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Todo estaba en perfecto orden

(…) Don Onofrio Rotolo, el administrador local, no participaba en las acogidas oficiales a la entrada del pueblo. Educado en la rígida escuela de la princesa Carolina, consideraba al vulgus como si no existiera y al príncipe como un residente en el extranjero hasta que no hubiese cruzado el umbral de su propio palacio. Por esto hallábase allí, a dos pasos del portón, pequeñísimo, viejísimo, barbudísimo, teniendo al lado a su mujer, mucho más joven que él y gallarda, detrás a la servidumbre y a ocho campieri con el Gatopardo de oro en el sombrero y en las manos ocho escopetas siempre inactivas.

-Considérome dichoso de dar la bienvenida a sus excelencias en su casa. Reintegro el palacio en el estado justo en que me fue entregado.

Don Onofrio Rotolo era una de las raras personas estimadas por el príncipe, y acaso la única que jamás le había robado. Su honestidad frisaba la manía, y de ella se contaban episodios espectaculares, como el del vasito de rosoli dejado semilleno por la princesa en el momento de una partida, y encontrado un año después en el mismo sitio, con el contenido evaporado y reducido al estado de heces dulces, pero intacto.

-Porque ésta es una parte infinitesimal del patrimonio del príncipe y no debe desperdiciarse.

Terminados los cumplidos con don Onofrio y Donna Maria, la princesa, que se mantenía de pie a fuerza de nervios, se fue a acostar. Las jóvenes y Tancredi corrieron hacia las tibias sombras del jardín, y el príncipe y el administrador dieron una vuelta por el gran apartamento. 

Todo estaba en perfecto orden; los dorados de las encuadernaciones antiguas lanzaban un fulgor discreto, el alto sol hacía brillar los mármoles grises en torno a las puertas. Todo hallábase en el estado en que se encontrara cincuenta años antes. Salido del ruidoso torbellino de las disidencias civiles, don Fabrizio se sintió reanimado, lleno de serena seguridad, y miró casi tiernamente a don Onofrio, que llevaba a su lado un trotecillo cochinero.

(…) Estaba haciendo el balance de pérdidas y ganancias de su vida, trataba de extraer de la inmensa montaña de cenizas del pasivo las diminutas briznas de oro de los momentos felices. Eran éstos: las dos semanas previas a su casamiento, las seis siguientes; media hora cuando nació Paolo y se sintió orgulloso por haber añadido una ramita al árbol de la Casa de los Salina. (Ahora sabía que el orgullo había sido injustificado, pero no por ello la emoción había dejado de ser auténtica): ciertas conversaciones con Giovanni antes de que éste se marchase, ciertos monólogos, a decir verdad, durante los cuales le había parecido percibir una afinidad espiritual entre ellos; muchas horas en el observatorio, entregadas a la abstracción de los cálculos y a la persecución de lo inalcanzable; pero ¿realmente podía incluir esas horas en el activo de su vida? ¿No eran acaso una dádiva anticipada de la bienaventuranza de la muerte? Pero lo importante era que hubiesen existido.

En la calle, entre el hotel y el mar, un organillo se detuvo y empezó a tocar con la ávida esperanza de conmover a unos forasteros que en aquella estación brillaban por su ausencia. Molía Tu che a Dios spiegasti l’ale; lo que quedaba de don Fabrizio pensó en cuántas agonías en Italia estarían absorbiendo en ese momento la hiel de aquellas músicas mecánicas. Tancredi, intuitivo como siempre, corrió al balcón, arrojó una moneda e indicó que callaran. El silencio de fuera volvió a ser total, el estruendo interior se volvió aún más intenso.

Tancredi. Sin duda, gran parte del activo procedía de él: su comprensión, tanto más valiosa cuánto irónica; el placer estético de ver cómo se iba abriendo paso entre las dificultades; el afecto burlón, como debe ser; después, los perros: Fufi, la gorda mops de su infancia; Tom, el impetuoso perro lanudo, confidente y amigo; los mansos ojos de Svelto; la encantadora estupidez de Bendicò; las suaves patas de Pop, el pointer que en aquel momento lo buscaba bajo los arbustos y poltronas de Villa Salina, y que jamás lo encontraría; algunos caballos, pero éstos ya más ajenos y distantes. También estaban las primeras horas de sus regresos a Donnafugata, el sentido de la tradición y lo perenne expresado en la piedra y en el agua, el tiempo congelado; los alegres escopetazos disparados durante algunas cacerías, la afectuosa matanza de conejos y perdices, la risa compartida ciertas veces con Tumeo, algunos minutos de contrición en el convento entre el olor a moho y confituras. ¿Algo más todavía? 

Sí, pero ya eran pepitas mezcladas con tierra: los momentos de satisfacción por haber sabido dar respuestas tajantes a los necios, el placer que había sentido al advertir que en la belleza y el carácter de Concetta se perpetuaba la estirpe de los Salina; algunos momentos de entusiasmo amoroso; la sorpresa de recibir la carta de Arago en la que éste lo felicitaba espontáneamente por la exactitud de los arduos cálculos relativos al cometa Huxley. Y ¿por qué no?, la emoción que no había podido ocultar cuando le entregaron la medalla en la Sorbona, el tacto delicado de ciertas sedas de corbatas, el olor de algunos cueros repujados, el aspecto risueño, el aspecto voluptuoso de algunas mujeres encontradas en la calle: la que ayer mismo había entrevisto en la estación de Catania, mezclada entre la muchedumbre, con su vestido de viaje marrón y los guantes de gamuza, que por un momento había parecido buscar su rostro destruido, desde el exterior de aquel compartimento lleno de suciedad. ¡Qué griterío el de la gente! "¡Bocadillos! ¡Il Corriere dell’Isola!". Y luego el jadeo del tren hasta extenuarse… Y el sol atroz a la llegada, las sonrisas embusteras, la eclosión de la catarata…

Mientras la sombra iba envolviéndolo, se puso a calcular cuánto tiempo había vivido en realidad; su cerebro ya era incapaz de resolver un cálculo tan sencillo: tres meses, veinte días, seis meses en total, seis por ocho ochenta y cuatro…, cuarenta y dos… Se reanimó. "Tengo setenta y tres años, aproximadamente habré vivido, vivido, un total de dos… a lo sumo tres años." ¿Cuántos habían sido los años de dolor, de tedio? El cálculo era fácil; todo el resto: setenta años. La raíz cúbica de ochocientos cuarenta mil… Sintió que su mano ya no apretaba la de otros. Tancredi se levantó rápidamente y abandonó la habitación… Y ya no era un río lo que salía de él, sino un océano, tempestuoso".

*Fragmentos de "El gatopardo"