El silencioso iluminante
"Dios habla y yo lo escucho con los ojos". MARCELO VERNET
Imanta las pupilas, Schenone levita la mirada. Su obra, saga de signos, mapa de rastros, orbe de claves: cábala cromática a descifrarse con el deleite y traducirse con el estremecimiento. Epifanía visionaria en suspensa perplejidad, el resplandor que anega y emana de sus iluminaciones genera un sortilegio flotante que torna a su lenguaje, acontecimiento; y, a su discurso, revelación.

Pintura a la intemperie del asombro (a-sombrare: sin sombra), el aura de luz crucial —cifra del color y del fulgor— anima el universo de sus visiones. La luz se torna verbo trazado, en sentido de lucidez y destino de gravidez: tiene peso de brillo, médula radiante y sustancia de claridad.
Oficia de placenta de sus criaturas y genera, amniótica transparencia, un cromosoma de originario esplendor.
La luz en Schenone tiene el gene de su genio.
Su imaginismo mágico congrega el inventario de una mitopoética chaquense, de raigambre protoamericana: sus hombres de áspera ternura, sus mujeres de arcilla resignada y sus niños de ancianas escleróticas; sus pájaros flechas o aves-dardos, impulsados por una aerodinamia antediluviana: sus perros aguzados por navajas famélicas; sus ranchos más emergidos que sostenidos del hueso de la pobreza y sus canoas mustias de nostalgia galilea, enhebran un rosario mestizo y un rostrario sincrético, madurados en latitudes subtropicales.
Una fraterna inmanencia frente al asedio de los elementos naturales y los latrocinios humanos, oficia de silvestre religión y de sencilla liturgia: las peregrinaciones de seres envueltos por una penumbra incandescente, precedidos por un velamen estandarte con un rostro de rasgos nazarenos; los rituales caseros en torno al cáliz laico del mate, la hostia de pan galleta y el altar vibrante del fogón insomne; los Cristos crucificados en medio de un sembradío de girasoles (ángeles solares), en los remos de un pescador o en el crucifijo viviente de un desocupado: transfiguraciones crísticas en los significantes cotidianos.
Ese cuadro-instante y esa pintura-río configuran una celebración de vividad: vida en estado de humanidad, circunstancia a la intemperie del cosmos y sus enigmas.
Habitada por personajes primordiales, obsesiones atávicas y alegorías vigílicas, fundantes de una dinastía inédita cuya genealogía ubica Schenone en un trópico de onírica heráldica y reside en el relámpago de su nacimiento intermitente.
La eólica ardiente que atraviesa su meridiano de mesteres ruralías lo arrojan y eyectan (al modo de las naves agudas de sus pájaros) al riesgo abierto del lenguaje en vísperas llameantes.
Cuando desciende al sitio erguido de su lienzo, asciende —dialéctica de temperaturas— a la forma calcinada por el fuego puro: la tela pare un iris que filtra al mundo.
Artista de su época, su fantasía centellante y su imaginería fulgurante no invalidan la crítica social y la denuncia política estilizadas —el arte auténtico es tábano del poder— en sus perímetros concentrados.
Elijo "Fábrica de muñecas" y nombro un plural denominador: testimonio de panóptica elocuencia, diafragma lacerado de la enajenación contemporánea y piadosa agonía de la travesía terrestre. Cátedra vívida, posible de admirarse con el mejor Berni, Alonso o Gorriarena, en digna alianza de semejantes.
El silencioso iluminante, Rodolfo Schenone, convierte a la mirada en metáfora de la maravilla.










