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La nube púrpura

"Nunca confíes en una criatura indefensa." (S. King)

Diátlov es un pequeño pueblo enclavado en los Urales y fue allí donde empezó todo, más precisamente en la montaña Otornen, sumida en la nieve a más de mil ochocientos metros de altura. Era otoño y el deshielo había empezado.

La familia Ustinov fue la primera en avistar la nube rosácea que avanzaba desde el este. Criaban cabras, cerdos, gallinas y, en un corral, unos alces vanidosos paseaban sus cornamentas muy cerca de un arroyo. El jefe de familia, Ulina, todavía era joven y se encargaba de traer la leña muy temprano y reforzaba el fuego del hogar antes de que amaneciera.

La nube rosada, vaporosa, se extendió sobre la propiedad ante la extrañeza y algarabía de los cuatro pequeños hijos de Ulina y Fedora. A los días, un olor fétido se desprendió de la nube y enardeció a los animales. Una semana después, llegó a la estancia un ropavejero en su carro y horrorizado comprobó que todos los miembros de la familia estaban muertos. Muertos es poco; estaban destrozados minuciosamente y cubiertos de plumas ensangrentadas.

Hacia la misma época, a sesenta y ocho kilómetros de Buenos Aires, en las afueras de Cañuelas, Don Pedro Aranda, encargado de la estancia La Doble Herradura, viudo y sin hijos, al salir montado para verificar el estado de los alambrados se sorprendió ante la enorme masa de una nube rosada que parecía llegar del oeste. A la hora y media regresó de su inspección y se alarmó: su casa casi no se distinguía, envuelta en la nube rosada. Escuchó el lamento de dos de sus caballos y de otros animales, más la bulla de las gallinas que parecían huir del fenómeno.

Un viajante de Bayer lo halló casi despellejado junto a su caballo, también muerto de manera extraña. Unas plumas embebidas en sangre se esparcían alrededor de los dos cadáveres.

Es fácil sospechar que esa nube fatal derivó por los cielos del planeta como una atroz herramienta de la muerte.

De a poco, las agencias de noticias fueron informando de las cuantiosas muertes en el cantón de Yenán, en Lyon, en diversas zonas de Paraguay, en el puerto de Hamburgo, en Lieja, en toda la Bavaria, en casi toda África, en el Cuzco, hasta que el New York Times, el Washington Post y Der Spiegel rompieron las censuras impuestas sobre el tema por la ONU y la OMS.

Desde la gran epidemia de la Covid-19 no se conocía algo tan mortal y, sobre todo, misterioso. Hasta que Emerson McPhee descubrió de casualidad no ya el origen y factores de muerte de la nube rosada, sino a quiénes afectaba, concretamente, a qué especie animal provocaba mutaciones insólitas en sus comportamientos.

Emerson McPhee, granjero de Garland, Arkansas, criaba gallinas y pollos para la cadena de comida rápida KFC (Kentucky Fried Chicken). Sentía un cariño casi enfermizo por sus aves y junto a su señora le dedicaban buena parte del día –menos los domingos, ya que eran metodistas- en mantener la temperatura ideal de los galpones e incubadoras de su ganado plumífero.

Cierto domingo de Pentecostés, una vez terminado el oficio religioso, los pobladores de Garland y alrededores vieron no sin estupor una gran nube rosada acampada sobre la iglesia, la ciudad y todo el condado, porque se podía atisbar que aquel fenómeno se hundía en el horizonte como una cascada de espuma.

El pastor y sus aterrados fieles comenzaron a orar a la intemperie para que su Dios despejara esa pesadilla púrpura y regresara los cielos azules. Media hora después, en sus chatas de brillantes colores se marcharon presurosos rumbo a sus granjas.

Ya en su propiedad, McPhee y Beverly –su esposa- fueron atacados por pollos, gallos y gallinas que habían huido de los galpones. El cloqueo enfurecido paralizó a Beverly, mientras que McPhee corrió a la cabaña a buscar su escopeta del 12.

La nube rosada estaba ya muy baja y nublaba todo lo que estuviera a tres metros de distancia. McPhee disparó casi a ciegas sus dos primeros cartuchos y entrevió cómo su mujer caía erizada de gallos, gallinas y pollos que la picoteaban como si fueran seres extraños, de otro planeta.

A la semana, ingresó en la granja de McPhee un pelotón de la Guardia Nacional y halló los cuerpos destrozados a picotazos del hombre y su mujer. Estaban cubiertos de plumas ensangrentadas y en las adyacencias podían verse aves muertas. McPhee, antes de salir armado de su casa, anotó en un papel que eran atacados por sus aves de crianza. Las gallinas y pollos han enloquecido, dejó escrito.

La nube púrpura llevó la muerte a las poblaciones vecinas.

Doce meses después

En poco tiempo, una tercera parte de la población mundial fue diezmada por los ataques masivos de las aves de corral.

Los esfuerzos de la OTAN al bombardear el derrotero de la trágica nube no dieron resultado. Claro que en los océanos estaban a salvo de las gallinas y pollos.

Ya disuelta naturalmente la nube rosada, costó mucho reconstruir el ánimo y el espíritu de las ciudades y pueblos atacados.

Wilson H. Cody, presidente a la sazón de los EEUU, ungió como héroe nacional a Emerson McPhee por haber descubierto el origen de las grandes matanzas asestadas por gallinas y pollos.

Kentucy Fried Chicken (KFC) cerró sus puertas para siempre debido a la mala fama de sus productos fritos.

Una bandera flamea a media asta en la plaza central de Garland, patria chica de McPhee, en su memoria, y un busto suyo ennoblece el pasillo central del Ayuntamiento de la localidad.

En Garland y en diversos condados de Arkansas, numerosos niños son bautizados como Emerson y hasta como McPhee.