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Juana

Dice un poeta portugués, bastante distinguido, que la mujer es "el anillo de la cadena que liga el hombre al cielo". 

Otro poeta portugués, no menos ilustre que el primero, ha dicho en los "Celos del Bardo", un rico poema de imaginación:

"¡Raza infame de víboras dolosas! / Si en una sola nave ellas cupiesen / Y yo fuese el piloto!"

Este último vate lusitano creo que deseaba en ese momento nada menos que el exterminio de las descendientes de Eva… ¡y a fe que sería curioso el ver lo que harían los señores hombres sin nosotras en toda la extensión de los globos habitados! ¡Qué spleen, qué tardío arrepentimiento!… ¡Oh, mujer! ¡Qué misterio palpitante, de desgracia o de ventura, de virtud o de crimen, encierras tú! ¡El hombre te maldice o te adora, te insulta o te ensalza, y gira siempre en derredor de ti como la mariposa en torno a la llama, aquella forma con sus leves alas, un tenue zumbido antes de morir, víctima de su imprudencia, y el hombre antes de doblegar el cuello al yugo nos pide a gritos su ventura, o maldice nuestra crueldad! Y, en fin, guerreros o poetas, comerciantes o médicos, abogados o agiotistas, artesanos o agricultores, sabios o ignorantes, científicos o legos, todos vienen a pedir que se los haga felices, como si Dios hubiera depositado vuestra dicha en nuestras manos.

¡Sea! A pesar del orgullo irascible, del egoísmo atroz con que nos han despojado de todos nuestros derechos como alma sensible, inteligente y libre, por fin vienen a ser en nuestras manos el ciego instrumento de nuestros caprichos.

¡Monarcas orgullosos de la creación, el animal más ínfimo de lo creado, que es la pulga, les hace perder el sueño, y el más débil de los seres, objeto de desprecio para ustedes, a quien por insulto llaman mujer, es el martirio constante de su vida, sea que la adoren o la opriman, y Dios le ha dado sobre su alma el predominio del señor sobre su esclavo! Ángeles en la forma, demonios en la malicia, han de ser siempre para ustedes un arcano.

Han podido resolver los más difíciles problemas del Álgebra y de las Matemáticas todas; han domado los mares, sondeado las regiones misteriosas del firmamento con la invención del telescopio; se han entrañado en los senos de la Tierra para enriquecer la arqueología y descubrir ciudades que el polvo de los siglos sepultara, o las lavas del volcán tragaran; en los misteriosos hornillos de los laboratorios han triunfado de la naturaleza, descomponiéndola y componiéndola a su antojo, la física experimental tal vez ya no tenga qué darles…

La Historia natural hasta les enseña los instintos y costumbres de los animales; la botánica, la organización y modo de ser de las plantas. La propia alma humana ha sido puesta sobre la mesa de mármol del análisis… La anatomía, la fisiología, la frenología, la filosofía, han dado a la razón todos los datos posibles, todas las nociones para conocer al mundo interno y externo, el material y el inmaterial… Solo a la mujer no han podido descifrar, sino según la inspiración del momento. ¡La calma los abandona llegando a ese punto, el amor, o el odio, les turban la razón y sólo saben entonar alabanzas o proferir denuestos!

El sabio, el filósofo, desaparecen y queda solo el hombre frente a frente con ese ser, símbolo de su bien o de su mal; queda el esclavo frente a su dueño, sumiso o revelado. ¡Fatalidad!

¡Así lo han querido! ¡Así lo quieren! Ciegos a la luz de la verdad, sordos a la voz de la razón, al ángel han convertido en demonio. Arrancan de su corazón todos los gérmenes divinos que da el Creador, y en su lugar la hacen hipócrita, envidiosa y traicionera. Le roban su inteligencia, y como no tiene un fin noble y grandioso en que alimentar la actividad que la consume, revierte en daño vuestro, porque degenera en malicia infernal, en astucia y en intriga. Oprimen su voluntad, encadenan su libre albedrío, al yugo paternal o a la férrea coyunda marital, y entonces la obligan a que para cumplir los actos espontáneos de su querer, los engañe, los mienta, los traicione, y halagando vuestras sensibilidades los lleve adonde ella quiere, y los lleve por el cabestro, que es lo peor. 

¡Todo le quitan a la mujer! Todo lo que puede caber en la misión grandiosa de la inteligencia, donde toman parte la sensibilidad y la voluntad libre. Pero le halagan su vanidad, le excitan el amor al lujo, a los dijes, a los tocados; ciegos idólatras de su belleza, son el incentivo funesto de la corrupción, porque si ella no sabe lo que es su alma, ¿qué le importa a la mujer venderla por un puñado de alfileres de oro? La conciencia, el honor, la dignidad, ¿qué son para la mujer? ¿Quién le habla de esto? ¿Conciencia? Ustedes se la traducen por salvar las apariencias. Teme el mundo. Pero en temerse a sí misma, a avergonzarse de sí misma, ¿quién le enseña? ¿Honor? ¿Y para qué quiere el honor la mujer? Ella no tiene palabra de honor, ¿quién se fía en la palabra de la mujer? ¿Su honor? De soltera es el honor del padre, o del hermano, el que guarda; de casada, ¡es el del marido! ¡Insensatos! ¿Cómo quieren que haya quien defienda y conserve mejor el bien ajeno que el propio? 

¿Libertad? Sí, la de vestirse, la de engalanarse; aquella que le dio Dios escrita en la propia organización de su alma, no. La mujer es la esclava de su espejo, de su corsé, de sus zapatos, de su familia, de su marido, de los errores, de las preocupaciones; sus movimientos se cuentan, sus pasos se miden, un ápice fuera de la línea prescripta, ya no es mujer, es ¿qué? ¡Un ser mixto sin nombre, un monstruo, un fenómeno! ¿Y qué piensan que resulta de ahí? Que como la mano del hombre es débil e impotente para deshacer la obra de Dios, el acto de la vida íntima se cumple, y un efecto natural de la opresión es la reacción de la naturaleza que irrita; por consecuencia, se recurre a la astucia, a la mentira, al dolo, a los medios ilícitos, y se recurre tanto más, que no creyéndose ligada por la autoridad moral del deber a ningún pacto divino, ni humano, la conciencia queda muda.

Y si dice alguna cosa, responde la individualidad, ¡no me encadenen, no me opriman! Hay una disculpa que no existiría si le dejaran su dignidad personal, su honor y su conciencia, porque esos cuando son ilustrados nos enseñan que la falta ajena no autoriza la propia, porque nadie es responsable por nuestras faltas, ni delante de Dios, ni delante del rígido y severo tribunal de la moral, donde la vergüenza recae sobre el que la merece, porque en este mundo, pesada o leve, ¡Cada cual que lleve su cruz y se resigne a la voluntad de Dios!

He ahí como la educación será siempre el cimiento de todo edificio moral; he ahí como nociones erróneas, preocupaciones añejas, tuercen la educación de la mujer, ¡y hacen un demonio de la que vino al mundo a ser ángel! ¡Y se quejan después, cuando es obra exclusivamente vuestra!  ¡Cuando ese círculo vicioso que trazan en derredor de su vida influye fatalmente sobre la vuestra! Dicen, la mujer es vanidosa, voluble, falsa, ama los trapos, los brillantes, ¡no hay que pensar en casarse porque es la ruina del hombre! Y ustedes, ricos, ¿por qué no la educan ilustrada, en vez de criarla para el goce brutal? Y ustedes, pobres, ¿por qué le cierran torpemente la vereda de la industria y del trabajo, y la colocan entre la alternativa de la prostitución o la miseria? 

Edúquese la mujer conforme a las necesidades morales e intelectuales del alma humana; edúquese como alma sensible, inteligente y libre: déjesele el uso y el ejercicio de sus facultades morales e intelectuales que Dios le ha concedido, y ella será siempre el símbolo del bien para el hombre, y no el objeto de divagaciones apasionadas o furiosas.

*"Educación de la mujer", Juana Manso ("Álbum de señoritas", 1854)