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La mujer del kimono blanco

Autora: Ana Johns Editorial: Espasa Traducción de Milo J. Krmpotić

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Ana Johns.

Una gran historia de amor prohibido. Una mujer dividida entre su cultura y su corazón.

Japón, 1957. El matrimonio concertado de Naoko Nakamura asegura el estatus de su familia. Pero Naoko se enamoró de un marinero estadounidense, un gaijin, y casarse con él provocaría una gran vergüenza a toda su familia. Cuando se descubre que Naoko está embarazada, es repudiada y obligada a tomar decisiones inimaginables con consecuencias que se extenderán de generación en generación.

Estados Unidos, en la actualidad. Tori Kovač, al cuidado de su padre moribundo, encuentra una carta que contiene una gran revelación, una que pone en duda todo lo que sabía sobre él y sobre su familia. Iniciará un viaje para descubrir la verdad que esconde esa carta y que la llevará a recorrer medio mundo hasta llegar a una remota aldea costera en Japón, donde debe enfrentarse a los demonios del pasado y allanar el camino para la redención.

ANA JOHNS

Los pseudónimos en la literatura comercial volvieron a ponerse de moda tras la llegada de Anne Jacobs: Ana Johns es el que eligió esta autora nacida en Detroit, aunque reside en Indianápolis. Estudió periodismo y durante veinte años trabajó como directora creativa antes de lanzarse a escribir una novela.

Aunque su debut, La mujer del kimono blanco, sea ficción, está basado en diversos episodios históricos y hechos reales, incluida la historia de su propio padre. Su inspiración vino del relato de su padre acerca de una bella joven japonesa a la que este amó mientras servía en el ejército de Estados Unidos desplazado a Japón. Cuando la familia de ella lo invitó a la tradicional ceremonia del té, lo rechazaron frontalmente al descubrir con estupor que se trataba de un marinero norteamericano.

Uno

Estados Unidos, en la actualidad

Incluso de noche, con la mitad del personal, el Instituto Oncológico Taussig navegaba con la serenidad propia de su tocayo (Referencia al USS Taussig, destructor fletado en enero de 1944 (N. del T.). Con el doctor Amon al timón, yo rezaba para que mi padre capeara de alguna manera el temporal, pero sus recaídas me mantenían sentada a su lado, observándolo en busca de señales.

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Aunque había atenuado la intensidad de la luz y tenía la televisión sin sonido, mi padre forcejeaba con el sueño. La maquinaria zumbaba, los monitores pitaban, las conversaciones procedentes del vestíbulo llegaban en oleadas. Alguien lanzó un silbido.

"Llamar al viento tiene sus riesgos — decía papá sobre sus tiempos en alta mar —. Puedes acabar invocando vendavales y aguas turbulentas". Aquel hospital no era el barco de la Marina en el que había servido durante los años cincuenta, pero la improbable coincidencia de que ambos compartieran nombre me impedía desdeñar las supersticiones náuticas. Estiré el pie y cerré la puerta.

—¿Qué...? —Papá agitó los brazos e hizo que las vías intravenosas de plástico batieran como cabos contra un mástil —. ¿Tori?

—Estoy aquí, papá —. Me acerqué rápidamente a él y le puse una mano sobre el brazo—. Estás en el hospital, ¿recuerdas?

Durante la última semana se había despertado varias veces sin saber dónde estaba, y los períodos de descanso entre un despertar y otro eran cada vez más cortos. Aquello se había convertido en nuestra nueva normalidad.

Tensó el cuerpo para incorporarse e hizo una mueca de dolor, así que puse una mano tras la parte alta de su espalda y tiré de una almohada para colocársela allí.

Pasé los brazos bajo los suyos y lo ayudé a desplazarse, maravillada ante lo ligero que se había vuelto. Él bromeó diciendo que era "medio hombre", pero yo no me reí. La verdad distaba mucho de ser graciosa, y la broma, de ser verdad. Seguía siendo mi padre, un hombre grande en todos los sentidos.

Le tendí un vaso de plástico con hielo. Lo sacudió para que los trocitos se aflojaran con el traqueteo y sorbió el líquido que se había derretido. Con solo probarlo se disparó el reflejo: una tos convulsiva que se esforzó en aclarar. Tomé el vaso, le di unos pañuelos de papel y esperé a que se le pasara el ataque. Con la expulsión final, se recostó y cerró los ojos.

—¿Te encuentras bien? — Eran palabras vacías, porque era evidente que no se encontraba bien, pero de todos modos me tranquilizó asintiendo con la cabeza.

Entonces suspiró, el aire brotó profundo y rasposo, y las palabras se abrieron paso a través de él.

—¿Te he hablado alguna vez de la famosa calle Azul? Fue lo primero que vi nada más bajar del barco en Japón.

—Y la chica a la que le gustaron tus ojos fue lo segundo, ¿verdad? —me animé, contenta de que estuviera lúcido y esperando que se mantuviera así el tiempo suficiente para volver a contarme aquella historia.

—Bueno, en esa época tenía mejor aspecto.

—Ahora tienes mejor aspecto.

Así era. Tenía color en las mejillas; los ojos, penetrantes y concentrados. Sus movimientos habían mejorado.

Era maravilloso y desasosegante a la vez. El doctor Amon me había dicho que estuviera pendiente de "la mejoría súbita" que iba a experimentar justo antes de la recta final.

Para mi padre, un último suspiro. Y, para mí, una última historia.

Sentada en la silla junto a su cama, me incliné hacia él y apoyé la barbilla sobre el puño cerrado.

—Así que diste un paso, te agachaste para deslizar los dedos sobre aquellas piedras brillantes incrustadas en el pavimento y...

—Y cuando me puse en pie, allí estaba ella. —Mirándote.

—Sí. Y yo le devolví la mirada, vi mi futuro y me enamoré —. Papá inclinó la cabeza y sonrió ligeramente.

Aunque se tratara de su versión reducida, volví a enamorarme de aquella historia porque llevaba a todas las demás.

—Cada vez que llegaba al puerto, ella venía a verme — continuó —. Pero yo siempre estaba yendo y viniendo. Así eran las cosas. Éramos como los dos barcos que se cruzan en la noche del poema de Longfellow —. Tuvo que esforzarse para respirar.

Estiré el brazo hacia su mano pecosa y se la apreté.

— Cuando dejé el ejército, me quedé varado en Detroit, ahogándome en una botella. Pero entonces conocí a tu madre, y ella me salvó —clavó los ojos en los míos —. Y ahora viene lo que tienes que saber. ¿Me estás escuchando?

— Sí —. No me perdía una sola palabra.

— Tu madre fue el amor de mi vida, pero antes de esa vida tuve otra. Eso es lo que he estado intentando contarte —. Los labios le temblaron.

¿Cuándo? ¿Cuándo había intentado contarme eso? Mi mente comenzó a recorrer veloz cada uno de los momentos de aquellas últimas semanas, procurando descifrar qué se me podía haber pasado por alto. Ni siquiera comprendía el significado de "tener otra vida". No estaba segura de querer hacerlo.

—Será más fácil si te limitas a leer mi carta. Necesito que lo hagas ahora, ¿de acuerdo, Tori? Ha llegado la hora.

"¿Ha llegado la hora?".

La inflamación en mi pecho fue instantánea. Se hinchó por debajo de las costillas hasta constreñirlas y atenazar mi corazón. Mantuve aquella burbuja emocional en su sitio con respiraciones superficiales, temerosa de que estallara. No podía moverme.

Él estiró el brazo, me dio unos golpecitos en la mano.

—Está con mis cosas. Ve a por ella.

Encontré su bolsa detrás de la puerta del lavabo, la coloqué sobre la encimera y abrí la cremallera superior.

Con manos temblorosas, rebusqué entre sus cosas, pero me quedé paralizada al sentir el roce de un papel contra los dedos. Hice una pinza con ellos para liberar el sobre y me quedé allí plantada, mirándolo.

La tinta de color rojo. Los caracteres kanji. Los pliegues y las arrugas.

Regresé para enfrentarme a mi padre, nuestros ojos se encontraron.

Un hombre moribundo. Una hija con el corazón roto.

—Ven aquí, siéntate — dijo —. No pasa nada.

Pero sí pasaba. Porque no se puede retirar un adiós.

Yo no estaba preparada para despedirme, así que tampoco quería escuchar la despedida de mi padre. No podía. Me dolía la parte baja de la garganta, por la presión.

—Voy a..., hum...

Di un paso hacia él, entonces me detuve, necesité toda mi energía para frenarme y para respirar hondo. El estrés de los últimos meses, la angustia por su lento declive, el cáncer implacable, y ahora... Se me hizo un nudo en la garganta mientras se me saltaban las lágrimas. Me dirigí rápidamente hacia la puerta.

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