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Inés

Esta audaz mujer no nació en Chile, pero sus restos descansan en ese territorio del fin de mundo al que amó como pocas.

“Doña Inés Suárez en defensa de la ciudad de Santiago”, óleo de José Ortega (1897).

Inés Suárez llegó al mundo en una pequeña localidad española llamada Plasencia, en Extremadura. Por entonces su país –tras la expulsión de los árabes y el descubrimiento de América (ambos en 1492), obras atribuibles a los reyes católicos– ya era una monarquía unificada.

Atrás habían quedado los reinos dispersos, adelante una Madre Patria que miraba al Nuevo Mundo con cierta ansiedad… Entonces, hacia 1515, la moza  (hija de un ebanista y una costurera) se casó con Juan de Málaga, un joven que no dudó en dejar a su esposa esperándolo en casa para ir a probar suerte a las Américas. ¿Y si en ultramar se llenaba de gloria, fama y dinero?

Sin noticias de su esposo por años, Inés consiguió un permiso para cruzar el Atlántico en búsqueda del hombre. Ya en Cuzco, supo que él había muerto en 1538, en la Batalla de Salinas (cuando los hermanos Pizarro vencieron a Diego de Almagro y se quedaron con la gobernación del Cuzco).

También supo que –por ser viuda de un soldado muerto en combate– tenía derecho a recibir un pequeño terreno en las afueras de la capital Inca, ya en manos de los españoles.

Allí se instaló Inés, sin mayores expectativas sobre su futuro. Al poco tiempo, conoció a un lugarteniente de Francisco Pizarro, el mismo que –tras participar de varias guerras al servicio de los reyes de España– había pasado a América en búsqueda de aventura y poder. Era Pedro de Valdivia (1497-1553), peninsular como ella y que también había dejado a su esposa (Marina Ortiz de Gaete) en Europa, a la espera de noticias suyas. Cuentan que la complicidad y la pasión fueron inmediatas.

Tras unos meses en Cuzco, el mismo que los Inca llamaban Tahuantisuyo y era el centro de su gran imperio, que por el sur llegaba hasta el río Maule, Valdivia consiguió de Pizarro el título de teniente gobernador para ir a la conquista de Chile. Se lanzaría a su misión, pero no solo: Inés lo acompañaría…

De los cuadros más famosos de la conquista de Chile, este da cuenta de la bravura de Inés Suárez. Los hechos: el 11 de septiembre de 1541, Valdivia iba hacia el valle del Cachapoal tratando de arreglar asuntos de conspiración de uno de sus hombres y acusando recibo del asalto indígena sobre la mina Marga-Marga, de la que pretendía sacar oro para la pobre colonia de finis terrae. En Santiago, la ciudad que había fundado en nombre del rey, el 12 de febrero del mismo 1541, todo se veía tranquilo. Quien había quedado a cargo, el teniente Alonso de Monroy, no debía tener mayores problemas. Pero no fue así…

Al amanecer de ese martes 11 de septiembre, cientos de indígenas tomaron Santiago. Los españoles se defendieron con bravura. Los indígenas –desesperados por recuperar su territorio– prendieron fuego a la capital de la gobernación. No quedó nada en pie. Desolada, Inés Suárez sacó fuerzas para dar una lección a los atacantes. Hizo decapitar a siete caciques que habían tomado prisioneros (de hecho, al primero, Quilicanta, le arrancó la cabeza con sus propias manos) y las arrojó a los indígenas, que huyeron despavoridos ante tanta barbarie.

Las autoridades y sus vidas públicas (y privadas), la administración, el pago de impuestos, la entrega de tierras, la concesión de títulos, las normas sociales, la entrega de encomiendas, las festividades religiosas, todas las acciones del Nuevo Mundo, venían normadas desde la Madre Patria. Conocidas son la Casa de Contratación y la Real Audiencia, ambas sólidas instituciones a través de la que España dirigió y controló activamente el devenir de sus conquistas en ultramar.

En ese contexto, el virrey interino del Perú, Pedro de la Gasca (1493-1567) supo de los amoríos extramatrimoniales de doña Inés con don Pedro, así como de otros reclamos administrativos contra Valdivia. Tras escuchar los descargos del propio Pedro de Valdivia en Lima, el virrey (que le tenía admiración y gratitud) lo liberó de todas las acusaciones, menos de la situación de concubinato.

La máxima autoridad española en América obligó a Valdivia a mandar llamar a su legítima esposa, Marina, a España, y le sugirió la conveniencia de que Inés Suárez se casara con un español soltero, que podría ser (propuesta virreinal) su lugarteniente Rodrigo de Quiroga (1512-1580).

De regreso en Santiago, aunque no alcanzó a ver a Marina con vida (Valdivia murió en una emboscada indígena en Tucapel, en 1553, mientras ella estaba en viaje), el capitán general acató ambos mandatos. Su mansedumbre ante las instrucciones virreinales enardeció a Inés, quien sin embargo debió acatar la orden del Virrey.

Además de su resistencia (caminó durante 11 meses en desierto de Atacama junto a los conquistadores para alcanzar Chile), de su audacia (exhibida en la brutal defensa de Santiago) y arrojo (no parecía temer a nada), Inés fue siempre discreta, leal y sensata. 

Sin hijos, pues era estéril, dedicó sus días compartidos con Pedro de Valdivia (desde 1541 hasta que él murió en 1553) a ayudar a los heridos y animar a las huestes con víveres y licor. Tras la muerte del amor de su vida, alentó a los desconsolados españoles y aprendió a leer y escribir, convirtiéndose en la primera mujer alfabeta de Chile.

Tras el desastre del 11 de septiembre de 1541, que dejó la naciente ciudad reducida a escombros, las hostilidades se detuvieron, pero Santiago cayó en la miseria absoluta.

Entonces, Valdivia mandó a Alonso de Monroy por auxilios al Perú. Solo a fines de 1543 este regresó con algunas provisiones. Luego Valdivia emprendió una campaña hacia el inexplorado sur, llegando a los márgenes del río Biobío. Se iniciaban las hostilidades contra el pueblo mapuche, o Guerra de Arauco.

Militarmente, el gobernador –siempre apoyado en el coraje de Inés Suárez– obtuvo algunos triunfos, que le permitieron fundar Concepción (1550), La Imperial, Valdivia y Villarrica (1552).

Todo terminó cuando –en la batalla de Tucapel (1553)– Valdivia cayó muerto a manos de Lautaro. Se cuenta que su cráneo fue extraído y tomado como trofeo de guerra por los mapuche.

En 2006, Isabel Allende, una de las intelectuales chilenas contemporáneas más leídas en el mundo, escribió "Inés del alma mía", novela que batió todos los récords de lectura. Traducida a más de 30 idiomas, entra en cada detalle de las andanzas, penurias, amoríos y derroteros de la azarosa vida de Inés Suárez. 

Allende –echando mano tanto de una minuciosa investigación histórica como de grandiosa imaginación– muestra una mujer adelantada a su tiempo y a su género, que dio por tierra con las convenciones sociales, llevada por su imparable sed de aventura y el amor por su hombre.