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Un conflicto con impacto global

A las voces que advierten sobre la crisis de alimentos que se está gestando a nivel global como consecuencia de la guerra en Ucrania se sumó esta semana el influyente semanario The Economist, en cuya tapa alerta que "se avecina una catástrofe alimentaria".

Según ese medio británico, la abrupta caída de las exportaciones de cereales y semillas
oleaginosas de Rusia y Ucrania, dos de los principales proveedores de esas materias primas,
y la decisión de la India de suspender la venta de trigo al exterior para garantizar la seguridad alimentaria de su población, representa un duro golpe para el sistema alimentario
internacional que ya venía debilitado por la pandemia.

The Economist eligió una imagen muy fuerte para ilustrar su nota principal sobre la
crisis que se aproxima. Se trata de espigas de trigo que en lugar de granos tiene pequeñas
calaveras humanas.

El semanario británico observa que las exportaciones de cereales y semillas oleaginosas de Ucrania y Rusia se desplomaron por el conflicto bélico y debido a que los dos países suministran cerca del 12% de las calorías que comercializan en el mercado internacional, los precios del trigo aumentaron un 53 % en lo que va del año, y subieron otro 6 % la semana pasada después de que India anunciara que suspendía sus exportaciones de estos alimentos.

En rigor, las advertencias sobre la falta de alimentos básicos que golpeará al planeta
ya se habían planteado a los pocos días de iniciado el conflicto en el Este de Europa. El
papa Francisco hizo mención a esta amenaza global en la celebración de la Pascua, en
abril pasado.

También los responsables del Programa Mundial de Alimentos de la ONU y directivos del Banco Mundial, el FMI y la Organización Mundial del Comercio se manifestaron en ese sentido. En el caso de estas cuatro organizaciones internacionales, lo hicieron público a través de un documento conjunto en el que destacaron la necesidad de adoptar medidas urgentes para garantizar la seguridad alimentaria en todo el mundo.

La semana pasada el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, volvió a expresar
la preocupación del organismo internacional por el alto costo de los alimentos y dijo
que en los próximos meses podría comenzar una escasez mundial que, si no se adoptan
decisiones para evitarla, podría durar varios años.

Sobre el mismo tema, la nota de The Economist señala: "Si, como es probable, la guerra se prolonga y los suministros de Rusia y Ucrania son limitados, cientos de millones de personas más podrían caer en la pobreza".

"El malestar político se extenderá y la gente morirá de hambre", agrega el semanario
para señalar luego que la escasez no es el resultado inevitable de la guerra: "Los
líderes mundiales deberían ver el hambre como un problema global que requiere urgentemente una solución global", enfatiza.

Si se tiene en cuenta el grado de coordinación que mostraron los líderes globales durante
lo peor de la pandemia, el panorama no es, por cierto, muy alentador. Lejos de
promover un espíritu de cooperación, los países más desarrollados optaron por acaparar
la mayor cantidad de dosis de vacunas. Y nada indica que ante la amenaza de escasez de
alimentos a nivel global esta vez vayan a actuar de un modo distinto. Y esto último no es
pura especulación.

El Instituto Internacional de Investigación de Políticas Alimentarias informó esta semana que desde marzo pasado hasta hoy, ya son diecinueve los países, todos grandes productores de alimentos, que adoptaron medidas proteccionistas e impusieronrestricciones a la exportación de alimentos.

Esa movida complica aún más un escenario que ya generaba preocupación por el conflicto en Europa del Este que involucra, justamente, a dos países que -sumados- generan un cuarto de las exportaciones mundiales de trigo y dos terceras partes del comercio internacional de aceite de girasol.

En nuestro país el tema es seguido de cerca y ya forma parte de la agenda nacional,
dado que la capacidad local de colocar trigo en nuevos mercados se ve potenciada por la
decisión de varios países, entre ellos China, Brasil, Australia y Nueva Zelanda, de aprobar
la compra de trigo transgénico como consecuencia de la reducción de la oferta global.

A nivel local se debe hacer todo lo posible para asegurar alimentos a los grupos más
vulnerables de la población y, al mismo tiempo, incentivar a los productores para que
amplíen las áreas de siembra.

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