Para ver esta nota en internet ingrese a: https://www.diarionorte.com/a/218657

El amor y la peste

El 23 de mayo de 1871, bajo un cielo plomizo de cenizas funerarias, el cuerpo todavía incorrupto de Felicitas Matheu recorrió los últimos metros de la calle del Temple antes de internarse en un dédalo de caminos anegados y pestilentes que conducía al portal del Cementerio de los Monjes Recoletos. 

"Episodio de la fiebre amarilla", Juan Manuel Blanes.

A su lado viajaba su prometido, Carlos Mendiguren. Felicitas -realzada su hermosura por el landó descubierto y de gran porte que lo transportaba- llevaba el pelo de bucles rebeldes sujeto por una cinta celeste, y sobre el vestido de brocado blanco con representaciones de los dioses olímpicos, un escapulario de plata. 

El ataúd era de roble, la tapa descansaba en uno de los costados. Mendiguren sostenía la mano desfalleciente de su prometida. En el pescante viajaban el cochero y un sepulturero viejo del Cementerio del Sur, a quienes solamente habían convencido los novecientos  pesos que Mendiguren guardaba celosamente en uno de los libros de su biblioteca. Eran parte de los ahorros de los novios para el viaje de casados a París. 

Mendiguren lloraba, recordando las tiernas lecturas en francés en la gran casa de la calle Balcarce y el ánimo jovial de Felicitas ante la proximidad de un viaje que nunca habría de realizarse. La muerte, a la manera de un pintor que después del abocetado decide cambiar el motivo del cuadro, había elegido otro destino para su amada.

Las ventanas de las casas de Buenos Aires estaban cerradas a cal y canto, y a pocos pasos del empedrado desparejo y descoyuntado de la calle, los perros hambrientos disputaban despojos de un guiso de pobres. Del vecino Convento de San Ignacio llegaba el sonido de las campanas que tocaban a muerto. 

Mendiguren miró el rostro de Felicitas: del antiguo esplendor apenas sobrevivía algo en el arco imperativo de la nariz y en los párpados descansados. El amarillo de la ictericia había sustituido en su lenta progresión el blanco rosáceo de la piel y el punzó mórbido de sus labios entreabiertos. "Solo unos días, mi amor –pensó Mendiguren-. Solo unos días, para cambiar como una hoja de este otoño."

La fiebre amarilla había descendido sobre Buenos Aires como una sombra concéntrica de bordes imprecisos que alcanzaba todos los rangos y privilegios, todos los vicios y virtudes. El centro del círculo se había aposentado en una pieza del hotel Roma. Cuatro meses antes, un pasajero del navío francés Poitu, portador de la noticia del comienzo de la guerra franco-prusiana, y procedente de Río de Janeiro, había dado con sus huesos en una pequeña habitación del hotel. El 22 de febrero murió, en medio del delirio de las fiebres, y fue necesario el auxilio del hacha para destrozar la puerta cerrada por dentro. 

En la mesa de luz encontraron una nota de despedida dirigida a su esposa. Las sábanas estaban manchadas con el "vómito negro". Desde el hotel, el mal se extendió al conventillo vecino; desde el conventillo, a la cuadra; desde la cuadra, hasta los bordes irregulares de Buenos Aires.

Mendiguren enfermó a principios de mayo. Recordaba perfectamente la víspera, porque habían tocado con Felicitas una mazurca a cuatro manos en el viejo Bösendorfer del salón mayor de su casa. Al otro día comenzaron la fiebre y los escalofríos; poco tiempo después, las pupilas dilatadas y la presencia incontestable de la ictericia. 

Dos semanas después del comienzo de los síntomas, Mendiguren comenzó la ardua convalecencia. La muerte, que como el ojo del animal carnicero elige sucesivamente sus víctimas sin parar mientes en premios o castigos, había dirigido su dedo condenatorio hacia el cuerpo de Felicitas, la enfermera abnegada que durante todas las horas de aquellos interminables días había velado a la cabecera de la cama de bronce de Mendiguren. 

Ninguno de los dos habría de saber entonces, ni lo sabría  nunca, que un pequeño mosquito, liviano como la gasa más etérea, sería el encargado de vincularlos de manera definitiva mediante el imperceptible contagio.

Todo esto formaba parte ahora del irrecuperable pasado y Mendiguren miraba desde la altura del carruaje la progresión interminable de las casas de una planta y azotea y el paso apresurado de los pocos transeúntes. En las esquinas ladraban los perros. Como un bajel deslizándose en el fragoroso declive de un río indomeñable, el landó de andar y su perfil elegante recorrió los últimos metros de su viaje.