie que pudiera ser Tondestín. No sabía cómo era, pero estaba seguro de que si lo veía, lo reconocería.

Al llegar a la esquina de Chile hice una breve escala en el Paseo de la Historieta. Me acerqué al banco donde las esculturas de Mafalda y sus amigos dan lugar a su lado para las fotos y luego caminé treinta metros a mirar la placa de homenaje en el edificio donde vivía el dibujante Quino, y de paso poder visualizar desde ese lugar si no estaba siendo perseguido. 

Luego volví a mi itinerario por calle Defensa. Ingresé en el Mercado de San Telmo, atestado de gente, bajé por las escalinatas, recorrí los puestos de verduras y carnes y los negocios de comidas. Encontré un lugar disponible en una barra con una banqueta alta que miraba hacia el local, que me dejaba sin visión del gentío, lo cual me inquietaba. Igual, pedí un vaso de cerveza y dos empanadas de queso azul y nueces, aunque cada tanto daba media vuelta para mirar atrás. El bullicio era infernal y el tránsito de personas interminable. Cualquiera podía ser Tondestín. 

Al terminar mi almuerzo, para despistar, me escabullí por la salida lateral de la calle Estados Unidos, luego retomé Defensa, y caminé las dos cuadras hasta plaza Dorrego. Había una multitud, la mayoría turistas extranjeros comprando artesanías en los puestos que rodean el predio. En el centro, entre las mesas de los bares, unos bailarines firuleteaban al ritmo de "Por una cabeza". Me senté a una diminuta mesa redonda, mirando hacia la zona desde donde venían la mayoría de los paseantes, y pedí un café. Los anteojos oscuros me ayudaban a mantener una mirada panorámica, pero me centré especialmente en esa dirección. Veía muchas caras y miradas extrañas, pero ninguna que me causara zozobra.

Después de un rato, me levanté y empecé a caminar por el centro de la plaza, esquivando a la muchedumbre que iba y venía. De repente, a unos treinta metros, vi a un tipo de espaldas, con una especie de túnica celeste pálido que casi llegaba hasta el suelo, de cabellos largos y canosos, que me estremeció, como si un doberman me hubiera exhibido los dientes. Mientras me preguntaba si sería Tondestín, apuré mi marcha al otro lado y al llegar a la vereda de Defensa tomé rumbo hacia la avenida San Juan. Fui acelerando progresivamente, dándome vuelta a cada paso, ya sin disimular, y arribé trotando a la avenida.

El semáforo habilitaba el cruce de peatones y advertí que detenía la marcha de un City Bus amarillo que se aproximaba. Corrí hasta la parada, a mitad de cuadra, cerca del Museo de Arte Moderno. Ni bien llegó y abrió la puerta, me mandé desesperado adentro, verificando previamente que no me hubiera seguido.

Me quedé parado, mirando por las ventanillas, levemente encorvado. Cuando nos alejamos de la parada, aliviado, ascendí despacio por la escalerita a la parte superior descubierta, desde donde podría tener una visión completa del paisaje. Arriba, fui al fondo, y cuando levanté la vista para localizar algún asiento desocupado, vi al tipo de la túnica, solo, en un asiento doble. A pesar del estremecimiento, seguí caminando y lo miré a la cara, pero no pude distinguir ningún rasgo, ya que lo cubría una bruma inexplicable. Sin proponérmelo, quedé inmóvil frente a él.

El tipo levantó lentamente la cabeza, y con voz afectada me dijo:

—Bienvenido, Monsieur —dando golpecitos con la mano al asiento de al lado, invitándome a sentarme.

Vacilé, al principio, pero después no tuve dudas.

—¿Tondestín? –pregunté, con vaga expectativa.

—No, no, monsieur. Separado: ton destin, ton destin* —repitió.

Y agregó:

—No intente escapar. Soy inevitable.

—Pero… ¿y el libre albedrío? —interrogué, convencido.

—¡Patrañas! —dijo, furioso. 

Y se disipó, lentamente. Sin repuesta. O sí.

*ton destin: tu destino, en francés.

*Abogado, autor de la novela judicial "El Jurado Siete (7)".