Para ver esta nota en internet ingrese a: https://www.diarionorte.com/a/219264

Próxima escapada: naturaleza, historia y gastronomía

El paisaje se mete por las ventanillas, invadiendo todo. Hasta hace unos minutos, la lluvia golpeaba con furia el parabrisas. Pienso en mi papá, celebrando la llegada del agua que aliviará la sequía.

La cortina de niebla que impedía ver a más de tres metros de distancia se abre y aparece al frente nuestro el Camino de las Altas Cumbres. La calma de afuera reina adentro del auto, también.

Pasamos Mina Clavero, Nono, Las Rabonas, Los Hornillos y Las Rosas hasta llegar a San Javier y Yacanto; una localidad constituida por dos poblados contiguos (San Javier y Yacanto, respectivamente). Un perro negro duerme la siesta en el medio de la calle principal.

No se va a mover. Si queremos avanzar debemos esquivarlo; tocar bocina dejaría expuesto lo que somos: bichos de ciudad.

Reservamos dos noches en Las Jarillas, una hostería de siete habitaciones que alberga, como extensión de su jardín de olivos, cactus, lavandas y frutillas, viñedos.

Construida sobre lo que fue la casa de veraneo de Alejandro y Analí, su nombre se debe a un arbusto que se hace presente en los techos del lugar. Dejamos los bolsos al pie de la cama y abrimos las ventanas; invitando a la naturaleza a pasar.

Nos enteramos que Las Jarillas es, también, pionera en el desarrollo de la vinicultura y que de sus terruños salieron los primeros vinos regionales (y orgánicos) gestados por Nicolás; hijo de Alejandro y Analí.

Recorremos la bodega Noble, que se encuentra ahí mismo, y nos adentramos en el proceso de producción. Siento al lugar como un ser vivo que late, que convive con plantas, animales y también, claro, con el monte nativo.

Sentimos entusiasmo. Debe ser por eso que nos invitan a conocer el resto de los viñedos de la finca, ubicados a pocos kilómetros. Nos perdemos antes de llegar pero ya estamos acá: frente a la tierra en su versión más genuina, las vides miran fijo a los ojos del cerro Champaquí, el más alto de la provincia de Córdoba. La elección no fue casual: la altura óptima y el suelo virgen permiten elaborar vinos sanos y frutados.

Colores inigualables

El sol ya no arde tanto y el atardecer nos encuentra con abrigo. Los colores de los árboles siguen estirando el cierre de un ciclo llamado verano. San Javier nos regala un espectáculo maravilloso: las sierras dejan de ser marrones por un rato y con el último sol se tiñen primero de naranja, luego de rosado y por último, antes de que oscurezca, de un inigualable azul cobalto.

Cenamos en Croa la Rana. Por su cercanía al arroyo, el sonido del agua nos arrulla; como si intentara adormecer a un niño cantándole suavecito o meciéndole. Estamos al aire libre; siento el frío que se concentra en los pies. Un gato de la casa decide acompañarnos y yo no tengo intención de echarlo. Pedimos pastel de papas sin saber que sería el último que probaría al menos por un tiempo: a los pocos meses elijo dejar de comer carnes. Tenemos hambre, nos quemamos la lengua al probarlo. Sabe muy bien.

Al día siguiente nos levantamos para ese momento sagrado llamado desayuno. Café con leche, huevos, frutas frescas, manteca, mermeladas caseras, pan de campo, jugo de naranja. Al terminar nos acostamos sin calzado en el pasto y nos dormimos otro rato. Se hizo la hora del almuerzo; tenemos a Peperina apuntado con lapicera negra en un mapa de papel que nos dio mi viejo antes de viajar. Está en una esquina de La Población, sobre la ruta 14.

La bruschetta de entrada nos roba el corazón. Brindamos con un rosado de Noble y no paramos de repetir que hay que volver a Córdoba con el baúl cargado. Tampoco dejo de mirar el invernadero que está a unos pasos de nuestra mesa. Siento ansiedad por entrar.

Es uno de los más hermosos en los que estuve alguna vez: al fondo, un Buda absorto; en el medio, un estanque lleno de camalotes y flores de loto que se mueven al ritmo de peces blancos y anaranjados.

Una gota, como una gema preciosa, se detiene por un instante en una hoja. Nos apresuramos a tomar una foto mientras pienso que todo lo que hacemos como especie es un intento (en vano) por imitar a la naturaleza. Me siento imantada. Algo de aquel lugar me llena de asombro, me purifica y renueva al mismo tiempo. Lo abandonamos, sacudiéndonos las ganas de quedarnos.

Nos queda la tarde libre. El paseo empieza en la plaza principal, ese punto de encuentro que congrega, frente a una iglesia que data de 1910. Está lleno de negocios bonitos a los que vale visitar aunque sea solo para mirar: Oveja Negra, Cactus, Los Olivos y Barro son algunos de ellos, con piezas hechas a mano de cerámica, madera, lanas de ovejas y llamas.

Además, hay un supermercado, una pulpería y una panadería que vende mantecol casero. Hay una Casa de la Cultura que me recuerda a mi Río Tercero natal, hay pobladores que se trasladan a caballo, hay una feria montada porque es sábado, hay una bodega que se llama Aráoz de Lamadrid a la que quiero volver para visitar. Hay un transcurrir del tiempo que me es propio y también ajeno.

Estados de ánimo

Se hace la hora de cenar; parece que a esta escapada la programamos solo para comer. Por eso, tras intentar repetir sin éxito en Peperina, que ya está lleno, nos recomiendan Bonzo: un volcán de chocolate con el centro repleto de dulce de leche; unos tragos hasta la madrugada; otra vez, el frío del aire libre en los pies pero la insistencia por estar afuera, con la brisa que pega en la cara y el otoño, que para mí no es otra cosa más que un estado de ánimo.

Una opción de trekking al "champa"

San Javier es una de las puertas de entrada al Champaquí. El cerro, con sus 2.790 m s. n. m., es la montaña más alta de la provincia de Córdoba, y delimita al oeste con el Valle de Traslasierra.

Los Molles y Los Hornillos son algunas de las opciones que también permiten su ascenso, al igual que Villa Alpina, Villa Yacanto, Puesto Tres Árboles o La Cumbrecita por el lado este, en el Valle de Calamuchita.

Saliendo desde San Javier hay dos caminos posibles para hacer cima: una de ellas pasando por el puesto Ferreyra, con una caminata de alta dificultad que demanda entre cinco y seis horas, siempre acompañada de un guía. La otra opción es por Cuesta de Las Cabras, nacida en La Estancia La Constancia; una de las más antiguas sendas utilizadas para cruzar las sierras.

El recorrido elegido comienza en Villa Alpina. El primer día resulta exigente. De a ratos me siento la niña de cuatro años que desde el asiento trasero del auto preguntaba cuánto falta para llegar.

Pero el paisaje es generoso y regala la posibilidad de ver ríos, cascadas y animales pastando en calma. Hacemos algunas paradas donde circula agua y frutos secos. El objetivo es llegar al refugio Los Soles, a donde pasaremos la noche.

En el camino

En el camino cruzamos una pequeña escuela. Me pregunto cómo se sentirá vivir en el corazón de una montaña, levantarse cada mañana sin señal en el celular y llevar las provisiones cotidianas en el lomo de una mula.

A media tarde llegamos y la madre de Érica, la dueña del lugar, nos recibe con la noticia de que preparará un guiso con arroz.

La celebramos. En esos momentos la comida siempre sabe diferente. El agua caliente de un baño también.

Durante la cena tomamos vino y tocamos la guitarra. La alarma anuncia una noche de sueño corta, pero quién nos quita lo cantado. Nos despertamos, luego de dormir en cuchetas, de madrugada. El amanecer nos encuentra caminando para hacer cumbre temprano; y luego volver a buscar nuestras mochilas y emprender el regreso repitiendo los pasos que hicimos el día anterior.

Al llegar a la cima el viento pega frío y fuerte. Tomamos unos mates y también algunas fotos. Con J nos sentamos en una piedra a meditar. Para experimentar mi sensación allí arriba, haga el siguiente ejercicio: elija la partícula más chiquita que haya a su alrededor.

La más insignificante. La que casi no se ve. Aún así, esa que escogió va a ser grande en comparación a la pequeñez que se experimenta ante tanta, tanta inmensidad.

Fuente: Voy de viaje

Temas en esta nota

Turismo viaje escapada naturaleza