Contradicciones, violencias y guerras de la economía
Fue una semana difícil para los mercados financieros en todo el mundo, que a su modo suelen reflejar problemas profundos de la economía y la sociedad.

El indicador más importante del mercado norteamericano es el S&P 500, que al cierre del viernes terminó escapando por los pelos de caer en la calificación "bear market" (mercado bajista), aunque hace semanas que frecuenta esa zona. El Dow Jones, en tanto, cerró su octava semana de caída consecutiva. Las razones de estos desempeños, según los analistas financieros, son la alta inflación y el aumento de las tasas de interés, que amenazan el crecimiento económico y sobre todo las ganancias corporativas, dos parámetros centrales para quienes ponen su plata en Wall Street.
Las dos mediciones inflacionarias más usadas son el IPC (índice de precios al consumidor) y el menos famoso IPP (índice de precios al productor). Uno mide la inflación en los bienes de consumo, el otro observa el alza desde la perspectiva de los productores. Si a las empresas les cuesta más caro producir, deberán subir precios y perderán margen, tendrán menos ganancias, valdrán menos en la bolsa. Según el Financial Times, la relación entre el precio de las acciones y las ganancias reales de las compañías eran muy dispares, las más exageradas desde hace un siglo.
El presidente de la FED de Minéapolis, Neel Kashkari, señaló esta semana que el banco central estadounidense será más agresivo con la suba de tasas para contener el alza de los precios. Eso incrementará de forma igualmente agresiva las deudas de las empresas y de los Estados.
La caída de los principales mercados de esta semana acusa todos esos golpes. Uno de los que más sufre es el Nasdaq, que reúne a las principales empresas de alta tecnología (electrónica, informática, telecomunicaciones, biotecnología, etc): la semana pasada cayó 40% y en lo que va del año acumula una pérdida del 12%. Estas compañías, cuya capitalización está muy influida por la especulación, son particularmente vulnerables a subas de la tasa de interés. Un reflejo de esa situación son las idas y vueltas en torno de la compra de Twitter por parte de Elon Musk (ver artículo en suplemento Chaqueña).
En el otro extremo, también se resiente el negocio minorista, llamado retail en EEUU. A su modo, estos grandes sitios de apuestas llamados bolsas reflejan algunos sucesos sociales de enorme tamaño. Al principio de la pandemia hubo un masivo cambio de hábitos de consumo, y las ventas de productos para el bienestar y el mejoramiento del hogar aumentaron exponencialmente, en parte impulsados por los subsidios gubernamentales a particulares y empresas, que ayudaron a solventar gastos.
Calculando que esa demanda se mantendría, la cadena norteamericana de supermercados Target abarrotó sus depósitos de artículos para el hogar, muebles, electrónicos, productos caros y de enorme volumen, transportados a un alto precio y almacenados a un costo aún mayor. Adicionalmente, la escasez de mano de obra obligó a subir los sueldos para completar los planteles.
Pero la presión del capital para terminar con las cuarentenas –incluso cuando no está claro que la pandemia haya terminado- derrumbó el mercado de los productos hogareños rápidamente. La movida para sacar a la gente a trabajar (incluso reclamando el retiro de subsidios a particulares) volvió a transformar el consumo. Target tuvo un flojo desempeño durante la temporada navideña y un desastroso resultado en el primer trimestre del año.
Lo mismo le pasó a Cosco, Unilever, Walmart, por ejemplo, que acaban de presentar balances que están muy lejos de las ganancias prometidas a los accionistas y a los prestamistas. A esto se suma la inflación, que deja depósitos abarrotados con productos más caros que se venden cada vez menos. Las acciones de todas estas empresas, responsables de buena parte del empleo joven en EEUU, cayeron el viernes un 20% promedio.
Todo esto mientras la guerra continúa, el Banco Mundial se alarma por la escasez de global de alimentos y la OMS advierte de una nueva enfermedad infecciosa: la viruela del mono. Australia, Canadá, EEUU y varios países europeos ya confirmaron la detección de casos. Antes de que sea declarada la nueva epidemia, el único laboratorio que tiene la vacuna contra esta viruela, el Bavarian Nordic, de Dinamarca, vio subir 60% la cotización de sus acciones esta semana en la Bolsa de Copenhague.
La pandemia y la guerra dieron vuelta como una media la economía mundial: de la sobreproducción constante se pasó a la crisis de las cadenas de suministro, que hacen faltar desde alimentos y materias primas, hasta insumos industriales y chips. De la deflación del último lustro se pasó en pocos meses a una inflación imparable.
Tan es así, que la Fed dejó de lado su definición del último año, cuando decía que los brotes inflacionarios eran transitorios. Lo mismo dijo la directora del FMI esta semana, cuando advirtió a los responsables de finanzas de todo el mundo que habrá inflación por un largo tiempo y coincidió en que la suba de tasas es necesaria. Claro que eso va a retraer el consumo y arriesgar recesiones, sin asegurar una baja de los costos de producción.
Así opina Andrew Bailey, presidente del Banco de Inglaterra, quien dijo al Parlamento que "No hay mucho que hacer con la mayoría de las causas de la inflación" y rechazó la receta de la Fed. El Banco Central Europeo tampoco coincide con su par estadounidense. Incluso Janet Yellen, secretaria del Tesoro de EEUU, duda: ella cree que los costos de producción son los que alimentan la inflación, y que restringir la demanda solo producirá una "estanflación" (recesión más inflación) en todo el mundo.
Yellen dice que si a los problemas de las cadenas de producción, también golpeadas por las sanciones comerciales cruzadas en todo el mundo, se les suma una crisis financiera y bancaria, se prepara la tormenta perfecta. Si a los Estados y a las empresas privadas apretadas por un enorme endeudamiento, por el aumento del precio de los combustibles y los alimentos y por la guerra, se les sube la tasa de interés, habrá más dificultades para la refinanciación y mayores crisis de deuda. Ni hablar de lo que pasará con tarjetas de crédito y deudas hipotecarias. Todas variantes que implican catástrofes sociales por donde se mire.
Estas posturas contradictorias exponen los habituales choques en las alturas en tiempos de crisis, entre quienes son partidarios de buscar una salida aplacando tensiones, y quienes creen que lo mejor es forzar una ruptura, en la idea de que cualquier situación que sobrevenga será preferible a la actual. En el extremo, la imposición de una u otra salida tomará la forma de violencia armada. Pasa en Ucrania, pasa en Buffalo. Y en el fondo hay siempre razones económicas.












