El respeto como valor
La conversación es una de las creaciones más importantes que tiene el ser humano para fortalecer la convivencia en la sociedad. Pero esa sorprendente capacidad humana para articular el lenguaje puede socavar los cimientos de la coexistencia pacífica y armoniosa cuando en la conversación pública predomina el insulto, el odio o el hostigamiento hacia quienes piensan distinto.
En nuestro país se conmemora hoy el Día de Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los Pueblos. La fecha evoca la trágica jornada del 24 de abril de 1915, cuando en el Imperio Otomano fueron asesinados 250 intelectuales y líderes armenios, en lo que es considerado como el inicio de un proceso que derivó en el exterminio de un millón y medio de armenios. Un rápido repaso por la historia universal revela que, invariablemente, cada vez que en la conversación pública fueron ganando espacio las expresiones de odio y los discursos destinados a incitar al odio o la violencia contra una persona o grupo con base en su etnia, religión, nacionalidad u otras particularidades, se generó un caldo de cultivo para cometer todo tipo de atrocidades.
Ese común denominador se encuentra en la Alemania nazi, en los años previos al genocidio de Ruanda de 1994 y en la que muchos historiadores definen como la mayor atrocidad que padeció Europa desde la II Guerra Mundial: la masacre de Srebrenica, ocurrida en julio de 1995, que consistió en el asesinato de unas 8000 personas de etnia bosnia musulmana, entre ellos niños, en el este de Bosnia.
Pero no hay que ir muy lejos para encontrar ese tipo de atrocidades. Días atrás comenzó en Resistencia el juicio para conocer la verdad sobre los fusilamientos masivos en la Reducción de Napalpí de miembros de las comunidades qom y moqoit ocurridos el 19 julio de 1924 que demandaban condiciones dignas de trabajo y una retribución más justa por las tareas que realizaban en los campos de explotación forestal y producción algodonera. ¿Hubo también aquí, en el entonces Territorio Nacional del Chaco, discursos de odio que precedieron y luego justificaron la matanza? La pregunta bien merece un estudio más detallado de las circunstancias que rodearon a la Masacre de Napalpí.
En los últimos años, afortunadamente, se ha avanzado en el reconocimiento de derechos de las comunidades indígenas en la provincia y el Juicio por la Verdad de Napalpí se inscribe en esa línea. Pero todavía falta mucho por hacer. Y en ese hacer falta profundizar el respeto de todos los sectores de la comunidad hacia la cultura indígena. Si, como afirman los estudiosos de la comunicación humana, la conversación es consustancial con nuestra vida cotidiana y es consustancial en la construcción de nosotros mismos, es necesario entonces que en la conversación pública se valore el respeto hacia la diversidad cultural y se dejen de lado los insultos y la incitación al odio hacia los grupos históricamente postergados.
Dice la Unesco que la diversidad cultural es tan necesaria para el género humano como la diversidad biológica para los organismos vivos, y al mismo tiempo advierte el proceso de globalización que experimenta el mundo, facilitado por la rápida evolución de las tecnologías de la información y la comunicación, pese a constituir un reto para la diversidad cultural, genera las condiciones para un diálogo renovado entre culturas y civilizaciones.
Es de esperar que la ciudadanía tome conciencia de esto para que, así como ocurre con los anticuerpos que protegen de una enfermedad, sea la propia ciudadanía la que se proponga limitar los efectos perniciosos de los discursos que en el espacio público promueven la intolerancia.
Los países con tradiciones democráticas tienen la ventaja de contar con una mayor cohesión social que reconoce como un valor fundamental el respeto a los otros. Y aunque en ningún lugar del mundo la convivencia está libre de obstáculos, es importante asumir el compromiso cotidiano de construir una sociedad más justa, a partir de entender que el respeto a la dignidad de la persona humana es un pilar fundamental de esa construcción colectiva, que requiere el esfuerzo de todos y que se demuestra con el apego a las leyes y la aceptación de la diversidad de opiniones.










